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sábado 07 de octubre de 2017

El hermano de James Franco y su peli ganadora en San Sebastián

Dave Franco protagoniza, junto a Seth Rogen o Alison Brie, la comedia The Disaster Artist, que se ha llevado la Concha de Oro en el festival de cine.

James Franco y su hermano Dave se han convertido en la auténtica sensación del Festival de San Sebastián. Presentaron The Disaster Artist y han terminado llevándose a casa la Concha de Oro. Un galardón que sirve para romper los prejuicios en torno a la comedia dentro de los certámenes de prestigio que no siempre suelen reivindicar la importancia de un género que también puede contener una profunda mirada autoral y buenas dosis de capacidad reflexiva en torno a las emociones humanas o al mundo en el que vivimos.

James Franco comenzó su carrera como director casi al mismo tiempo que se hizo popular en las pantallas gracias a su interpretación de Harry Osborn en el Spider-Man (2002) de Sam Raimi. Hizo películas con monetes (Simiosis), biografías de poetas, actores y escritores malditos (Hart Crane, Sal Mineo, Charles Bukowsky), trabajos en formato corto o documental experimental en torno a figuras como James Dean (que el propio actor ya se había encargado de interpretar) o River Phoenix, exploró temáticas homosexuales, adaptó a William Faulker, dos veces (El último deseo, The Sound and the Fury), a Cormac McCarthy (Child of God) y a John Steinbeck (Una lucha incierta, que acaba de salir editada en DVD).
Siempre se ha mantenido al margen de la industria, involucrándose activamente en la escena alternativa, desarrollando sus inquietudes intelectuales, aunque no consiguiera alcanzar ningún éxito significativo con sus obras. Tampoco ha sido un actor al uso. Demasiado escurridizo y raro para la industria. Y quizás, precisamente por eso, para evidenciar todavía más esa singularidad, se fijó en la figura de otro outsider, de una de esas figuras nacidas en los márgenes de Hollywood, Tommy Wiseau, un señor de procedencia desconocida, acento de la Europa del Este y ademanes estrambóticos que, después de fracasar en su empeño por alcanzar el sueño americano, encauzó todas sus energías (y su dinero), para componer una de las películas más bizarras y trash de los últimos tiempos, The Room (2003), que terminaría convirtiéndose en guilty pleasure de sesiones de madrugada y generando un culto inesperado después de su catastrófico estreno.

Para entendernos, una de esas películas que objetivamente son muy malas pero que generan tanta simpatía que terminan pareciéndonos buenas y que nos roban el corazón por su naturaleza marciana y psicotrónica.

"En ningún momento fue nuestra intención hacer una parodia de Tommy Wiseau", cuenta Dave Franco tras la presentación de la película en el Festival de San Sebastián. "Lo que queríamos era destacar su pasión y perseverancia. Mi hermano tiene mucho mérito porque podría haber caído en la caricatura, pero consiguió que el público terminara empatizando con el patetismo del personaje".

Dave Franco reconoce que no había visto The Room cuando su hermano le habló del proyecto. Se puso a verla en una habitación de hotel y le explotó la cabeza. No entendía nada. "Creo que la forma de verla es en una sala llena de gente que comparte unos mismos códigos y que la disfruta por igual. Yo no sabía bien cómo sentirme, tenía una mezcla de emociones, me quedé medio perturbado", ríe. Después fue a verla a una de esas sesiones míticas en las que la gente interacciona con la pantalla, grita, se sabe los diálogos y lleva un kit de gadgets. "Desde entonces la he visto 25 veces, muchas más que cualquier otra película en mi vida".

En The Disaster Artist Dave Franco interpreta a Greg Sestero, uno de los protagonistas de The Room con el que Tommy Wiseau mantuvo una relación de amistad con tintes algo vampíricos. "Hablé mucho con Greg para preparar mi personaje, porque lo que yo quería descubrir era qué demonios le había fascinado tanto de un hombre tan raro como Wiseau. Me dijo que cuando todo el mundo le decía que no iba a llegar a ningún sitio, él le apoyó y animó. Y eso es lo verdaderamente importante, ¿no?".

The disaster artist

Dave Franco se ha sentido muy identificado con Greg Sestero. Cuando empezó a actuar tenía su misma inocencia, era muy optimista, y poco a poco fue cayendo en la frustración, porque es un negocio muy complicado, cruel y deshumanizado. "Nunca tienes el control de la situación. Y siempre tiendes a culparte de todo".

A Dave lo hemos visto en pequeños papeles en Supersalidos (2007) o Noche de miedo (2011) y comenzó una pequeña escalada comercial gracias a Infiltrados en clase (2012), Ahora me ves... (2013) o Malditos vecinos (2014). Aunque todavía no ha conseguido convertirse en un rostro popular. Cosa que, por otra parte, le da exactamente lo mismo. Dave tiene como su hermano otro tipo de inquietudes: Quiere escribir, dirigir y producir. Por el momento ha estado fogueándose en el canal funnyordie.com y cuando se quite algunos miedos de la cabeza, espera abordar su ópera prima. Por el momento se confiesa admirador de Hal Ashby y de películas como El último deber (1973) o Harold y Maude (1971). Tampoco es que se considere un tipo gracioso, pero se alegra de estar rodeado de amigos que sí lo son y solo quiere hacer películas como esta, en la que salgan sus colegas (Seth Rogen), su familia y su mujer (la actriz Alison Brie, Trudy Campbell en Mad Men y protagonista de GLOW).

Todos ellos conforman la troupe de The Disaster Artist que nos introduce en el rodaje de cine más freak de la historia, de la mano de un James Franco transfigurado en un Tommy Wiseau con pinta de loco, que no sabía dirigir, que se enfurecía por cualquier cosa, que estaba empeñado en hacer escenas de sexo como Brad Pitt en Leyendas de pasión (es decir, enseñando el culo) y que se pasaba el día espiando a su equipo para saber si hablaban mal de él, comiendo pizzas y bebiendo Red Bull.

En esta película James Franco consigue varias cosas importantes: Dotar de dignidad al desastre, al fracaso; situar la extravagancia dentro del terreno de la normalidad; y que podamos esbozar una sonrisa con nuestras propias miserias humanas. Algo que, por otra parte, es lo que consigue The Room. No solo es un delicioso ejercicio de metacine, también es una película divertida, lúcida y reflexiva. Y un auténtico festín para los nostálgicos de los noventa, esa época tan cercana y al mismo tiempo tan lejana en la que se llevaban las mechas en el pelo, se proyectaba en cines Shakespeare in Love y se iba a la discoteca a bailar The Rythm of the Night de Corona.

Fuente: El País
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