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miércoles 06 de julio de 2016

Adiós al hombre que amaba los caminos

El iraní Abbas Kiarostami fue, por encima de todo, un defensor del arte, de la libertad de expresión y del pueblo iraní

Palma de Oro del Festival de Cannes por El sabor de las cerezas y autor de joyas del cine como Detrás de los olivos, ¿Dónde está la casa de mi amigo? o Y la vida continúa.., el iraní Abbas Kiarostami fue, por encima de todo, un defensor del arte, de la libertad de expresión y del pueblo iraní, de allí el dolor al conocerse la noticia de su fallecimiento en París el pasado lunes, a los 76 años, a donde había viajado para recibir tratamiento oncológico la semana anterior, tras realizarse una cirugía en Irán.

Kiarostami pertenecía a la generación de la llamada Nueva ola del cine iraní, nacida en la década del '60, que se popularizó a nivel internacional en la siguiente, con obras que se diferenciaban de lo abundante en esa transición por su contenido filosófico y político, realista o metafórico que un sector de la crítica eligió como objeto de devoción y análisis.

En la Argentina su película más famosa, El sabor de la cereza (1997), consagrada con la Palma de Oro de Cannes, estuvo nueve meses en cartel superando los 130.000 espectadores. De esta forma abrió la puerta a la distribución local y permitió al público de todo el mundo renovar una mirada que cada vez se concentraba más en el cine de un solo país y a esa altura incluso con poca frecuencia en el proveniente de toda Europa o Asia.

Detrás de los olivos (1994), que fue la primera en trascender por su calidad, era en realidad el cierre de la trilogía que tiene en común el pueblo donde transcurre la acción, Koker, a 350 kilómetros de Teherán.
Las obras precedentes fueron ¿Dónde está la casa de mi amigo?, en la que un niño de Koker debe devolver un cuaderno a un compañero y luego Y la vida continúa..., donde un director de cine y su hijo deciden, tras el terremoto en Irán de 1990, visitar el pueblo donde habían rodado la película anterior para saber cómo están los niños actores que participaron en ella.

Su estilo era preciosista, en el que el ritmo de la narración se adecuaba a una cadencia casi irreal en el acelerado mundo actual, pero que reflejaba a la perfección la veracidad del mundo que el cineasta se resistía a ver desaparecer. Sus estremecedoras panorámicas permitían apreciar uno de sus temas recurrentes: los caminos, que más allá de lo simbólico, le permitían jugar con los recursos que como fotógrafo y artista plástico se había forjado.

Ese estilo de cine que, como él reconoció en varias ocasiones, estaba desapareciendo. "En las películas actuales se impone el mercado y se ha perdido la vinculación del cine con la realidad, se hace un cine que expresa emociones falsas en distintas dimensiones"

Agencias AP, Efe y Télam
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