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jueves 14 de julio de 2016

La vida en paralelo de dos niñas, en "La inocencia"

Dos niñas de igual edad escolar, una de una precaria escuela rural de Jáchal, la otra en una más prolija y urbana de Buenos Aires, enfrentadas al desafío de aprender y crecer en un mundo mucho más duro de lo que aparenta.

El cineasta Eduardo de la Serna estrenó esta semana "La inocencia", un curioso documental que enfoca a dos niñas de igual edad escolar, una de una precaria escuela rural de Jáchal en San Juan, la otra en una más prolija y urbana de Buenos Aires, enfrentadas al desafío de aprender y crecer en un mundo mucho más duro de lo que aparenta.

Con impresionante realismo, el director ya conocido por sus anteriores "El ambulante" y "Reconstruyendo a Cyrano" se propone observar el mundo de los niños desde adentro, curioso al detenerse en sus pequeñas vivencias cotidianas, esas que irán curtiendo sus vidas, definiendo personalidades que, por ahora, apenas son bocetos.

Definirías a "La inocencia" como un documental de observación?

Eduardo de la Serna: Sí, es un típico documental de observación, en el que el hilo narrativo es conducido por las acciones. No hay voces en off, ni cabezas parlantes, ni entrevistas. Nadie explica o analiza lo que sucede. No es necesario, las imágenes hablan por sí solas y cada espectador puede hacer su propia reflexión cuando termina la película.

¿Cómo fue trabajar furtivamente entre chicos, hasta qué punto esa presencia puede obturar lo que se busca?

Trabajar con chicos es muy gratificante para un documentalista, sobre todo en esa edad que va de los 3 a los 7 años y los chicos tienen la mirada todavía en estado puro. Enseguida asimilan a la cámara como algo natural del paisaje y actúan con total espontaneidad, sin hipocresía. Los adultos en cambio solemos ser especuladores cuando la lente nos enfoca.

¿Los chicos eran muy conscientes de cuál era la idea guía?

En todo momento nos propusimos pasar inadvertidos, que la cámara fuera un chico más y por suerte creo que lo logramos. Eran conscientes de que se iba a hacer una película que iba a mostrar la vida de Morena y de Gabi y que ellos iban a participar del proyecto. Estaban contentas de participar pero en ningún momento eso les hizo cambiar su comportamiento. Morena y Gabi sabían del paralelismo de las dos historias, pero eso no les generó ninguna inquietud, sólo alguna vez preguntaron por la otra protagonista. No se conocen entre ellas.

¿Cómo elegiste esos dos lugares y qué dificultades tuvo cada uno?

En cada uno de los dos lugares las dificultades de producción eran diferentes. El mayor problema en la ciudad no era conseguir un nene o una nena, sino que el colegio permitiera que hubiera una cámara adentro del aula durante varias jornadas en el transcurso del año. Por suerte, una vez que elegí a Morena en el colegio al que ella concurría, el Instituto Comunicaciones, se entusiasmaron con la idea y no pusieron ninguna traba.

¿Y en el rural?

En el ámbito rural sucedía lo inverso, el mayor inconveniente era conseguir un niño o niña que pudiera dar con el perfil necesario. No fue fácil porque gracias al proceso de desruralización las escuelas rurales se van despoblando y no es sencillo encontrar niños que empiecen primer grado. Me conecté con un amigo docente sanjuanino y recorrimos las escuelas rurales cercanas a localidad de Jáchal hasta que finalmente encontramos a Gabi, la única de los 8 alumnos de la escuela Onofre Illanes, en La Ciénaga, que comenzaba la escuela primaria.

Si tuvieses que sintetizar la idea de esos mundos en las antípodas pero con un mismo eje, ¿cómo lo harías?

Creo que el eje que puede sintetizar esos dos mundos opuestos es el de los estímulos. En el ámbito de la megaurbe vivimos hiperestimulados. Los chicos, y sobre todo los de clase media para arriba, reciben todos los días una andanada de sonidos, colores, información, conflictos, tecnología, virtualidad, que les genera un estado de excitación e inquietud que luego se ve reflejado en los problemas que tienen para relacionarse entre sí y con el mundo adulto.

En el interior la cosa es muy distinta...


En el ámbito rural y sobre todo en los sectores humildes la carencia de estímulos es notoria. Eso lleva a los chicos a arreglarse con lo que tienen a mano; sus amigos y la naturaleza, con los que se relacionan perfectamente, pero en las familias no hay una idea de explorar nuevos conocimientos a partir del estudio, en las casas no hay libros, los padres rara vez se fijan si los hijos tienen tarea y entonces los chicos tienen problemas de atención y aprendizaje. El eje son los estímulos.

¿Cómo fue el proceso de construcción del filme?

El proyecto se inició en 2011 y tuvo varias idas y venidas que demoraron el inicio del rodaje que duró dos años y el proceso de posproducción con más de 200 horas filmadas y distintas cámaras que filmaban a distintas velocidades, duró otro tanto, en 2013 recibió el Premio del Work in Progress del Unasur San Juan, que ayudó muchísimo a terminarla en 2015.

¿Qué hay después de "La inocencia", hecho o por hacer?

Estoy empezando a trabajar en dos proyectos. Uno es un documental sobre un atleta que corre ultramaratones, carreras de más de 200 kilómetros y siempre sale último o anteúltimo.

¿Un perdedor?

Me interesa buscar las motivaciones más íntimas que llevan a una persona a hacer semejante esfuerzo sin una mínima pretensión de victoria. De alguna manera es volver a tocar el tema del éxito y el fracaso, como ya lo hice en "Reconstruyendo a Cyrano", ese personaje que decía que es mucho más bello cuando es inútil.

¿Solamente ese?

El otro proyecto es una ficción que se llama "Cuando yo no esté" y que cuenta la historia de Héctor, un personaje de mediana edad al que le cuesta conectarse con la realidad: su madre lo protege y cuida como si fuera un chico y su obsesión es el futuro de su hijo cuando ella no esté, cosa que ocurre... intenta abordar dos temas que me apasionan: el amor incondicional de muchos padres hacia sus hijos y la distancia que se abre entre el mundo real y el mundo virtual.

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