espectaculos espectaculos
domingo 15 de julio de 2012

Quino: "A los argentinos les atrae el fútbol por la misma razón que no les atraen las cosas importantes"

Joaquín Lavado está en Mendoza para recibir una serie de homenajes por sus 80 años. Rodolfo Braceli y sus entrevistas al autor de uno de los íconos argentinos. El martes, cuando Quino cumpla años, Diario UNO publicará un suplemento especial en honor al autor mendocino.

Por Rodolfo Braceli

Año 1967, ¿de fútbol somos? Quino fue unos días a Mendoza, a descansar, a estarse con la familia y más cerca de los vinos. Lo entrevisté en el Capolonio, un café–cervecería de la calle Rivadavia a metros de la avenida San Martín. Debo decir que nunca me Encontré con alguien más traumáticamente tímido en un reportaje. (Bueno, sí, afronté otros dos casos de mudez desconsoladora: Julio Bocca y Hermenegildo Sábat). Aquella primera conversación de 1967 estuvo plagada de caídas en pozos de aire, en pausas abismales.
Pero, compartiendo la mesa estaba Alicia, la mujer de Quino. Y ella, una y otra vez nos arrojaba la cuerda para sacarnos y subirnos. Por supuesto que nos tratábamos de usted”. Empecé mal, con una pregunta para colmo distanciadora:
–¿Así que no le gusta el fútbol, Quino?
–No me gusta.
–Macanudo, hablemos de fútbol entonces.
–Nunca lo practiqué, no lo entiendo… Solo dos veces en mi vida fui a la cancha; no me gusta nada.
–Lo siento por usted. Pero al menos algún deporte habrá practicado.
–El único deporte que practico es el ping–pong.
–¡¿El qué?!
–El ping–pong. ¿O acaso no es un deporte?
–Sí, lo es, pero tan poco épico... ¿Cómo es posible que no le atraiga ningún otro deporte?
–Bueno, cuando era muchacho también jugaba al ajedrez, pero lo abandoné cuando descubrí que yo no servía para practicarlo.
 
(La esposa de Quino interviene para defender a su marido, que en este momento se encuentra en trance de convertirse en fiscal del fútbol, y me dice:)
–¿Acaso es una tragedia que a uno no le guste el fútbol?
–No sé si será una tragedia, pero es una lástima que a alguien le pueda no gustar el fútbol. Porque además el fútbol es un suceso estético.
–Yo no comprendo a los futbolistas –dice Quino abriéndose camino ante mi Provocación–. La mayoría de los futbolistas son de extracción humilde, pero después, cuando alcanzan la fama, se convierten en astros insoportables.
–¿El hecho de que el fútbol sea, como se dice, una válvula de escape a un mundo repleto de represiones, para usted, Quino, ¿es positivo o negativo?
–Negativo, porque a la energía que se escapa en las canchas la gente debiera invertirla en la lucha por mejorar la realidad.
–¿Cómo se puede explicar la gran adhesión de los argentinos hacia el fútbol?
–Bueno, mi respuesta va a parecer antipática.
–No importa...
–A los argentinos les atrae el fútbol por la misma razón que no les atraen las cosas verdaderamente importantes.
–Quino, usted olvida que el fútbol es el espectáculo más popular del planeta.
–Es cierto, a todo el mundo le gusta... Tal vez sea por la semejanza que hay entre el globo terráqueo y el globo de cuero. Entre globos queda la cosa.
–¿Cómo supone que seríamos los argentinos si nos quitaran el fútbol?
–Seríamos como los mejicanos, manito. Andaríamos a los tiros, lo cual no sería del todo aburrido.
–Según su sano saber y entender, ¿qué le espera a la humanidad?, ¿A dónde va a parar el mundo?
–Y...
–¿Y...?
–No sé cómo responder a tanta pregunta.
–Si no puede con palabras, métale con un dibujito. Aquí tiene: hágalo en esta servilleta.
 
Quino empuña la lapicera, dibuja sobre la servilleta: primero un hombrecito de anteojos, después un globo terráqueo... El hombrecito, que evidentemente es el jodido periodista, le da una patada al globo terráqueo convertido en balón. Y adiós planeta adiós…
 
Año 1988. Los peligros de Mafalda
Desde entonces, desde aquel 1967, para el planeta, para Quino y para todos, han pasado dos décadas. En este bendito país de Quino, en el nuestro, dentro de ese lapso hubo, a partir de 1976, siete años de una pesadilla más interminable que un siglo. Esa pesadilla tan insoportablemente real lo obligó a vivir fuera de la Argentina.
Ahora Quino me abre la puerta de su departamento porteño. Once de la mañana. Dieciocho grados. Sol de par en par. Un cielo azul, inobjetable. Para la conversación, Quino se pone a mi izquierda y no detrás de su mesa de dibujo. Raro que no trate de
protegerse siendo tan tímido como es: primer síntoma de cambio. Muy delgado, me mira con cierto pavor. En eso sigue igual. Me lo figuro como alguien que ha aceptado someterse a una larga intervención quirúrgica. Francamente no sé qué hacer par
amortiguar mi presencia desasosegante, ¿le digo que no soy odontólogo? Mientras Quino arrima su silla pienso: ciertamente, las personas se parecen físicamente a lo que hacen, a lo que son; él no es en verdad ni un atleta, ni un boxeador y, más aún, no
podría ser un fascista. No podría por el peso de su somero organismo. Mejor así. De los otros, siempre hay demasiados.
Por un buen rato comentamos sobre algunos grabados que tiene sobre la pared, sobre todo los de un tal Sergio Sergi, especie de Buñuel cordial que fue maestro suyo en
Mendoza. El recuerdo de Sergio le pone los ojos al borde de las lágrimas. En el primer minuto, el Quino racional, frío, ya ha bajado la guardia. Así, con viento a favor, comienza la conversación.
 
–¿Edad?
–¿La mía? 55 voy a cumplir pronto. Porque nací el 17 de julio, en Mendoza.
–¿Y cómo fue, en su casa, aquel 17 de julio?
–Solo sé que nací a las cuatro de la tarde. A los 12 años, a la edad en la que podría haber hablado de esas cosas, murió mi madre. En realidad, entre los 10 y los 18 viví asediado por la muerte, agobiado por el luto. Cuando tenía 10 murió un abuelo, después sucedió lo de mi madre, más tarde lo de mi padre... Por esos años no sabía cómo comportarme, cómo escapar del luto, que era muy severo: la puerta entornada por meses, nada de radio, nada de música. Y hay un detalle que se sumaba a todo: me ponían un brazalete negro en el brazo. Yo, que desde los ocho años iba al cine, veía cantidades de películas sobre los nazis, y con ese brazalete me sentía un nazi. Feo, ¿no?
–Más que feo, fiero. ¿Y cómo era Quino a la edad de Mafalda?
–Un chico muy solitario. Salía poco, no jugaba a la pelota, mi timidez era espantosa, no quería ir a la escuela.
–¿Qué quería hacer entonces?
–Dibujar. Desde siempre quise eso. Mi madre me convenció de que si quería dibujar con los globitos, como en las historietas, también tenía que escribir los textos. Y a escribir iba a aprender solo yendo a la escuela. Fui porque no tenía más remedio.
–¿Sus padres tenían que ver con el humorismo?
–Mi padre trabajaba en el bazar de una tienda, era ocurrente, pero de poquísimo hablar. Mi madre era ama de casa, andaluza, regordeta, simpática, muy simpática, charlatana, vivaz, fosforito. Ninguno de los dos tenía que ver con mi vocación, salvo un tío, Joaquín Tejón, pintor, dibujante publicitario. Yo me acercaba mucho a su mesa de trabajo. Pero el clima de mi casa natal corresponde a lo que sentí de grande: casa de españoles, de republicanos fervorosos; casa donde se sintió la guerra civil como algo propio.
–¿Desde cuándo se recuerda dibujando humor?
–Humor dibujaba ya a los 14 años. Pensaba chistes y los resolvía muy dificultosamente... Pero dibujando me recuerdo desde siempre. Justamente una de las imágenes más lejanas y fuertes de mi niñez se refiere al acto de dibujar...: mi madre trajo a casa una enorme mesa de madera clara, de álamo... yo me acosté boca abajo y la fui cubriendo de dibujos desde un extremo al otro... Mi madre puso el grito en el cielo, me dijo que si quería seguir dibujando tenía que lavar la mesa cada vez...
 
–¿Por qué dijo que dibujaba con dificultad?
–Porque dibujaba mal. Qué digo mal, muy mal. Tanto que hasta yo me daba cuenta. Aunque fui a la Escuela de Bellas Artes, mi evolución fue muy lenta. Cuando me tocó el servicio militar dejé completamente de dibujar, pero al salir noté que mi dibujo había cambiado, evolucionado.
–¿Y de ahí?
–Después vino mi decisión de venir a Buenos Aires a mostrar mis cosas. No me fue bien en los primeros intentos; estaba de capa caída. Meses duros. Me ayudó económicamente un hermano mayor. Hasta que se me dio la primera oportunidad.
–Y su timidez, Quino, ¿cómo andaba?
–Seguía igual: espantosa. Pero también seguía igual mi decisión de ser dibujante de humor. Por aquellos años mi sueño era ser ayudante, pasar a tinta los dibujos de otro.
–¿Cuál fue la semilla de su Mafalda?
–Un día fui recomendado para hacer unas muestras de una historieta que tenía que servir de publicidad indirecta para unos electrodomésticos. Me explicaron que tenía que mostrar una familia media, un matrimonio con hijos. El título elegido fue Mansfield. Hice doce tiras con esa familia que usaba ciertos aparatos; después las ofrecieron a los diarios, pero las rechazaron porque era visible el fin publicitario de la agencia. Guardé mi historieta en el cajón. Hasta que mi amigo Julián Delgado me pidió algo para la revista “Primera Plana”. Adapté la tira. A la nena le puse Mafalda. Y arranqué la historieta sin la menor idea, sin el menor plan. Ya que no tenía que elogiar las
virtudes de ninguna aspiradora, a Mafalda la hice protestona, cascarrabias. Fue una revancha inmediata. Esto sucedió por el ‘63. Nunca pensé que iba a estar diez años dibujándola.
–¿Qué pasó entre usted y Mafalda en esos diez años?
–Al principio el planteo de la historieta era simple. La nena elucubraba una pregunta y los padres le contestaban. Al final ella hacía su comentario. Al poco tiempo este
recurso empezó a agotarse. Entonces introduje a Susanita, que era una especie de mamá de Mafalda en chiquito. A medida que se iban agotando estos recursos, incluía nuevos
personajes.
–¿Y la clave de esa nena Mafalda?
–Surge de un conflicto, de una contradicción. A uno de chico le enseñan una cantidad de cosas que no deben hacerse porque están mal y hacen daño. Pero resulta que cuando
uno abre los diarios, se encuentra con que los adultos perpetran todas esas cosas prohibidas a través de masacres, guerras, etcétera. Ahí se produce el conflicto: ¿por qué los grandes no hacen lo que enseñan?
–Observando a la pequeña Mafalda a la distancia ¿qué piensa de ella?
–Ahora me resultan insoportables sus peroratas.
–¿Reniega de su personajito?
–No reniego de sus conceptos. Lo que pasa es que ahora me parece algo declamatoria, muy sobreactuada.
–Tal vez eso le sucede porque usted ya sabe su discurso.
–No, no, el asunto es con ella. Con los otros personajes de la historieta ahora me siento mejor... Lo de Mafalda me parece elaborado, fabricado... Me sigue gustando muchísimo
el personaje de Libertad. Tal vez porque lo hice en mi última época.
–Más allá de la fama internacional y de lo que eso trae, a Quino, como dibujante, aquellos diez años con Mafalda, ¿qué le dejaron?
–No quiero renegar de la historieta. Fueron diez años de mi vida. Y también de la vida de Alicia, mi mujer. Pero pienso que el viejo maestro Oski tenía razón: la permanencia en la historieta me endureció la línea muchísimo. Todavía estoy sufriendo en parte las consecuencias.
–Quino, desde hace un rato usted viene confesando cosa tras cosa sobre usted y su Mafalda. Son confesiones más bien críticas. Es raro encontrarse con semejante actitud.
–No debo negarlo, yo siempre tuve dificultades con el dibujo. Y la tira las agravó.
–Pero, ¿acaso dibujar a Mafalda todos los días no fue para usted algo así como escribir la firma?
–No. Siempre me ha costado una barbaridad hacer los personajes iguales. Y estoy a punto de confesarle algo...
–Su coraje para la confesión es admirable. Que no decaiga ahora. Diga nomás lo que tiene en la punta de la lengua.
–Para que los personajes me salieran iguales... muchas veces... yo los calcaba.
–Habla en broma.
–Le puedo mostrar los originales calcados. Están en esa caja.
–Quino, no siga con sus confesiones.
–¿Y por qué no? Es la verdad.
–Es que, si sigue confesando cosas, va a terminar por decirme que a Mafalda la dibujaba ella, la propia Mafalda.
–Tanto como eso no. Pero fueron diez años extenuantes, de alguna manera opresivos... Me levantaba a las ocho. A las nueve y cuarto me ponía a pensar la idea. Me daba tiempo hasta las cinco de la tarde. De las cinco de la tarde a las nueve de la noche
hacía el dibujo. Así, por semanas, por años. Alicia tuvo que soportar esta rutina y resolver mi vida exterior con el mundo. Hay dibujantes, lo sé, a los que mantener su historieta les costó el matrimonio. No ha sido fácil.
–Haciendo a Mafalda, ¿tuvo alguna vez la sensación de haber tocado fondo, la desazón del vacío total?
–Varias veces. Entonces fue que surgieron los otros personajes. Pero el día más terrible fue uno en el que las horas pasaban y yo en blanco, completamente en blanco. Entonces
fue cuando decidí que Mafalda iba a tener un hermanito... Al poco tiempo cerró el diario donde publicaba la tira, y esa pausa me evitó la internación de la mamá de Mafalda, la clínica y todas esas cosas.
–Entre tantos, ¿cuál es el comentario más frecuente que le hace la gente?
–Redondamente me dicen con enojo: “Quino, ¿por qué mató a Mafalda?”
–Y usted, ¿qué siente?, ¿la mató o la dejó morir?
–No nos pongamos trágicos. Tras el cierre del diario donde publicaba Mafalda, seguí en una revista semanal. Empezó a resultarme por demás opresiva. Tardé un año en tomar la
decisión. Si seguía con Mafalda, la historieta iba a terminar por liquidar al dibujante.
–¿Alguna vez se encontró con una Mafalda de carne y hueso fuera de la historieta?
–No con Mafalda, pero sí con Manolito. Un camarero, en Lisboa, era más parecido a Manolito que el propio dibujo. No podíamos dejar de mirarlo. El mozo se daba cuenta y a cada momento venía a ver si queríamos algo. Lo que sí pasa con Mafalda es que me encuentro con que muchas nenas la saben de memoria.
–A catorce años de haber concluido con su década de Mafalda, ¿no se le aparece la criatura de vez en cuando, en los sueños por ejemplo?
–Por suerte no. Mis sueños van por otro lado. Generalmente sueño sin sol. Mis sueños tienen una luz que no hace sombra. Pero la mayor parte de mis sueños son de noche.
Solo una vez soñé con una borrachera de sol; yo estaba en una playa de Venezuela, lugar que no conozco. Raro, ¿no?... Hasta hace algunos años yo tenía un sueño recurrente: que estaba haciendo el servicio militar pero con la edad de ahora. En el
sueño yo me daba cuenta, me quejaba, decía que tenía que salir, que tenía que ir a entregar un dibujo para el diario Clarín. Siempre me contestaban: “Mirá flaco, tenés razón. Pero estamos en junio y el trámite es largo. Mejor esperá la baja. Quedate
piola”. Otra cosa que sueño es que dibujo una página de humor fantástica. Pero al otro día la recuerdo y resulta una tontera... También algunas veces he soñado que me publican dos dibujos en vez de uno, y que no tendré dibujo para la otra semana. Lo peor es que uno de los dibujos me lo imprimen cabeza abajo.
–Más que sueños pesadillas. ¿Nunca sueña algo alejado de lo real?
–Sí, la otra noche soñé que venía una pareja de pajaritos.
–¿Y a qué venía?
–A invitarme a su boda.
–Hace veinte años, cuando le pregunté adónde iba a parar la humanidad, me respondió dibujando el planeta Tierra pateado por el hombre. Hoy, ¿qué responde a esa misma pregunta?
–Creo que iremos a parar al espacio.
–¿Porque saltaremos como esquirlas o porque volaremos en cohetes?
–Porque volaremos en cohetes. Yo hace años era muy pesimista. Ahora creo que la inteligencia humana sabrá sobreponerse a todos los peligros.
–¿Es un convencimiento o una expresión de deseos?
–Digamos que es una fortísima expresión de deseos. Viajando he aprendido que la voluntad y la unidad humana pueden modificar muchas cosas. En Egipto he visto gente
que no cambia sus usos, que no cae en la desesperación por el consumismo. En Cuba he visto lo que puede la voluntad y la unidad. Aun en la pobreza, con el esfuerzo común se puede conseguir salud, educación, alimentación.
–Su nihilismo de hace quince o veinte años, ¿se refería a la civilización o a la índole misma del ser humano?
–Mi nihilismo se refería a la índole del ser humano. Pensaba que había en el hombre algo malo o inmodificable. Estaba convencido de que si alguien no modificaba un gen, desapareceríamos a corto plazo. Hoy, por el contrario, me desespero pensando que algún ingeniero genético pueda modificar algún gen...
–Y su concepto del artista prescindente, ¿sigue en pie?
–También se ha modificado. Antes veía al artista como un relator de fútbol que tenía que ser prescindente de lo que observaba. Eso ya no lo siento. He adquirido fe, una fe que no es religiosa. Ahora me asombran los errores del hombre, pero ya no creo que por eso sea genéticamente malo. Cometiendo errores es como se van corrigiendo las cosas... Sí, he cambiado mucho: antes, frente al error, me indignaba.
–Era una especie de fanático de la indignación.
–Eso. Hoy leo cosas que he declarado y reconozco que son espantosas; por ejemplo, cuando vehementemente decía que todo artista debe ser individualista, alguien al margen. ¿Cómo pude decir semejantes cosas?
–Ya que estamos, ¿cómo pudo, por qué pudo?
–En esto encuentro otra demostración de que el ser humano comete bárbaros errores. Pero puede corregirlos. Y puedo corregirlos. La humanidad no es solo la calamidad,
Hitler, la lluvia ácida. También es Mozart, también es la medicina. Hoy me parece una arbitrariedad englobar a la humanidad solo dentro de lo malo. Precisamente –y este es un dato de cámara–, yo sobrevivo y no estoy en una silla de ruedas gracias a dos by pass en las piernas. Gracias a esa medicina que es parte de la humanidad.
–¿Qué cosas de la vida lo alegran, lo estimulan, Quino?
–La música flamenca y también la árabe. Lo que me ocurre es algo que está fuera de todo razonamiento: escucho flamenco y siento que millones de hormigas se me meten en la sangre. Mirar esas palomas por esta ventana también me divierte muchísimo.
–¿Y tiene tratos con el vino? ¿Cómo se lleva con él?
–El vino es muy compañero conmigo. El tinto. Para mí el vino ya no es una bebida: es una filosofía, una forma de estar en el mundo... a tal punto que hasta prefiero servírmelo
yo: la velocidad con la que cae el vino en la copa es tan esencial como su paladar.
–¿Tiene algún estímulo especial para trabajar?
–Sobre todo uno: el trabajo mismo. Es cuestión de ponerse... Además, leo muchísimo la Biblia, pero no como libro religioso, sino como fuente de ideas. En ella está casi todo: la poesía, el sexo, lo policial... Me estimula el humor. Yo la leo al azar y he aprendido a saltearme las partes morosas. Me parece que siempre la leo por primera vez, como me ocurre con Borges, y viendo a ciertos pintores... Hace tiempo, durante siete años, yo almorzaba solo porque entonces Alicia trabajaba fuera de casa. Con mi comida en el plato yo me ponía a mirar un Guernica que tenía enfrente, a dos metros. Cada día des-
cubría el cuadro nuevo... He tenido la fuerte sensación de que Picasso venía por las noches y le pintaba cosas nuevas.
–Y... uno nunca sabe; Picasso era capaz de todo. Quino, a propósito de cosas que no pierden vigencia, su Mafalda, año a año es lo más vendido en la Feria del Libro de Buenos Aires. ¿Cómo explica eso?
–No lo sé bien, será porque el mundo propicia, día a día con su armamentismo, con el llamado antipasto de Chernobyl, etc., las reflexiones que salen de Mafalda... Yo a las
reacciones de la gente nunca termino de entenderlas. Hay quien me celebra ciertas páginas, y otros que supongo que lo harán me dice que no entendieron el chiste. En esto
siempre me siento descolocado.
–Quino, con la mano en el corazón, o en el cerebro, dígame: ¿extraña a Mafalda?
–Nooooooo. Solo una vez en catorce años tuve una ocurrencia referida a Mafalda. De aquella historia sí que me sigue divirtiendo mucho Libertad. Me mato de risa con sus ocurrencias. Por ejemplo aquel diálogo en el que la maestra le pregunta a Liber: “¿El sol sale por dónde?”, y ella le responde, rotunda: “Por la mañana”. Y la maestra le dice: “¡Pero eso no es un punto cardinal!” y Liber le retruca: “Eso a él no le importa, sale
igual”.
–Quino, en los últimos años usted ha frecuentado mucho las ocurrencias referidas a la muerte. ¿Por qué esa insistencia?
–Tal vez sea porque... este año cumplo 55. Y a esa edad murió mi viejo. Un chiste que a algunos les produjo molestia es esa página en la que aparecen dos viejitos en un banco de plaza y reflexionan: “En vez de pensar que estamos en el otoño de la vida, pensemos que estamos en la primavera de la muerte”.
–Vaya optimismo. Ya que nos metimos en la zona densa: ¿qué le parece que pasa después del cese respiratorio, adónde vamos a parar?
–A la nada.
–Nada menos. Por lo visto no le preocupan ni el infierno ni otras dependencias... Quino, a usted no me lo imagino haciendo el mal, pero haga ahora un esfuerzo y confiese alguna íntima maldad suya. A ver.
–A ver... je. Ya dije que de chico me la pasaba jugando solo... miraba mucho a las hormigas: las negras grandotas, buenazas; las chiquitas coloradas, malísimas; y las marroncitas, que no eran dañinas. A veces miraba las terribles guerras entre las
hormigas. Quedaba la tendalada.
–Le pedí que me contara una maldad suya.
–A eso iba: algunas veces atrapaba una mosca viva, le arrancaba las alas y la arrojaba al centro del hormiguero.
–Hoy, ¿haría semejante cosa?
–Me da escalofríos pensarlo.
–Usted tiene razón, Quino, el hombre puede cambiar, y para bien. Cuestión de tiempo y de saber vadear el apocalipsis. Pero, en este rato se nos ha ido quedando al costado el tema de la libertad.
–También el concepto de libertad se ha modificado en mí. Hace quince o veinte años, cuando yo hablaba de libertad quería decir déjenme solito, no me molesten, estoy dibujando. Increíblemente así pensaba.
–La suya era una especie de libertad restringida: libertad para estar en la torre de marfil, aislado.
–Hoy yo diría que aquello era casi lo contrario de la libertad genuina. La que proclamaba era la libertad del pajarito adentro de la jaula.
–Y ahora, cuando nombra a la libertad, ¿qué quiere decir?
–Cuando ahora digo libertad es la del pajarito libre, sin jaula protectora, expuesto a las contingencias, al riesgo, al hondazo, a la pedrada, al zarpazo del gato, a la tormenta, al
ventarrón.
–No deseo mortificarlo pero me sigue rondando la duda: ¿es tan cierto que no extraña a Mafalda?
–Seguro que no... Si Mafalda quiere vivir, allá ella. Yo también quiero vivir. Y en eso estoy.
 
Año 2001, Quino a los 70
Esta vez fui al encuentro de Quino con la intención de dedicarle un capítulo en mi libro En qué creen los que SÍ creen. Me había quedado rondan do aquello que me dijo en 1988 sobre su fascinación por la lectura de la Biblia. Hay muchas maneras de creer
en Dios. Y esas maneras incluyen, también, los diferentes modos de nombrarlo. Quino integra el muy pequeño lote de personajes que no pertenecen a una religión determinada y que, por debajo de su declarada incredulidad nombrada agnosticismo, poseen y practican una “ardiente” credulidad que se manifiesta en una incesante celebración
de la Vida. Él pertenece a la secta de los animistas. Ser animista no es fácil ni es cómodo. Requiere, exige, algunos requisitos arduos: por empezar, estar en carne viva para que todos los días sean fiestas de guardar.
El encuentro sucede al mediodía, en el viernes santo del 2001. Este Quino ya rumbea hacia los 70 años de su edad. Me encuentro a un Joaquín Lavado mucho menos amargado, ya liberado del denso corsé de un pesimismo opresivo, más dispuesto a la alegría y hasta soltado de su grave timidez. Sin pedirnos permiso, por fin nos deslizamos al natural tuteo.
–¿De qué me vas a preguntar?
–De la Biblia.
–Creo haberte contado que tengo mucha familiaridad con la Biblia. Pero no es por motivo religioso que voy a ella. Es por mis dibujos que la leo.
–¿Qué encontrás en la Biblia?
–Diversión.
–Justamente diversión.
–Sí. La Biblia es lo más divertido que hay.
–¿Hablás en serio?
–Por supuesto. Leyendo la Biblia me divierto como loco. Pocas cosas más divertidas que la Biblia.
–¿No te parece algo ofensivo decir eso de la Biblia?
–Al contrario. Es un elogio el que estoy haciendo.
–Explicate.
–Ya el relato del Apocalipsis es algo extraordinario. Hoy, con esto de los efectos especiales, se podría filmar algo increíble. Es notable los elementos que manejan allí considerando la época. Lo mismo pasa, por ejemplo, con El jardín de las delicias del Bosco. Uno dice: ¿cómo mierda hizo ese tipo para inventar incendios celestiales y bichos voladores, máquinas volando también? Estamos hablando del año 1500.
–Volvamos a la Biblia.
–Ahí tenemos el primer Génesis. Con qué síntesis se resuelve que todo este mundo y cosmos se hace en una semana. Eso me parece genial como idea. La Biblia además te enseña muchas cosas.
–¿Por ejemplo?
–Hay pasajes que te hacen encontrar con la corrupción, con el sexo, con la perversión, con lo que se te dé la gana. Allí de pronto entendés el litigio de Galileo con la Iglesia.
–¿Y cuándo, cómo empezó la relación tuya con la Biblia?
–Empezó cuando era chico. Una vez, en mi casa de Mendoza tocaron el timbre y apareció un tipo vestido de explorador, con casco de corcho y polainas. Preguntó si teníamos una Biblia en casa; le dije que no y entonces me regaló una. Se ve que era uno
de estos protestantes, evangelistas. Pero nunca le di demasiada bolilla, hasta ser grande. Quedó por ahí. El caso es que no se perdió.
–Por algo no se perdió.
–Sí, se ve que la Biblia tiene paciencia. Digamos que me esperó. Hasta que empecé a leerla y a deleitarme y a divertirme como loco.
–¿Tenés una metodología de lectura?
–Ninguna metodología. Abro en cualquier lado y me pongo a leer. Y enseguida empiezo a divertirme y a aprender. No es sistemática mi lectura. Inclusive hay cosas que me
gustaría volver a leer hoy y que no sé en qué libro estaban. Volver a encontrarlas es un lío.
–¿El aspecto religioso no te atrapa?
–Lo religioso en el sentido habitual, no me llama. Lo que sí me asombra es que, desde siempre, la humanidad haya necesitado estas creencias. La Biblia resume la religión
judía y la cristiana.
–A esta altura de tu vida, ¿cuáles son tus creencias? ¿Seguís incrédulo?
–No, al contrario.
–Ah, finalmente te convertiste.
–No, al contrario. Creo muchísimo...
–¿En qué quedamos?
–Yo soy un agnóstico; creo, no sé, ateo también.
–Decís creo que ateo también. ¿No estás seguro de ser ateo? Antes dijiste también que creías muchísimo.
–A ver si me explico. Creo en muchísimas cosas, pero no creo en una. Soy un animista. Creo en cosas intensamente.
–¿Por ejemplo?
–Encuentro más lógico creer en los árboles, en los pájaros, en el agua... Lo encuentro tan lógico como creer en un Dios monoteísta. O creer en los fantasmas, qué sé yo. Hablando de dioses también me divierten enormemente los de la mitología griega; estos dioses que metían la pata, que se enamoraban, que tenían hijos por ahí. Esta idea de Júpiter de disfrazarse de cisne... Para cogerse a quien fuera se disfrazaba de lo que
fuera. En realidad, más que disfrazarse, se transformaba. Todo muy divertido también. Ah, ahora recuerdo algo que me sorprendió mucho cuando fui a Egipto: fue descubrir
que al Espíritu Santo y a la paloma los egipcios los representan con un halcón.
–¿Viviste la experiencia de estar en Jerusalén, en el ombligo de las tres mayores religiones monoteístas?
–Nunca he ido a Jerusalén. Las veces que he estado por ir siempre se armaba quilombo; bueno, ahora tendré que esperar un tiempo. Debo decir que a mí el monoteísmo no me
va. Reducirse a un solo Dios no me gusta nada... Inclusive hay un teólogo italiano que dice que el éxito del catolicismo es haber inventado los santos. Es decir, que de alguna manera el trato con un solo Dios muy pocos lo asimilan. Y entonces andan pidiendo a otros; a los santos, a los intermediarios. En Italia, Jesucristo tiene muy poca prensa en relación a lo que es la Madonna. Es mucho más importante la Virgen María que Jesucristo.
–Jesús, el histórico, ¿qué te parece en relación con nuestro tiempo?
–Me parece que Jesús es un tipo que ni siquiera trataba de cambiar las cosas. Él lo que reprochaba a la, por así decir, jerarquía de su época, era que estaba alejada de las Escrituras. En realidad, cada tipo que quiso hinchar las pelotas la pasó mal. A San
Juan Bautista, que denunciaba la corrupción y todo eso, le cortaron la cabeza. Todo tipo que quiere proteger a los más necesitados, hacer el bien y qué sé yo ¡termina así!
–¿Recordás algún pasaje bíblico en particular, significativo para nuestro tiempo?
–Me acuerdo de una parte de un rey que había tenido líos por haber dado o percibido unas coimas para dejar construir un gimnasio con jovenzuelos, que evidentemente era
un prostíbulo homosexual. Y allí salía cuánto había cobrado. Como la Biblia atrás tiene la tabla de conversiones con el dinero de la época, se puede ver el monto de la coima. Esto nos ayuda a comprobar que la corrupción no es de ahora, que siempre existió y que hay que seguir luchando contra eso. Pero es una batalla perdida. El ser humano es así y ya está.
–La corrupción, ¿es inherente a la condición humana?
–Si uno atiende a la Biblia responde que sí, que es inherente.
–No es una buena noticia.
–Es la realidad. Ahí están los acuerdos entre Dios y el diablo. En el libro de Job hay un sitio en el que se reúnen los dos a charlar. Por ejemplo, ante este Job que le tiene una fe ciega a Dios, el diablo le dice: “Sí, porque nunca le tocaste el bolsillo”. Entonces Dios le empieza a mandar desgracias económicas y Job sigue creyendo. Y en la próxima reunión Dios le dice al diablo: “Viste, le toqué el bolsillo y el tipo sigue creyendo”. Y el diablo le dice: “Sí sí, porque no le tocaste la familia.” Y lo va enfermando y lo deja hecho una porquería, una piltrafa. Y todo el mundo le dice: “Pero Job, estás loco, ¿cómo seguís creyendo en un Dios que te caga la vida continuamente?” El caso es que el tipo sigue creyendo hasta que Dios se compadece y le devuelve la salud, los camellos que se le habían muerto, la familia que lo había abandonado. En fin, es un misterio esto de
creer incondicional, persistentemente. San Agustín tiene algo escrito sobre el misterio de la fe: se refiere a cómo hay gente que sigue teniendo fe aunque le caguen la vida.
Que es un poco el caso de los peronistas. En los años ’90 vaciaron el país y la gente sigue votando peronismo. Todo es aplicable a nuestro tiempo.
–¿Tuviste algún paréntesis de creencia aplicada a un Dios monoteísta?
–No. He sido educado como hijo de republicanos españoles. Mi vieja Antonia, Antonia Tejón, y mi abuela también, eran comunistas. Mi abuelo también muy anticlerical. Pero
tengo unas cuñadas españolas que viniendo de padres socialistas tienen hijas que han salido bastante religiosas.
–Es un misterio el misterio.
–Muy misterioso el misterio.
También es un misterio por qué soy un animista y no soy monoteísta.
–¿Conservás aquella Biblia?
–Sí, claro que la conservo. Después fui agregando otras cuando me avivé que ésta era protestante. No hace tanto años, estando en España, fui a una librería. Me atendió un gordito tipo Manolito, pelos parados. Le pregunté: “¿Tiene una Biblia católica?” Y el tipo empezó a balbucear: “Ez que... no me imagino una que no lo zea...” Después, aquí en Buenos Aires, entré a un negocio que tenía cosas de religión judía y pregunté:
“Señora, ¿tiene una Biblia hebrea?”. Y me dice con su pronunciación: “Cómo no voyj a tejner...” Y compré una muy linda, porque está escrita en hebreo y en argentino.
–Mafalda, ¿cómo se llevaba con la Biblia?
–Recuerdo haber hecho un par de tiras por lo menos. En una estaba Mafalda rezando y en la otra Susanita también... Susanita rezaba tanto que en el cielo se volvían locos. Quedó muy linda esta tira cuando la filmaron para televisión, porque los ruegos de Susanita empezaban a llegar al cielo y se llenaba toda la pantalla de las palabras de sus oraciones. En la tira de Mafalda, ella naturalmente protestaba. En los cuatro primeros cuadros aparece mirando hacia las alturas y meditando. En el quinto cuadro dice: “Al fin de cuentas la humanidad no es más que un sandwich de carne entre el cielo y la
tierra”.
–Esto de no creer en un Dios monoteísta, ya cerca de tus 70 años de edad, ¿no te intranquiliza, no te desasosiega?
–No. Porque creo mucho en otras cosas. Ya dije: creo en aquel árbol, y en aquel otro, y en los pajaritos, y en el sol, y en la lluvia. No es una desolación ser animista. Además, siéndolo, me libro de creer, por ejemplo, en el infierno. Y eso es una suerte, porque vivir con la idea del infierno encima, ¡te la regalo!
 
Posdata
Aquel árbol.
Y aquel otro.
Y los pajaritos.
Y el sol.
Y la lluvia.
En toda cosa que late,
el pulso de la conciencia.
En el pulso de la conciencia,
el pulso del misterio.
En el pulso del misterio, ¿Dios?
A todo esto, a Dios, ¿cómo escribirlo?
¿Así, con mayúscula?
¿O con minúscula?
¿O tal vez con acento?
Fuente:

Más Leídas