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sábado 17 de septiembre de 2016

Dos caras de la misma historia

Rodrigo de la Serna y Pompeyo Audivert visitan Mendoza con El Farmer, celebrada puesta sobre la muchas veces ignorada vida de Juan Manuel de Rosas.

El Farmer es una de las celebradas obras que hace un año ofrece la cartelera porteña. Y su éxito en boletería radica tanto en las elogiadas actuaciones de sus protagonistas como en el personaje histórico que llevan a escena.
Pompeyo Audivert y Rodrigo de la Serna adaptaron la novela de Andrés Rivera para revelarnos un prócer poco apreciado por la historia argentina: Juan Manuel de Rosas, desdoblado en su cuerpo "biológico" y "mítico". Así lo define Audivert, antes de que El Farmer recale esta noche en la sala mayor.

–¿Cómo surge la idea de adaptar la novela de Andrés Rivera sobre Juan Manuel de Rosas?
–Surge de un encuentro con Jorge Ribak, el hijo de Rivera, fue él quien empezó el movimiento de llevar El Farmer al teatro, él me ofreció el material para que hiciera un monólogo. De inmediato acepté pues desde que leí la novela me pareció sumamente teatral, resulta ser un monólogo teatral. Rosas monologa con él mismo a solas con sus fantasmas, rumia su rabia, se interroga, se responde, trata de dar con el sentido de su vida en esos últimos momentos en Southampton, después de 25 años de exilio. Es una suerte de "rey Lear" nacional. Pero sucede que es muy difícil de sostener por un solo cuerpo, por un solo actor, resultaría moroso, denso, abrumador. La clave que nos permitió llevar adelante una adaptación teatral fue dividir al personaje en dos cuerpos: el Rosas biológico de carne y hueso que se está muriendo esa última noche en Inglaterra y el Rosas mítico, el que nace esa noche a la inmortalidad, el que va a permanecer acechante en las sombras de lo nacional como una suerte de identidad clandestina. La idea del doble mítico desató la jugada metafísica del teatro y nos permitió, además de establecer una dinámica teatral muy curiosa, ágil y rítmica, abordar cuestiones más allá del nivel histórico: el tema de la identidad como asunto sagrado.
–¿Qué inquietudes escénicas tenías acerca de un personaje de la historia argentina? ¿Te interesaba llevar a escena a él en particular o tenías necesidad de encarar un proyecto basado en la historia argentina en general, algo que se destaca en tu carrera?
–Lo atractivo de Rosas es que es un personaje histórico sobre el que no tenemos como colectivo social una mirada unificada, como sí sucede con Sarmiento, Belgrano, San Martín. Rosas en cambio es una máscara contradictoria donde late nuestra identidad convulsa de argentinos, imposible de estabilizar, inaprehensible, en ese sentido, poética. Creo que el teatro es una operación sagrada destinada a interrogar al ser al respecto de su supuesta identidad, individual y colectiva, a revelarla como ficcional, como subsidiaria de fuerzas que juegan su partida en nosotros.

–¿Cómo fue el trabajo compartido con Rodrigo de la Serna? ¿Cómo se inició el proceso para llevar a cabo la obra entre los dos, asumiendo los roles de adaptación, dirección y actuación a la vez?
–Con Rodrigo desde hace mucho teníamos ganas de hacer algo juntos, es un actor singularísimo, que excede y desborda los moldes del realismo, su actuación se inscribe en otra latitud, inaugura algo nuevo que hace mucha falta, una suerte de desmesura sobrenatural que no se desboca, que ahonda y estalla poéticamente la noción de actuación, llevándola a una dimensión de otredad. Fue una casualidad de esas que afirman el pensamiento mágico del mundo la que nos cruzó. Sucedió que estando yo en una crisis con el texto de Rivera, en esa primera etapa cuando pensaba hacerlo como un monólogo, dándome cuenta de que no entraba en un solo cuerpo, me encuentro casualmente en un restorán con él, quien me manifiesta su profundo interés en El Farmer, que acababa de leer. Esa noche antes de dormirme se me ocurrió la idea del doble mítico. Lo llamé de inmediato y le propuse que trabajáramos juntos la adaptación, la dirección y la actuación de El Farmer desde esa perspectiva. A partir de allí lo convocamos a Andrés Mangone como codirector para tener una mirada alterna lúcida y artística que nos evitara el ensimismamiento y a la vez nos ayudara en el montaje.

–Ambos muestran con sus trabajos un interés por héroes o desterrados de la historia argentina. ¿Qué riquezas interpretativas otorga un prócer polémico como Rosas?
–La figura de Rosas, contradictoria, nuestra como pocas, nos permite representar la sospecha existencial a la que se debe el teatro como arte ritual y sagrado, la sospecha de la otredad, la sospecha de ser otros que asedia al hombre histórico. En nuestro programa de mano pusimos un fragmento de una poesía de Jorge Enrique Ramponi (poeta mendocino) que habla de esto: "Asistido en el trance por alguien que es yo mismo, del revés, en mi ausencia".

–¿Tomar el pasado para llevarlo al presente escénico es una forma de repensar la historia para ofrecer otras voces u otras miradas sobre hechos o personajes?
–El teatro es una máquina de escrutación poética y metafísica, indaga al respecto de cuestiones que exceden lo histórico, pero para hacerlo necesita de lo histórico como máscara, como superficie de inscripción de su rasgadura poética. Los argentinos estamos condenados a perder y a recuperar la identidad cada tanto. Somos un país con una historia extraordinaria, aunque a veces a muchos se les olvida y están dispuestos a fingir que no lo saben, que no saben quiénes fueron. Es en ese sentido de representar las convulsiones de la identidad que usamos a algunos próceres de nuestra historia como carnada para concitar una unidad con los espectadores, como caballo de Troya. Lo central no es lo histórico sino lo metafísico.

–¿Coincidís en que en este último tiempo cada vez más famosos de las televisión salen del teatro, algo que no ocurría antes?
–No me interesan los famosos de las ficciones televisivas, ni las ficciones televisivas, ni la televisión. Creo que la televisión se ha transformado en el órgano sexual del capitalismo. El teatro es un arte vivo, una asamblea metafísica que se basta a sí misma, un ritual que pone en peligro las nociones de realidad histórica, un arte antificcional que nos pone a las puertas de nuestra identidad sagrada.

Charla abierta
En la biblioteca. Pompeyo Audivert y Rodrigo de la Serna harán un encuentro público para hablar sobre el proceso creativo en la actividad teatral. Será mañana a las 18.30, en la biblioteca San Martín.

Sus máquinas teatrales,como obras en sí mismas
Una de las tantas cualidades y "revoluciones" en la escena que ha generado Pompeyo Audivert son las "máquinas teatrales" que él comenzó a desarrollar en su teatro en Capital Federal, El Cuervo, y que se extendió por el país entero. Alguien que aplica ese procedimiento actoral en Mendoza es Juan Comotti.
"Las máquinas teatrales son obras en sí mismas que permiten el despliegue de teatralidad a partir de ciertas reglas de forma, una operación poetizante y autónoma de los actores", explica el actor y director teatral porteño. Y en el caso de El Farmer describe que "hay inevitablemente influencias y filtraciones de estas políticas dramatúrgicas, se trata de un montaje teatral discontinuo, donde los cambios de tiempo, de niveles de realidad, de estados del personaje, se van produciendo como en un ensueño donde se ha suspendido la lógica de las continuidades del mundo".
"Es un monólogo a dos voces. Pero también un soliloquio escindido, un monólogo esquizo-epiléptico, una cita quizá con el fantasma que habita en el reverso. Lo interesante es que se pueden sumar versiones sin contradicción", considera el actor.
La escenografía de Alicia Leloutre, las luces de Leandra Rodríguezy sobre todo la música en vivo de Claudio Peña son parte de esta máquina teatral que es El Farmer.

Para agendar
Cuándo: vesta noche, a las 21.30 y el lunes 19/9, a las 21
Dónde: teatro Independencia (Chile y Espejo, Ciudad)
Entradas $100
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