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domingo 29 de mayo de 2016

Final inesperado para El lago de los cisnes

La anécdota, por Vilma Rúpolo

El recuerdo que se me viene a la mente siempre que estoy por dar una función es cuando fui a bailar a un teatro de Tunuyán en mis primeros pasos como artista.

Tenía 19 años. Con el ballet de la Universidad (UNCuyo), en el que yo bailaba entonces, después dirigí por mucho tiempo hasta hace un año y medio, nos fuimos a dar una función al Valle de Uco.

Si no me equivoco, fue en el cine teatro Real de La Consulta. Nos pasaron a buscar en micro, yo estaba muy entusiasmada, imaginate que recién empezaba en esto.

María Teresa Carrizo era nuestra directora, una maestra, siempre arriesgada ella llevaba la danza a todas partes, literalmente.

Es que este teatro al que fuimos... ¡hasta tenía un agujero tremendo en el medio del escenario!

Y en esa función nos pasaron dos cosas impresionantes.

La primera: vemos que por detrás del telón pasaba un gato, estábamos en medio de la función y no sabíamos si el gato lo veía o no el público.

Y cuando estábamos por terminar la obra, que era El lago de los cisnes, se cortó abruptamente el sonido. ¿Y qué hizo mi maestra María Teresa Carrizo? Empezó con las palmas a seguir el ritmo de la música para que la función no se parara.

Fue tremendo. Todos le seguimos el ritmo, el público estaba emocionadísimo porque las palmas le dieron otra carga emocional al final de esta obra, que es un clásico de la danza mundial.

Eso fue increíble, logró un efecto maravilloso. Un problema técnico que podría haber arruinado la función fue salvado con palmas. El arte salvó el show.

Pero, más allá de todo, otra cosa que marcó mi carrera esa noche fue ver al público llegar al teatro en bicicleta. Había como 20 bicis en la puerta del teatro. Fue maravilloso.

La gente al principio nos silbaba, piropeando, a nosotras las bailarines. Y a medida que transcurría la obra, el público se fue silenciando, respirando con concentración, para terminar en un silencio absoluto tras las palmas de la directora. Y luego nos despidieron con una ovación de pie. Lo recuerdo y se me eriza la piel.

Logramos imponer la obra sobre todo lo demás.

En ese entonces, no era habitual que un ballet viajara a los departamentos, fuera a los pueblos. Y la gente de pueblo está ávida como todos de ver un ballet, de acercarse al mundo del arte. Esa fue la enseñanza que me dejó esa función, la más inolvidable de mi carrera.

Y mi maestra, María Teresa Carrizo, me dejó allí en ese espacio, como enseñanza también para el resto de mi vida, esa cosa arremetedora de salir adelante desde y con el arte mismo.

Ese lugar de Tunuyán, ese teatro y esa función tan especial, yo con 19 años, fue para mí lo mismo que pisar el Colón.
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