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viernes 06 de enero de 2017

La dualidad coreana-argentina en el documental "Mi último fracaso"

Con una cámara omnipresente y un registro observacional, Cecilia Kang se mete en la intimidad de su familia en Corea y, también, en su círculo de amistades y familiar de Buenos Aires.

"Mi último fracaso", ópera prima de Cecila Kang, que se estrena en el Malba este sábado a las 20, narra la construcción identitaria de una argentina hija de coreanos, quien se dividió desde su niñez entre la cultura de sus padres y la que encontraba en su vida cotidiana por fuera de la comunidad.


Con una cámara omnipresente y un registro observacional, Kang se mete en la intimidad de su familia en Corea y, también, en su círculo de amistades y familiar de Buenos Aires, con el ojo puesto en las mujeres de una comunidad que mantiene una estructura patriarcal y conservadora desde el punto de vista occidental.

"Tenía ganas de hacer una película sobre la colectividad coreana desde que empecé a estudiar cine. En principio quería mostrar ese universo del cual yo era parte, pero ajeno a mi lado porteño. Para mí era muy normal entrar y salir de los dos ámbitos, pero luego veía que el coreano, tan normal para mí, era ajeno para otros", dijo Kang a la agencia Télam.

Así, a través del lente se muestran las experiencias no sólo de la realizadora, sino, también, de su hermana Catalina, quien llegó a los ocho años de Corea y hoy trabaja como médica, y de su profesora de pintura, mujer que decidió no casarse ni tener hijos, en contraposición a la tradición.

Se trata de un relato simpático e intimista, aunque con momentos de sopor y confusión, debido a la carencia de algunos subtítulos cuando hablan en coreano y a la falta de presentación de algunas de las personas, por lo que a la historia, en un comienzo, le cuesta agarrar el hilo.

-¿Por qué hacer foco en las mujeres coreanas?
-Viene junto a la decisión de hacer la película. Si bien quería hablar de la colectividad, lo quería hacer desde un lugar conocido y honesto para mí. Era inevitable enfocar la mirada en las mujeres coreanas viviendo en esta ciudad, siendo yo mujer, nacida en Argentina e hija de coreanos.

-¿Cómo actúa esa dualidad entre ser descendiente de coreanos, pero con una fuerte impronta argentina?
-Es bastante compleja, al menos en la generación de la cual soy parte. El hecho de tener rasgos físicos distintos marca esa diferenciación. Por otro lado, toda la cultura y los valores que heredamos entran en choque con lo que vivimos. Más allá de esto, hay mucha riqueza en tener un poco de ambas culturas porque se genera una multiplicidad de puntos de reflexión. Lo complejo es aprender a tomar ambas cosas y hacerlas convivir. Muchas veces uno siente que debe tomar partido por una u otra forma, pero es un ejercicio que sirve justamente para responder, a lo largo de toda la vida, la pregunta que nos hacemos todos: "¿Quiénes somos? ¿Cómo se conforma nuestra identidad?".

-¿Esto es algo que se puede superar?
-No creo que "superar" sea el verbo más adecuado. Es un proceso de crecimiento, de adaptación. Es la forma de evolucionar de las especies. Las que sobreviven al paso del tiempo y a los cambios son aquellas que pueden adaptarse. Si para mi generación o las generaciones que me precedieron, las diferencias culturales fueron una traba o un problema a atravesar, en el futuro imagino que esas mismas diferencias van a ser herramientas que posibiliten formas nuevas, más tolerantes. El futuro no está escrito, y todos los fantasmas que puedo tener, quizás otro no los tiene.

-Hay chicos hijos de coreanos que se reconocen más como argentinos que como coreanos, ¿esto es algo que está en aumento o son casos aislados?
-Sí, pero también están los que se reconocen más como coreanos. Creo que es un síntoma generacional, somos la primera generación de hijos coreanos nacidos acá (la directora tiene 31 años), tenemos una herencia muy pesada. Pero eso es inevitable. Nuestros padres, como cualquier inmigrante, tuvieron que abandonar sus hogares, sus amistades, su idioma, sus costumbres, en búsqueda de posibilidades que no consiguieron en su propio país. Ante la necesidad de luchar contra ese desarraigo uno se aferra más a las costumbres de donde viene. A eso se le debe sumar que la sociedad coreana de la época de nuestros padres era una sociedad mucho más conservadora que la de ahora. Luego, está en el individuo construirse en la forma en la que mejor se sienta o en la que se identifica.

-¿Cómo se hace para no perder la cultura coreana?
-No se debe juzgar. Ser receptivo y aprender a escuchar y aprender lo que a uno le sirve y alejar lo que no. Está buenísimo tener dos culturas, debe ser aún mejor tener tres o más. Como si fueran superpoderes.

-¿Se trata de una comunidad muy cerrada la coreana?
-Creo que toda comunidad en sus inicios lo es (la primera ola llegó a mediados de los '80). Es inevitable para que pueda crecer y hacerse fuerte. De todas formas, creo que cambió mucho con el tiempo. De hecho, no es la misma comunidad la de ahora que la de cuando empecé a filmar la película, hace 5 años atrás.

-¿En cuanto al machismo, cómo se puede rebelar una a eso?
-Uno no debe rebelarse al machismo. Esa propia pregunta resulta justamente machista. Hoy en día, lamentablemente aún vivimos en una sociedad de desigualdad de género. La solución de eso justamente es que haya igualdad. No es cuestión de derrocar un poder para que el otro suba. Es cuestión de aceptar las diferencias entre los hombres y las mujeres y así ejercer poder, inteligencia, amor, ideas, lo que se quiera, pero en igualdad de género. Dicho de otra forma, uno debería rebelarse a la ignorancia y a la mediocridad que construyen conceptos limitantes en una sociedad. Por eso el arte es tan importante para mí, porque puede ser una de las mejores herramientas en esa lucha.

fracaso

Fuente: Télam

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