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viernes 01 de julio de 2016

Como en las películas, pero en vivo y en directo

Lago rojo es el debut dramatúrgico del joven actor Martín Chamorro, quien coloca su vara a gran altura para un futuro más que promisorio.

Lago rojo es un thriller hecho y derecho, sin ningún elemento de más ni de menos, con los ritmos, personajes y la dinámica que nada tiene que envidiarle a los clásicos del género de la gran pantalla. Claro que aquí, la feliz novedad es que el suspenso clásico llega a la escena. Y es mendocino.

Lago rojo es el debut dramatúrgico del joven actor Martín Chamorro, quien coloca su vara a gran altura para un futuro más que promisorio.

Pero, ya lo sabemos, un buen texto no es garantía de buen producto. El thriller en el cine generalmente está acompañado por una superproducción, un manejo milimétrico de la cámara para generar suspenso y adrenalina en cada escena, y roles protagónicos a la altura de los acontecimientos.

Chamorro se convence con que sí se puede hacer un thriller en el teatro al apostar por un gran despliegue escenográfico, dividido en ambientes diferentes que a través del ojo del espectador se interconectan para desarrollar la historia.

Y ahí está también el gran elenco que seleccionó el autor y productor de la obra, confiando plenamente en la dirección de Francisco Pancho Carrasco. Aunque falta aceitar algunas actuaciones para llegar a un nivel de perfección donde cada rol esté bien delimitado y encuentre su contrapunto exacto –algo que, a diferencia de la pantalla grande, puede aquí lograrse función tras función–, es la dupla Guillermo Troncoso–Darío Martínez la que se lleva todos los laureles. Y el personaje infantil de una niña tan angelical como diabólica le da contundencia al nudo de la historia.

Martínez es el psiquiatra Sebastián Miller que se sumerje en su casa de campo para tratar de superar la misteriosa desaparición de su pequeña hija Emma. Y Troncoso es el doctor Blanc, un hombre humanizado con el caso que ayuda al pobre Miller a develar la verdad.

Lago rojo inquieta, atrapa, desgarra y emociona sin producir una sobredosis de pretensiones estilísticas.
Es, en definitiva, una de esas puestas que revelan la buena salud del teatro mendocino actual.
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