espectaculos - Martín Fierro Martín Fierro
lunes 06 de junio de 2016

Salvajismo y ternura en Lulú

En su más reciente cinta, Lulú, Luis Ortega cuenta la trágica historia de amor de dos jóvenes inadaptados. Se puede ver en las salas mendocinas.

El cineasta Luis Ortega ofrece en Lulú, que se estrenó el jueves y puede verse en las salas de Mendoza, una vibrante combinación entre salvajismo y ternura, entre lirismo y realismo sucio, a través de la historia del loco amor entre dos outsiders, dos enamorados encarnados por Ailín Salas y Nahuel Pérez Biscayart, que eligen crear su propio universo y sus propias leyes dentro de una sociedad que los excluye.

La nueva película del reciente ganador del Martín Fierro a la mejor dirección por la serie televisiva Historia de un clan sigue los pasos de estos dos vagabundos, que se mueven y actúan libres como el viento, y a través de ellos expresa una sensibilidad única, una forma de actuar imprevisible, sin prejuicios ni temores, que generalmente es anulada o perseguida por el resentimiento público y las convenciones sociales.

En esta comedia picaresca llena de vitalidad y locura, en la que la vida se asume como un presente lúdico continuo, y donde la ternura logra sobreponerse a la violencia cotidiana, Ortega sigue los pasos inciertos de Ludmila y Lucas, dos jóvenes intempestivos atravesados por oscuras historias familiares, que ocupan una casilla abandonada al costado de la Avenida del Libertador, debajo de un monumento.

Ludmila, su novio y sus amigos (entre ellos Hueso, encarnado por Daniel Melingo, chofer de un camión que transporta toneladas de huesos y restos de carne) parecen crear para ellos su propia sociedad, una burbuja donde la confianza, la amistad y el cariño se brindan sin esperar nada a cambio, donde nadie sigue las normas establecidas porque justamente esas normas son las que no les permitirían ser genuinos.

Explosivos e imprevisibles, los personajes de Lulú se mueven entonces con total desparpajo, sin frenos, como si la vida fuera "una celebración aparentemente inusitada, sin motivo", tal como afirmó el también director de las películas Caja negra y Monoblock, quien ahora prepara una nueva cinta, esta vez sobre la vida del asesino serial Carlos Robledo Puch.

–¿Qué cosas cambiaste cuando volviste a montar la película para esta nueva versión y por qué?
–Muchas veces en las películas independientes salís a rodar con lo que tenés o no salís. Y al no tener esa contención económica la estructura narrativa varía. Pierde en esa solidez convencional, pero quizá gana en vitalidad. Esta película siempre estuvo construida como una novela picaresca, y sentí que la había cerrado por cansancio y tantas deudas, pero habían quedado muchas escenas afuera, como en la que Lucas les enseña a unos niños a masticar y tirar besos al mismo tiempo.

–Algo interesante en "Lulú" es su fascinación por personas que se mueven impulsivamente, por pasiones, y no tanto por comportamientos previsibles y racionales. ¿Por qué subrayas esto?
–Inventar un mundo es la única manera de salirte con la tuya. Pero la libertad tiene consecuencias que a veces terminan encerrándote en una cárcel. Son cosas que podés hacer en las películas. La realidad es un sueño más complejo.

–En ese sentido, la película parece seguir la misma lógica: es imprevisible, genera muchas más dudas más que certezas. ¿Sigue o rescata de algún modo una forma de vida que persiste en los márgenes a pesar de ser anulada por la sociedad actual?
–Rescata la identidad que nos da estar vivos, sin la necesidad de ser alguien que los demás tengan que tener en cuenta. Sin la necesidad de trascender más que en el momento. De vivir y morir como quiero dentro de mis limitaciones, pero de las mías, no las de la sociedad.

–La película plantea desde distintos puntos de vista el tema de la paternidad, el hecho de ser padres, pero también el hecho de ser hijos, y las dificultades que ambas cosas aparejan. ¿Qué querías mostrar?
–Para mí la imagen del misterio es un bebé. Un bebé que quizá mañana sea un hijo de puta, como dice Lucas, aunque uno lo críe bien. Para muchas mujeres ser madre equivale a existir. Para un hombre es la segunda gran incógnita después de uno mismo. Pero en cualquier caso es lo único que nos garantiza la continuidad para poder purgar el mal.

–Hablame de la diferencia entre violencia y alboroto a la que alude Lucas, ¿qué es lo que realmente mueve a los personajes?
–Lucas dice: "Es como si miraras por un microscopio y vieras todos los átomos excitados por la vida, excitados porque sí". El alboroto es la celebración aparentemente inusitada, sin motivo. La violencia tiene que ver con el karma, y un día se va a terminar.

–¿Cómo trabajaste la puesta en escena y cuál fue el criterio que te sirvió como guía?
–Esta es una película callejera y sin presupuesto; y para filmar en la calle o en el subte sin permiso tenés que ser muy expeditivo. No tenés tiempo para pensar mucho en la puesta, ni hablar de poner luces. Usás lo que hay. No es que me guste trabajar así, pero así fue en este caso. Con el tiempo me di cuenta de que lo más importante son las actuaciones. Es lo único que sí o sí tiene que estar bien.

–¿Por qué Ludmila no ve otra solución que la del suicidio?
–Porque al final quise que fuera una película y no algo que imita la vida real. A veces el artificio es necesario para ser fiel a una emoción. Por eso me pareció que había que concluir de una manera definitiva, que cerrara el planteo que es ese camión lleno de cadáveres que anda por la ciudad.
Fuente: Télam

Dejanos tu comentario

Más Leídas