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domingo 03 de julio de 2016

La ruleta rusa y la guerra, las obsesiones de Cimino

El director, que acaba de fallecer, deja un legado breve pero nada efímero. Con «El cazador», protagonizada por De Niro, Streep y Walken, rozó el cielo de una industria que tardará en olvidarlo.

Michael Cimino comenzó en la industria escribiendo, tejiendo palabras para construir libretos como «Silent Running» (1972) y «Magnum Force» (1973), donde conoció a Clint Eastwood. Pero para lo que necesitaba expresar, las letras se quedaban cortas.

Se vació por dentro para retratar una historia de amistad y trastorno y, como los grandes genios, quedó eclipsado por su gran obra. dijo tanto en 183 minutos que ya no supo qué más contar después. O ser tan preciso contándolo.

Su obra cumbre, «El cazador» («The Deer Hunter»), fue y sigue siendo mucho más que los nombres que la sostienen. Robert de Niro, Meryl Streep o Christopher Walker. La película impuso cordura a una epopeya delirante, cruda en su mensaje, impecable en su estilo. Tremendamente necesaria.

Es muchas cosas pero, sobre todo, es una historia de supervivencia. De los sentimientos, del amor y la amistad, a la guerra. A la muerte, incluso, cuando el trastorno es el que gana la partida. Contenida en sus formas, parca en palabras, y cruenta, infalible. Como un tiro.

Enviados a una precipitada guerra de Vietnam, tres amigos, trabajadores del metal en Pensilvania, son capturados por el Vietcong, que los mantiene con vida en condiciones que les hacen desear la muerte. Asilvestrados por la brutalidad de las armas tras lo que consideraron una injerencia de EE.UU. en sus dominios, entre tortura y tortura, los comunistas vietnamitas idearon un juego con el que superar el tedio y olvidar el fango: la ruleta rusa. Y los prisioneros eran la carne de su cañón. Obligados a enfrentarse a un vil juego de azar, la consciencia se evade para no pensar. Sobreviven, pero ya no son como antes.

Muchos dirán que fue son los ojos saltones de Christophen Walken los que le dan esa apariencia de tierno paranoico, pero quienes le han visto en esta película de Cimino nunca más podrán desligar su talento para la actuación de esa cara de loco sabio. El personaje que el director que acaba de fallecer dibujó para el actor le viene como un anillo al dedo. Lo supo entender. Los vietnamitas despojan a su personaje de las ganas de vivir, que son peores que la muerte. Le hacen no querer ni añorar nada y, sumido en la penumbra, cede a la paranoia. El que fuera el núcleo duro de ese grupo de amigos de la siderurgia pensilvana, lo es ahora de las mesas de juego, de las casas de apuestas en las que el dinero decide quién vive o muere. O lo hace un tiro, el del cazador, como recuerda en el tramo final de la película, cuando su mejor amigo, el que buscó la calidez perdida en la guerra en faldas ajenas, vuelve a por él. Para llevárselo a casa. Una que ya no existe, como tampoco lo hace su amigo. Un tiro, y todo se apaga. Por fin.

Michael Cimino intentó salir del atolladero de esa cinta por la que se le conocía con otra película que casi hace quebrar a la United Artists fundada por Charles Chaplin. Tenía muchas cosas que contar, pero después de «El cazador» ya no supo cómo. El western «Heaven's Gate» (1980) fue un fracaso histórico que a punto estuvo de arruinar al estudio. Excedido en el presupuesto inicial y en el metraje, provocó que la industria pusiese el grito en el cielo.

Pero uno no es lo último que hace, sino todo lo que entrega. Por eso no despediremos a Cimino con críticas sobre todo lo que pudo mejorar, ni cantando, como hacen al final del filme, «God bless America». Preferimos contener el aliento y volver a disfrutar y sufrir con ese clásico metraje. Porque así es la vida, y él, aunque solo fuese una vez, como un tiro, supo capturar su esencia.
Fuente: abc.es

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