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domingo 02 de octubre de 2016

La necrológica que Edgar Neville envió antes de morir

El cineasta español que triunfó en Hollywood con ayuda de Chaplin falleció en 1967, de un infarto al corazón, durante una reunión con Mingote.

«Ha fallecido Edgar Neville, maestro de una generación de humoristas iniciada con Ramón Gómez de la Serna», podía leerse en ABC, el 25 de abril de 1967. Aquel calificativo le quedaba corto al famoso escritor, autor de teatro, pintor y director de cine español, que había muerto en presencia de sus dos grandes amigos, Mingote y Tono, un día antes. Sus compañeros de «La codorniz» estaban haciendole una visita justo cuando se le paró el corazón, como consecuencia de la hipertensión y la uremia que padecía desde hace algún tiempo.

[Noticia de la muerte de Edgar Neville publicada por ABC en 1967]

Con Neville desaparecía un genió que, además de 19 novelas, dirigió 30 películas en 30 años, en los que formó parte de la elite cultural de la España del franquismo. Un hombre que se las apañó para hacerse amigo de los personajes más importantes de Hollywood, como Charles Chaplin, Douglas Fairbanks, Mary Pickford y del millonario W. R. Hearts. Pasó en Estados Unidos una larga temporada en la que llegó a consolidarse como una figura del cine estadounidense, ayudando después a llegar allí a muchos de sus amigos, tales como Luis Buñuel, Enrique Jardiel Poncela, Eduardo Ugarte, José López Rubio y el mismo Tono.

Para abordar la necrológica que nos ocupa, es importante recordar las palabras que le dedicó Mingote en un obituario, donde resaltaba el gran sentido del humor del director: «Como comenzaba por burlarse de sí mismo, podía burlarse de casi todo, excepto de la crueldad y la injusticia, que le enfurecían», escribía.

Haciendo gala de este sentido del humor, Neville envió a ABC el siguiente artículo, que acabó siendo un sereno preludio o sonriente saludo a la muerte que le llegaría tan solo 17 días después. Conocía su preocupante estado de salud y en más de una ocasión le habían dado por fallecido. Quizá por eso aceptaba su destino en esta «necrológica».

«Apunte para mi necrológica»

«Raro es en estos últimos años que no corra la noticia de mi fallecimiento por todo el ámbito nacional y, a veces, hasta en el extranjero. La verdad es que he tenido varios encuentros con la muerte, y ha habido conversaciones preliminares entre ella y yo, pero luego, al final, no nos poníamos de acuerdo y cada uno tiraba por su lado.

Aparte de las dos guerras, en que intervine en la zona donde caían los hierros, he estado a punto de ser fusilado dos veces y, en los últimos minutos, siempre sobrevenía algo insólito, algo inesperado que me sacaba del trance, a mí y a mis compañeros.

Luego tuve un espectacular encuentro con un árbol en Sevilla, que me tuvo en equilibrio durante unos días, y del cual salí dando un salto mortal.

En estas últimas temporadas ya es un acecho más sórdido. Todo el organismo se gasta y nos vamos rompiendo poquito a poco, y para componer el corazón estropeamos los ríñones y para que estos vuelvan a filtrar estropeamos otra cosa.

La química, hasta ahora, y los buenos doctores se han unido a mi Maine Kampff y aquí continúo paseando sobre unas rodillas rotas mis sueños de juventud, que se resisten a dejar mi corazón, y a un invitado de unos cuarenta kilos que tengo que llevar en brazos, quiera o no quiera, y que me causa buena parte de mis trastornos.

Yo detesto a este invitado, que no lo ha sido por mí, sino por unas glándulas deficitarias, y que, a pesar de tratarle lo peor que puedo y nutrirle principalmente con pasto, no consigo que se vaya a donde mis esfuerzos le indican.

Pero volviendo al hecho de que para mí vacaciones sin fallecimiento son vacaciones perdidas, me complazco en decir que esta vez no ha tenido demasiada base el asunto, ya que daban como causa de mi percance un accidente de automóvil y de eso sí que puedo dar fe que hasta la fecha en que escribo este artículo no he sido víctima de ninguno. Claro que 'arrieritos somos...'

Pero he de decir que están haciendo lo posible porque ya no ocurran esas atroces matanzas que había años atrás entre Torremolinos y Marbella. Se han hecho trabajos gigantescos y se están terminando otros, empleando unos dragones férreos mucho más impresionantes que los que pintaba Gustavo Doré, que se dedican a coger a mordiscos peñascos y gigantescos terraplenes y a echarlos desdeñosamente al mar creando nuevos contornos en el mapa del sur de España. Se han ensanchado los puentes y se han quitado esas piedras de sillería que se adentraban en la carretera y con las que, antes o después, acababan chocando los automovilistas. Me parece mentira pasar una y otra vez por el llamado 'puente de la muerte' sin ver catástrofes como se veían hasta hace pocos años. Ahora ya no es el 'puente de la muerte'; a todo lo más que puede aspirar llamarse es al 'puente de los contusos', y ya hace falta verdaderamente buscar la ocasión para quedarse planchado en el bordillo de la carretera.

Yo no soy la persona más apropiada para hacer mi propio artículo necrológico. Pero en esta ocasión han sido ya tantas las personas que han telefoneado para preguntarme si era verdad que me había matado, que a las últimas contestaba con un tono de duda, y no me atrevía a defraudarlas, o a hacer afírmaciones demasiado netas, y las decía: 'Pues parece que no ha sido más que un rumor, pero las últimas noticias son que estoy vivo'.

Y claro, ya no me queda más remedio que pensar en hacer mi último elogio, por muy modesto que sea, y porque además no creo que a nadie se le ocurra llamarme 'procer benemérito de la patria', 'benefactor de necesitados', 'glorioso defensor de la civilización europea', 'propulsor de la bioquímica' e 'inventor del aeroplano', y prefiero hacerlo yo, que me siento en estas horas de peligro como un 'Patricio de bronce' que extiende sus manos benefactoras sobre unos personajes que le miran esperando que les de chocolatinas. Hace simpático que le llamen a uno Patricio, pero no se les llama ya más que a los que tienen ese nombre o los que se mueren. Valgan, pues, estas palabras como último tributo a mí mismo, y Dios quiera que viva todavía muchos años y que sobreviva, con la alegría con que sobrevivo ahora a todas estas tremendas vicisitudes con que corre el hombre moderno, y aun más el que ya tiene el mecanismo prácticamente averiado».
Fuente: abc.es

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