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martes 29 de noviembre de 2016

"Me interesa la violencia que acontece, no el sadismo"

El director José Celestino Campusano estrena este jueves "El sacrificio de Nehuén Puyelli", un trabajo que continúa con su impronta de realismo sucio.

El director José Celestino Campusano estrena este jueves "El sacrificio de Nehuén Puyelli", un trabajo que continúa con su impronta de realismo sucio, aunque ahora cambió el conurbano bonaerense por el racismo en la Patagonia, con cuchilleros y choques culturales dentro de un penal.

Como en sus anteriores filmes, el realizador de "Vil romance" echa mano a actores sin trayectoria y poco cartel "porque el peso lo tiene que tener la historia", según dijo, a la vez que resaltó el papel que jugaron las comunidades y los asistentes sociales para el armado de la cinta que pasó por la competencia latinoamericana del último Festival de Cine de Mar del Plata.

En "El sacrificio...", Puyelli (Chino Aravena), un curandero mapuche, es encarcelado por el ejercicio ilegal de la medicina, causa instigada por una corrupta y racista mujer blanca de clase alta, madre de un joven que tuvo un amorío con el denunciado.

Una vez dentro de la cárcel, el pacífico Nehuén Puyelli debe entablar alianzas y acuerdos con un sector de los reclusos, para evitar que un grupo de violentos recién llegado le haga pasar un calvario durante la espera del juicio.

Allí, este guión que presenta mil ribetes demuestra cómo las diferentes historias se van uniendo con los conflictos que desde el interior del penal se trasladan al exterior y viceversa, en un filme violento que no tiene la necesidad, casi, de mostrar sangre.

No sólo la cultura europea se enfrente a la originaria, sino que también se ven las rivalidades entre los descendientes de las tribus que ocupan un sector de lo que hoy es el sur argentino, creando un ambiente propicio para entender los asesinatos y la falta de expectativas que reúnen presos y habitantes locales.

Cuchilleros sicarios (gran trabajo del debutante Emanuel Gallardo), un curandero mapuche bisexual y un preso al borde de la libertad (un convincente Damián Ávila), generan el marco ideal para conocer la xenofobia y la discriminación latente de blancos hacia originarios y de argentinos a chilenos.

Esta película es la primera de cuatro que Campusano estrenará en los próximos meses, debido a que está en la posproducción de un largometraje filmado también en Bariloche ("El azote"), otro en la Amazonia brasileña ("Cicero impune") y uno más rodado en Bolivia ("El silencio a gritos").

-En "El sacrificio..." armás un mapa social y cultural de Bariloche y esa zona de la Patagonia.
-Por esas tierras, el cuchillo genera tragedias en un instante. El choque cultural está más vigente que nunca por allí, además de estar en evidencia la tendencia europea a despreciar y minimizar la cultura de los pueblos originarios. No son la mayoría, en lo absoluto, pero está latente. Hay gente muy racista que se hace notar en el día a día.

-Vos resaltás la importancia que los mapuches le dan al aspecto espiritual.
-La película esta segmentada según la trama, pero la parte espiritual mapuche está latente a lo largo de la cinta. Hemos hablado con mapuches y en su discurso está muy fuerte esta impronta.

-Tus películas son crudas y con una violencia implícita.
-La violencia no la creamos con cine, el nivel de híper violencia que se vive en el mundo es apabullante y acá está minimizado. En definitiva, el cine es un arte que refleja la realidad. En cualquier serie estadounidense se ve más violencia que en mis películas.

-Quentin Tarantino dice algo similar, cuando le recriminan la violencia.
-Yo no comparto la visión que tiene este señor, hay mucho sadismo que a mí no me cierra. La violencia que me interesa es la que acontece. En mis películas las escenas de violencia son mínimas. El deleite por la depredación no me pertenece.

-¿Esta violencia que reflejás la investigás antes?
-Con respecto a "El sacrificio...", uno de mis mejores amigos vive en en Esquel y se jubiló de carcelero. Él me dio mucha información y datos maravillosos para hacer esta película. Hubo referentes que fueron parte de la vivencia. Trabajamos mucho con asistentes sociales y antropólogos, que tienen un conocimiento de campo genial y una gran generosidad para compartir sus experiencias. Hice la película que me gustaría ver.

-Más allá de los aspectos reales, el guión arranca con varias historias que de a poco se van uniendo, para terminar encontrándose.
-Hay toda una cuestión, una cadencia con la que trabajamos desde el principio. Hay resortes que no son propios del área del cine, pero también hay elementos que sí lo son. Me gusta que el espectador se mimetice con la trama, si eso no pasa, entonces no cierra y no está bueno.

-Siempre hacés hincapié en el trabajo en equipo, el diálogo y el uso de actores sin cartel en tus filmes.
-El mío es un cine ampliamente inclusivo. Nos deleita esa norma. Acá cobran como protagónicos actores que no tienen experiencia o no han sido llamados para proyectos de gran cartel. No me gusta que la estrella opaque a la película. Si en el futuro alguno de los actores con los que trabajo pega el salto, veremos si seguimos o no con él.

-Y con esta forma de trabajar dialoguista, ¿no se diluye tu rol de director?
-No, porque yo me reservo varias áreas. El sonido y corte final de imagen, el guión y la preproducción. La dirección de actores es mía también. Yo acepto el potencial del otro, no lo llevo a un terreno incómodo.

-Con 8 largos estrenados y otros tres por venir, ¿creés que ya tenés una marca dentro del cine nacional?
-No lo sé. Estoy tan metido en el trabajo que no tengo perspectiva de lo que he hecho. Por otro lado, yo idolatro a este festival (Mar del Plata) porque le da lugar a un cine como el mío en un mundo en el que el lobby maneja a los programadores y presidentes de festivales, algo que le hace mal al cine.

sacrificio

Fuente: Télam

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