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domingo 14 de agosto de 2016

"Caso Fischer": el juego más bello y peligroso del mundo

Este estreno cinematográfico aborda la vida del mayor genio que hubo en el ajedrez.

Es probable que algunos de ustedes hayan jugado al ajedrez, quizás solo de pasada, algunos movimientos, habrán mirado con curiosidad el tablero, cómo se desplazan las piezas, pero es seguro que solo una minoría muy minoritaria se haya puesto en serio a jugar una competición, una partida de verdad, con gente que domina este deporte. Pocos lo saben, pero es el juego más bello del mundo pero también el más peligroso. Parece que no tiene riesgo, pero lo tiene, es como una máquina que te va engullendo el cerebro, primero con un picorcillo de curiosidad, luego por costumbre, después casi por amor propio y al final por adicción. Y ya no tienes escapatoria: los dibujos de las aperturas, de las defensas, del medio juego, de los finales mecanizados, o no, todo se te va metiendo en la cabeza y va llenando huecos que no puedes ocupar en otras cosas. Son bloques que te ocupan la vida a todas horas, en la comida, en la tarde, en la noche, durante tu ocio...

Y los rivales... A veces crees que estás en un nivel superior y de repente viene un tipo oscuro, discreto, sin ningún rasgo facial, ni mirada brillante, solo uno más. Se sienta delante y tú piensas «le voy a masacrar». Haces tu apertura más habitual (generalmente la española o también llamada de Ruy López) y hasta ahí todo bien, comienzas con tu medio juego y, de pronto, algo no va bien, la mitad de tus piezas están bloqueadas y las que no apenas tienen incidencia en el juego. Es cuando empieza el sudor frío, el corazón se te acelera y ves cómo en vez de avanzar vas retrocediendo, te quedas sin opciones y ya el sudor es correoso, los latidos más fuertes y comienza el dolor de cabeza. En el final, acorralado y sin opciones, solo te entran ganas de llorar porque has perdido y ni lo has visto venir.

A veces es mejor dejarlo o se corre el riesgo de acabar como Fischer. Viene a cuento de «El caso Fischer», una película notable pero que queda lejos de «En busca de Bobby Fischer», un filme mucho más que notable, sobresaliente, sobre la formación de un jugador y que tiene mucho que ver con lo que contamos. Fischer tenía 187 de coeficiente intelectual, más alto que muchos genios, incluido Einstein (por cierto, Kasparov tiene 190). Hay controversia sobre quién era su padre, aunque se sospecha que era el físico húngaro Paul Nemenyi, dotado de una asombrosa inteligencia de tipo matemática. Fischer, que era muy antisocial, vio pronto que el instituto le quedaba corto, luego vio que la vida le quedaba corta y, finalmente, que todo le quedaba corto, todo menos el ajedrez. Bobby acabó jugando al ajedrez en el water, jugaba al ajedrez mientras se bañaba (sí, con espuma y todo), en los aviones, mientras comía o cenaba, soñaba con las jugadas. Su mente no paraba de dibujar movimientos, estrategias y combinaciones... Al borde de la locura.

¿Vieron «Una mente prodigiosa»? Sí, esa de Russell Crowe, que hace de un genio matemático que acaba demente. Pues esto es algo parecido. A Fischer no le daba miedo perder, lo que le daba miedo eran las conspiraciones. Pensaba que le vigilaban a todas horas, que escuchaban sus conversaciones, que los rusos se aliaban contra él (de hecho lo hacían) y que hasta sus amigos eran dobles agentes.

Pero era un genio. Al Campeonato del Mundo contra Spassky fue solo, sin ayuda de nadie. Los rusos acudieron con auxiliares de todo tipo para el campeón. Uno para las defensas, otro para las aperturas y otro especialista en el juego del rival. Fischer les derrotó a todos y levantando un 2-0, algo impensable en un mundial de ajedrez. Significativo lo que decía el gran maestro Miguel Najdorf, el gran maestro argentino de origen polaco, sobre Fischer: «Bobby solo arroja las piezas y estas caen solas en las casillas correctas».

El hilo mental

Luego pagó la factura. Sus excentricidades pidiendo imposibles para defender su título hizo pensar a la gente que lo que tenía era miedo a perder, pero probablemente lo que tenía era miedo a la vida, así en general. Fue vagando de país a país, se enfrentó a Estados Unidos, a los rusos, a los judíos (él mismo lo era) y al mundo entero. Al final, solo Islandia le quiso acoger (quizás como agradecimiento porque su enfrentamiento contra Spassky puso al país en el mapa mundial) y allí fue donde murió en plena demencia, senil o ajedrecística, que lo mismo da. El ajedrez había acabado por devorarle la mente. Son muchos los jugadores que han acabado así porque es un deporte tan bello e ingenioso como peligroso.

Ya lo decía Karpov: «La amenaza de la derrota es más temible que la derrota misma», a lo que Fischer contestaba: «El ajedrez es una guerra en el tablero. El objetivo es aplastar la mente del oponente». Así que no se lo tomen a broma: con esa apariencia de juego simpático y noble, el ajedrez es un bello veneno, letal como la vida misma, donde la victoria te hace el ser más feliz del mundo y la derrota el más desgraciado.
Fuente: abc.es

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