Editorial - Buenos Aires Buenos Aires
domingo 08 de enero de 2017

Un fracaso de la política

Un minué de dimes y diretes acerca de quién ha hecho los deberes y quién no en la zona fronteriza se ha reiterado este verano en el complejo aduanero. Y los plantones y las colas siguen.

Hace unos días, a través de funcionarios de Mendoza, nos enteramos de que pese a todas las promesas y los anuncios salidos de rimbombantes reuniones bilaterales, Chile admitía que no había podido cumplir con lo que había prometido durante los últimos meses para agilizar la atención en el Paso Cristo Redentor.

Los argentinos aprovecharon para diferenciarse y aseguraron que ellos sí estaban preparados para atender en mejores condiciones a las legiones de connacionales que empezaban a regresar luego de pasar el fin de año en las costas del Pacífico.

En Chile tomaron el guante y dieron a conocer un comunicado en el que se asegura que ya empezaron a cumplir con el número de casillas prometidas.

Como se ve, todo un minué de dimes y diretes, agravado por una promesa de paro que el gremio de los aduaneros trasandinos anuncia para mediados de esta semana con el fin de protestar contra el gobierno de la presidenta Michele Bachelet por no haber actualizado, según ellos, la conexión fronteriza.

Detrás de toda esa comidilla quedan las cosas concretas: es decir, los plantones insoportables de los viajeros en el cruce.

Dos, cuatro, seis y hasta ocho horas de castigo, según los días y los problemas que se van presentando a diario.

Es cierto que la cantidad de gente que viene pasando a Chile ha subido a límites históricos, pero ése es un dato duro de la realidad que no se dio de un día para otro.

Chile es desde hace bastante tiempo un país al que no sólo se va a disfrutar de sus bellezas naturales sino también a comprar productos que resultan mucho más baratos que en Argentina.

La verdad es incontrastable: la política de uno y otro país no han acompañado la calidad y rapidez de servicios que pedían los viajeros de dos países con historia común.

La sensación que queda es la de un potente fracaso político. Ha habido muchas buenas intenciones, pero una vez más ha quedado demostrado que el camino al infierno está adoquinado de ellas.

Es como si la frontera y los organismos que allí trabajan fueran una zona liberada donde se dan sus propias normas en desmedro de lo que marcan las autoridades legalmente constituidas en Santiago y Buenos Aires.
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