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lunes 09 de enero de 2017

Hacer tele ya no es una salvación, sino un desafío

Corría el año 2000 y en los televisores de todo el mundo se estrenaba la serie CSI, la cual parecía un drama policial más del montón, pero que pronto demostró, por su calidad técnica y producción cinematográfica, que era un caso a seguir de cerca.

Pronto la exigencia de seriéfilos de todos los orígenes encontró rédito en shows como The Wire, apuesta fuerte de HBO que, gracias a un guión sólido e historias raciales pocas veces contadas en TV, se convirtió en una bandera de orgullo para esa cadena.

Gracias a estos antecedentes, fueron las estrellas de cine quienes, queriendo desarrollar personajes profundos, se animaron a firmar contratos con canales de aire o de cable y así crear personajes con arcos memorables. Vimos a Glenn Close en Damages, a Dustin Hoffman en Luck y antes a Sarah Jessica Parker en Sex and the City.

Así, la tele dejó de ser la hermana boba del cine y todos quisieron un pedazo de la torta. Sin ir más lejos, Alec Baldwin salvó su carrera gracias a la comedia 30 Rock y Winona Ryder vio su presencia resurgir de las cenizas el año pasado con Stranger Things, de Netflix.

Sin embargo, no todo lo que brilla es oro. También hubo fracasos estrepitosos, como el de Christina Ricci en Pan Am, y el de Colin Farrell y Vince Vaughn en True Detective.

Ahora, con el año recién comenzado, se aceptan apuestas para saber si a Julia Roberts, Nicole Kidman y Reese Whitherspoon les irá bien en el competitivo presente de la pantalla chica. Y mientras más estrellas de cine y teatro lleguen a la TV, más interesante se pondrá el menú.
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