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domingo 10 de abril de 2016

A 100 años de ese "alto, moreno y guapo" de Hollywood

Un intérprete que casi siempre asociamos con personajes nobles y rectos; héroes de un intachable comportamiento ético, de esos que empatizan inmediatamente con los espectadores.

El 5 de abril de 1916, es decir hace cien años, nacía en la localidad californiana de La Jolla uno de los actores más queridos y admirados de toda la historia del cine. Su nombre: Gregory Peck, el protagonista de títulos como «Matar a un ruiseñor», «Horizontes de grandeza», «Vacaciones en Roma» y tantos y tantos otros más. Un intérprete que casi siempre asociamos con personajes nobles y rectos; héroes de un intachable comportamiento ético, de esos que empatizan inmediatamente con los espectadores.

Es cierto, en la carrera de Gregory Peck los papeles de «malo» se pueden contar con los dedos de la mano, pero también estos son inolvidables. ¿Quién no se acuerda, por ejemplo, del Capitán Ahab de «Moby Dick» o del pérfido doctor Mengele de «Los niños del Brasil»? Todos ellos son fascinantes.

La vida de Gregory Peck no fue siempre un camino de rosas. El divorcio de sus padres, siendo muy niño, le dejó profundamente marcado. Se crió con su abuela, que era una gran aficionada al cine y con la que iba todas las semanas a ver alguna película. Gracias a ella, se aficionó a este arte. Comenzó a estudiar medicina, pero muy pronto abandonó los estudios para dedicarse de lleno a su vocación actoral.

De Broadway a Hollywood

En 1941 debutó en los escenarios de Broadway y tres años después ya estaba en Hollywood rodando su primera película, «Días de gloria», dirigida por Jacques Tourneur, un film que narra la resistencia soviética frente a la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial.

A lo largo de toda su carrera, Gregory Peck trabajó a las órdenes de algunos de los mejores directores del Hollywood, como Alfred Hitchcock, Robert Mulligan, Vincente Minnelli, King Vidor, Elia Kazan, Henry King, William Wyler o Raoul Walsh. Fue una estrella indiscutible en las décadas de los cuarenta, cincuenta e incluso los sesenta del siglo XX, y se mantuvo en activo hasta finales de los noventa.

Fue candidato al Oscar en cinco ocasiones. La primera, en 1946 por Las llaves del reino. Un año después conseguía una nueva nominación por El despertar y en 1948 obtenía su tercera candidatura consecutiva por su papel en La barrera invisible, uno de los primeros filmes que analizaban el antisemitismo en la sociedad norteamericana.

El Oscar, a la quinta

En 1950 le llegó la cuarta oportunidad de ganar la estatuilla por un drama bélico, «Almas en la hoguera». Sin embargo, tuvo que esperar hasta 1963 para ganar finalmente el Oscar al mejor actor. Lo hizo por su inolvidable papel de Atticus Finch en «Matar a un ruiseñor», la adaptación de la novela de la recientemente fallecida Harper Lee. Allí interpretaba a un abogado que defendía a un hombre negro acusado injustamente de violar a una mujer blanca. Un personaje que fue votado en el año 2003 como el mayor héroe cinematográfico de toda la historia del cine, por delante de Indiana Jones y de James Bond.

Gregory Peck murió el 12 de junio de 2003 y está enterrado en la cripta de la Catedral de Nuestra Señora de Los Ángeles. «No tengo un récord de triunfos artísticos, pero sí muchas buenas películas, y es gratificante que sigan vivas años después y que haya algunas con la que las que la gente aún disfruta», dijo Gregory Peck en una ocasión. Ahora que se cumple el centenario de su nacimiento, le seguimos recordando haciendo de psiquiatra amnésico en Recuerda, al lado de Ingrid Bergman; o como el rebelde Lewt McCanles, enamorado fatalmente de la mestiza Perla Chávez en «Duelo al sol».

También le imaginamos en la cubierta de un barco en «El hidalgo de los mares» y en «El mundo en sus manos» o besando apasionadamente a Ava Gardner en «Las nieves del Kilimanjaro» y, como no, subido a una Vespa con Audrey Hepburn en «Vacaciones en Roma».

La propaganda de los estudios le definió como «alto, moreno y guapo». Las tres cosas eran verdad. Medía más de uno noventa; su color de pelo era oscuro y tenía buen porte. Y algo más, mantuvo siempre una invisible conexión de afecto con los espectadores que, un siglo después de su nacimiento, aún no se ha roto.

Fuente: abc.es

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