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domingo 24 de abril de 2016

"Better Call Saul", una serie a la altura de "Breaking Bad"

El "spin off" de Breaking Bad, que cuenta la vida de Saul Goodman, acaba de terminar su segunda temporada.

Esta semana concluyó la segunda temporada de «Better Call Saul» (BCS), confirmando que se trata de la mejor serie de la actualidad, tan buena o mejor que «Breaking Bad» (BB), de la que nace como spin off, secuela que mira hacia atrás: precuela, lo llaman.

Además del territorio y de los personajes, hay algo común a las dos series. La narración respira, tiene ambiente, y es capaz de adensarse en la explicación de cualquier detalle. Esto lo llevó al límite BB en el episodio dedicado al combate entre Walter White y una mosca. Como Rimski Korsakov o Machado de la tele, Vince Gilligan, creador de ambas, convirtió a la mosca en protagonista.

Pero en BCS hay una mayor lentitud, muy disfrutable, y una sólida estructura. No hay giros caprichosos en la trama, y cada escena surge prendida a un objeto, a un motivo.

Hay una fuerte carga de humor en los planos, y algo que resulta muy postmoderno: al tratarse de un «spin off», la cita, la autorreferencia es constante. Esto le da un aire de jugueteo, de irónica revisión a todo.

Las cosas no sólo suceden, sino que en cada cosa estamos recordando y a la vez anticipando «Breaking Bad». En BCS se tiene la sensación de que todo es un guiño potencial, y eso nos pone en constante guardia referencial. Uniendo las iniciales de los titulos de esta temporada, por ejemplo, los autores nos mandan un mensaje: «Fring ha vuelto». Gus, el inolvidable Obama de Los Pollos Hermanos. Hay un erizamiento posmoderno en todo, y un humorismo divertido y «loser».

BCS nos cuenta cómo Jimmy McGill se convierte en Saul Goodman (Breaking Goodman). Sabemos, nos lo enseña, que detrás de Saul Goodman aún hay otra identidad que le espera después. Ni Don Draper...

Por si no fuera bastante, la transformación de Jimmy en Saul sucede mientras nos cuentan cómo Jimmy llegó a ser quien es (el por qué de sus corbatas, podría llamarse).

En esta evolución se desencadena el conflicto interno de Jimmy. Si BB se hacía más estrecha a medida que White envilecía; BCS se expande a medida que Jimmy va profundizando en sus sentimientos. Es egoísta, pero ama a Kim y quiere fraternalmente a su hermano. Tiene dos códigos: el amor y la libertad. Nada más. Incluso en el timo, su pasatiempo, hay algo moralmente intermedio, pues siempre engaña a los codiciosos.

Jimmy es un malo bueno, su hermano Chuck es un bueno malo. Tiene siempre razón, y es estrictamente legal en lo que hace, pero no nos gusta. El código de Chuck es lo correcto, la ley. «Tú no eres un auténtico abogado», le dice al hermano. En la primera temporada hay una fascinante discusión sobre su entendimiento de la legalidad. «La Ley es sagrada», sentencia. (A Jimmy le dirán algo peor en la primera: «Eres el tipo de abogado que eligen los culpables», cosa que no deja de cumplirse, como si eso lo condenara al lado subterráneo, culpable, de la ley, al friso de los deformes).

La oposición entre los dos hermanos llegaría al máximo y podría resolverse en el paroxismo de un juicio, derrotero presumible en la tercera temporada. Cada uno de un lado de la ley.

Walter White se oponia a su esposa, a su cuñado y a Pinkman; Jimmy se dibuja por contraste con Kim, con su hermano Chuck y con Mike, el ex policia.

Chuck es el pasado de Jimmy, Mike es su futuro. Estaba en la puerta del parking de los Juzgados, subiendo y bajando la valla como un San Pedro. Cada vez que Jimmy entra y sale de lo «legal» pasa por él. Está en ese límite, pero Mike no mata, no hiere. Tiene un código personal más solido, pero aún más matizado que los hermanos. Puede ser legal o no, preferiblemente sí, pero mantiene reglas de fuerte lealtad. Es un expoli corrupto mientras que su hijo murió por honrado. Trata de ser fiel a su memoria, pero no puede creer en la justicia. Mike mantiene relaciones contractuales y luego se va del mundo.

En esta segunda temporada, la serie se ha bifurcado. Mike ha ganado importancia. Por un lado están Jimmy, Kim, y los asuntos de abogados y bufetes; por otro, Mike, los Salamanca y la droga.

Mike se mueve hacia el desierto. Sus escenas acaban allí y la propia temporada termina en ese territorio. Es el desierto sin ley que rodea el Albuquerque urbano y blanco donde los abogados manejan sus asuntos.

Pero ese espacio urbano tampoco es el de Jimmy. No quiere el despacho, las oficinas, ni el piso que le ofrece la empresa. Él, que acabará saliendo otra vez al desierto sin ley, lugar de extrema violencia donde solo se sostiene el código de Mike (que tiene atributos estilizados de personaje omnipotente, de personaje del Oeste, de tardío Eastwood, en el «después» apasionante del expolicía que ya lidió con asuntos internos y que regresa de la pérdida. Mike no tiene mucho que perder, y nosotros ya le vimos morir, pero a la vez parece indestructible).

Jimmy huirá del espacio urbano hacia un mundo propio que aún no ha encontrado. Con Kim se ve en un párking, con los ancianos en un autobús comercial, trabaja y vive en el cuarto de un salón filipino de uñas. Jimmy es maravillosamente kitsch. Sus trajes, sus corbatas chillonas, su flequillo, el agua con pepino, o la mesa de cocobolo, que es lo único que salvará. Esta estética de Xanadú de motel, descascarillada, está en los créditos de la serie, riff y medio.

Jimmy maneja en su vocabulario la cultura pop, su conversación suele introducir referencias de todo tipo y sus videos promocionales, por ejemplo, citan motivos cinematográficos. Muchas veces la tele está encendida, la ven sobre todo los ancianos, con los que tan bien se comunica, quizás porque viven en un mundo años 40 que él evoca. Hay algo retro, demodé, pasado en él, con una cortesía untuosa que enamora a los ancianos, su primera clientela-público (en Jimmy siempre funciona la escenificación, vuelta a la idea de juego, Jimmy siempre actúa, gran parte de lo que hace es fingimiento, representación). Se entiende con ellos, en realidad, como en un Cocoon soleado. Jimmy transporta a una America dulce y desaparecida y escapa también del Albuquerque actual, urbano, blanco, competitivo y de oficinas. Hay una huida de espacio y de época. Cuando quiere seducir a Kim le canta por teléfono en ?Bali Ha'i? de Peggy Sue al teléfono. Vieja canción de Broadway sobre un idilio en islas del Pacífico. También sabemos que su idea de ociosidad es el caribe fingido de la piscina, la guayabera, el cóctel.

El mundo de Jimmy no es el de los abogados, no es Albuquerque, es otro. Hay algo de disconformidad kistch, de conflicto constante con lo circundante. Un dandismo camp, quizás.

«Come to me, come to me», dice la canción. Canto de sirena que le susurra a Kim. A Bali Ha'i, un mundo de mar, palmeras, entre el cine y el paraíso.

A esos territorios huye su libertad, pero el mundo que le rodea le pone muchos obstáculos. Quiere Bali Hai, pero acabará siendo atraído por el desierto.

Chuck, el antagonista

Su hermano, el antagonista, tampoco vive realmente en el lugar. Vive bajo un síndrome de fobia a la electricidad, solo y entre sombras, con la lectura de jurisprudencia como pasatiempo. Su casa es caverna platónica del genio del derecho, refugio paranoico de la guerra fría, gabinete de Caligari.

La fobia eléctrica de Chuck lo aleja también del tiempo, vive en una anacrónica burbuja legalista (¿ley natural o ley formal?), en la paranoia extrema y antitecnológica, bunkerizado, anacoreta.

Hay dos polos espaciales: el desierto, abierto y violento, sin ley, y su casa, oscura, cerrada, claustro maniático.

Ninguno de los dos hermanos vive realmente, con plenitud, en el momento. Jimmy es huidizo, aventurero, Chuck vive preso.

Hubo un personaje maravilloso en la primera temporada: el dueño de un rancho que quería retar al Gobierno Federal y llevar su noción de la propiedad privada hasta extremos de rebelión y enfrentamiento con los Estados Unidos. Pensó en Jimmy para ello. ¿Acaso no le vio madera para esa utopía o esa anarcodemencia? Hubiera sido una batalla legal apasionante.

La trama de Mike gana interés. Por ahí sabemos que se inclinará la historia, pero lo que ha contado esta segunda temporada, el mundo de Kim, Chuck y los abogados ha sido fascinante por los lugares que ha dejado: el sotano-infierno donde Kim fue relegada, los bufetes con sus alienados trabajadores, la residencia-cárcel de ancianos, la casa-refugio de Chuck. Todos esos espacios autorregulados, casi autónomos, poco comunicados entre sí. La trama se desencadena, otra ironía de la serie, en otra tienda de fotocopias, donde empezó el personaje.

Ese contraste es muy fuerte. Jimmy es el de las fotocopias, cuando en él hay algo de héroe malformado de una América expansiva, aventurera. Algo de pirata legal, de vendedor de crecepelos, de jugador. Abogado-tahúr. Su ley es la suerte, el juzgado es un casino.

Llevamos dos temporadas y ni siquiera ha aparecido Saul Goodman. La transformación aún no se ha completado. Veremos a Fring, sabremos por qué Salamanca llegó a la silla de ruedas, quizás retorne Heisenberg, y después de todo eso aún quedará saber el futuro de Jimmy después de BB.

La serie puede crecer en todas direcciones. Es tan sutil, tan afilada y precisa, que Jesse Pinkman nos parecería excesivo en ella, fuera de sitio.

La serie se hace extensa y respira. Tiene esa cualidad de universo propio, de coherencia, que podría expandirse sin límites y que no tiene nada más en la televisión. Un tono propio. Gilligan es un genio.

Ya ni siquiera nos importa Saul Goodman. Nos importa Jimmy McGill, el de antes y el de después de Goodman. Es tan genial Gilligan, que no sólo ha liberado a Goodman de BB, sino que ha liberado a McGill de Goodman.

En la libertad de Jimmy «El resbalazido» hay algo apasionante y poético a su modo mínimo, sobre pequeños detalles. Resbalemos una y otra vez por sus «flashbacks».

Fuente: abc.es

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