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jueves 09 de febrero de 2012

Luis Alberto Spinetta y el zarpazo de su muerte

El cantante, guitarrista y compositor dejó un legado enorme e imprescindible para la música local. Aquí, parte de su vida y obra.

Fernando G. Toledo
Editor de espectáculos

No era uno más. Una figura entre otras, entre las que podían disputarse el lugar propio desde el que la luz brillaba más fuerte. Era él, Luis Alberto Spinetta, el astro central de las constelaciones pioneras del rock nacional. Que esa luz se haya apagado es como si un eclipse furioso se desplegara sobre el resplandor de una tarde apacible.

Pero, ¿qué hacía de Spinetta ese Febo magnífico? No era necesario el peso artero de su muerte para saberlo. Desde hacía mucho, siguiera o no creando discos, el Flaco tenía bien ganado su puesto de espina dorsal de nuestro rock.

El lugar empezó a ganarlo cuando en 1968 dio a luz una serie de singles de una calidad inusitada y un álbum que todavía puede ser oído como si acabara de grabarse. Era al mando de la banda Almendra, cuando a través de canciones como Tema de Pototo, El mundo entre las manos, Ana no duerme, Plegaria para un niño dormido o, por supuesto, Muchacha ojos de papel, Spinetta se reveló como un Rimbaud inesperado. Un joven apenas que traía para siempre una poesía que marcaría la medida a todo rockero nacional que quisiera pasar por poeta. Una poesía, la suya, que además moldearía para siempre nuestro rock y enhebraría su estela a lo largo de todo el recorrido vital que el corazón del Flaco permitió, latido por latido.

Entonces el Flaco fue Almendra, y fue esas canciones en las que la furia y la paz convivían en armonía, a través de las máscaras de un blues o de un rocanrol, de una canción etérea o de una guitarra desnuda salida desde lo hondo y dirigida hacia lo más hondo.

Y fue el Flaco luego Pescado Rabioso, otro proyecto en el que la poesía tampoco iba a claudicar, pero en la que se permitía, Spinetta, un acuerdo con el delirio creativo propio del surrealismo. No por nada la coronación de ese proyecto fue un simulacro del mismo, que dio en llamarse Artaud. El disco de ese nombre, y que invocaba el del atormentado y genial poeta y teórico surrealista, fue un disco grabado en soledad, aunque bajo el rótulo de la banda bautizada como un pez hidrofóbico (cuestiones de contrato, por supuesto). Artaud fue, sin dudarlo, un disco emblema de cualquier historia del rock universal si no fuera porque a Spinetta le tocó nacer en este Sur, donde “todas las hojas son del viento”.

Insaciable o dador impenitente, el Flaco siguió siendo. Y fue Spinetta y sus amigos, y luego fue Invisible, es decir, otra muestra del ansia creadora de este artista que pondría en el firmamento musical, como trozos arrancados de su propio brillo, una suerte de Tres Marías musicales que aún ahora, cuando uno se encuentra por vez primera con ellas, no dejan de provocar el pasmo propio que produce aquello que sueña con lo perfecto. Invisible, Durazno sangrando y El jardín de los presentes eran y son todavía una tríada difícil de igualar, un imán musical semejante al canto de unas sirenas ante las que no deseamos otra cosa que quitarnos las cuerdas para dejarnos devorar.

Y como no podía ser de otro modo, la fuerza diamantina del Flaco siguió siendo, y fue Spinetta Jade, aquel otro proyecto nacido a unos 10 años de la irrupción del músico en el rock y que seguía llevando con su timón el rock hacia donde nadie lo había navegado en las aguas del Río de la Plata. Con Jade, con Alma de diamante, por ejemplo, Spinetta inauguró los ’80 después de la oscuridad reinante (“con tanta sangre alrededor”) y se soltó definitivamente hacia un viaje que siguió encandilando aunque la criatura aquélla de la que era en gran parte responsable (el rock nacional) ya se animara a dar sus pasos sin la guía regia de su mano.

Desde ese entonces llegaron discos iconoclastas como Kamikaze, oscuros como Téster de violencia, transidos de euforia como Pelusón of milk, compartidos como La la la (junto a Fito Páez). Y volvería el gusto del Flaco por seguir siendo más y distinto, a reunir una banda estable aunque fuera en el más arisco páramo. Fueron, así, Los Socios del Desierto con los que Spinetta se proponía hacer su poética desde un trío otra vez (como en Invisible), pero en la que la crudeza sonora prevaleciera.

Y otra vez volvió a ser Spinetta el solo Spinetta en Los ojos, y a echar raíz y brotar en Para los árboles, en repartir el Pan de su música como si recién tomara por primera vez su pluma y su guitarra y quisiera decir, una vez más, que tenía algo para decir. Algo que cantar como quien abona un jardín de gente aunque ya se lo escuchara menos.

Atravesar el haz de luz que representa la historia musical es, ahora que Luis ha muerto, observar con microscopio la soledad que se cierne en tiempos en que algunas de las voces más imponentes del rock nacional han decidido callar.

Que haya callado Spinetta, sin embargo, es también una invitación, un pasaje hacia todas las palabras y la música que dejó y que tienen una presencia tan sólida como la de una piedra que hace sombra en un mediodía abrasador.

Sí, se ha hecho la tarde y el sol de Spinetta es sólo un recuerdo. Ha muerto el Flaco y decirlo o, peor, escribirlo, no lo hace más verosímil, aunque hayamos estado preparados. Aunque él, en dos versos inolvidables, nos lo hubiera advertido, nos hubiera prevenido de este dolor al cantar: “La distancia es un caudal de eternidad/agazapada sobre la espalda de un león”.

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