Editorial Editorial
miércoles 15 de febrero de 2017

Mejunje

El humor social no está hoy para explicaciones vanas ni frases del tipo "es la herencia recibida". El que trabaja quiere cobrar lo mejor posible por su labor y el que no tiene empleo quiere conseguirlo.

Es tal la sensibilidad del bolsillo de la gente que cualquier aumento, por poco que represente, dispara una lógica reacción.

Algunos lo canalizan protestando a través de las redes sociales, otros cortando una calle y no pocos denunciando ante los organismos de control.

El humor social no está hoy para explicaciones vanas ni frases del tipo "es la herencia recibida".

El que trabaja quiere cobrar lo mejor posible por su labor. El que no tiene empleo quiere conseguirlo. El que cumple con todas sus obligaciones ve que los números no le cierran.

Un sector de peso, como el metalúrgico, denuncia la pérdida de más de 10 mil puestos de trabajo y lo expresa marchando por las calles.

Como parte de un reclamo que ya viene del año pasado, los bancarios anunciaron un paro total de 72 horas.

Así, podrían citarse numerosos ejemplos de rubros que están en pie de guerra.

En este contexto adverso, donde queda escaso margen para justificaciones y excusas, que se defienda a capa y espada el acuerdo con el Correo representa la chispa que enciende cualquier mecha.

De ahí en más, todo es puerilmente previsible. Están los que salen a preservar la figura del Presidente de la Nación y aquellos que ven la situación propicia para buscar darle el golpe de gracia al boxeador que tambalea.

De estos "clásicos", los argentinos conocemos de sobra. Tanto sabemos que podemos anticipar el resultado antes del partido.

Por eso, resulta alarmante que la clase dirigente, que más que correr vuela, no se adelante un paso y actúe en consecuencia.

Hay frentes que deberían ser prioritarios para una gestión y, sin embargo, la discusión política camina por la vereda de enfrente.

¿Impericia? ¿Indolencia? ¿Negocios non sanctos? ¿Un mix de los males que portamos en nuestro ADN de argentinos?

Un adolescente que observa este mejunje ¿puede creer que todavía tiene sentido formarse para ser parte de este perverso engranaje?

Quien aún pueda acreditar un poco de lucidez, sean los padres, un docente o un personaje público creíble, ojalá apuesten a educar a una nueva generación que deje atrás los vicios que no permiten al país que termine de madurar de una vez.
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