Editorial Editorial
sábado 08 de octubre de 2016

La complejidad colombiana

Colombia es un país que ha guerreado puertas adentro hasta lo indecible. Sin embargo, ha logrado construir una importante institucionalidad e, incluso, tener una economía con previsibilidad.

Así como a muchos extranjeros les cuesta tanto entender a la Argentina, en particular a nuestra invetereda incapacidad política para salir de las cíclicas crisis económicas, así también los argentinos hemos ratificado por estos días cuánto conocimiento nos falta incorporar para poder comprender la complejidad de un país como Colombia.

El largo y complicado proceso de paz que Colombia debate con tanta pasión por estos días, sobre todo luego de que triunfara el no en el referendum para aceptar o rechazar el acuerdo con la guerrilla de las FARC, nos ha hecho ver que hay que hilar muy fino para entender una guerra que desangró a esa nación durante 50 años.

Es un conflicto que involucró a guerrilleros, paramilitares, a los sucesivos gobiernos y al narcotráfico, y que padeció toda la civilidad.

Quien haya leído Cien años de soledad, la obra cumbre del colombiano Gabriel García Márquez, posiblemente haya experimentado una luminosa aproximación al alma colectiva y singular de esa nación.
Colombia es un país que ha guerreado puertas adentro hasta lo indecible, pero eso no ha sido impedimento para que construyera una importante institucionalidad e incluso para tener –a pesar de todos sus avatares– una economía más estable que la de la generalidad latinoamericana.

Los analistas internacionales han coincidido por estos días en que seguramente el acuerdo de paz podrá reconstruirse tomando en cuenta algunos de los puntos que reclamaban los partidarios del no y que se centraban en los supuestos privilegios que los guerrilleros habían obtenido en las negociaciones.

El premio Nobel de la Paz que recayó ayer en el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, no hace más que dar un nuevo envión al proceso de reconciliación que el mandatario llevó adelante con paciencia digna de orfebre y que debe resguardarse en su espíritu.

Los nuevos vientos que soplan en Latinoamérica seguramente ayudarán para salvar ese propósito de vivir en paz.
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