Editorial - Mendoza Mendoza
miércoles 31 de agosto de 2016

El problema existía

El presidente Macri reconoció que el narcotráfico genera un aumento de la violencia en la sociedad y presentó un plan para combatir ese flagelo. La prevención tiene que ser la clave de esa acción.

Negar un problema, y más si este afecta a toda una sociedad, es la mejor forma de no enfrentarlo y mucho menos de superarlo.

Con el avance implacable del narcotráfico ocurría esto. Lo primero que decían las autoridades, desde la presidencia hacia abajo, era que Argentina es sólo un país de paso para la droga. Como si eso no implicara un consumo creciente, bandas que viven de su distribución y nexos claves en la policía, la política y la Aduana.

Que una provincia como Mendoza ya tenga en la cárcel procesada y juzgada a la banda de la Yaqui es una muestra de que este flagelo no es una mera anécdota.

Si bien es un fenómeno mundial, que no repara en fronteras, clases sociales ni frenos legales, es lógico que tanta cercanía nos alarme. Rosario, por caso, está tomada por peces gordos del narcotráfico y el efecto que eso ha tenido se traduce en uno de los índices delictivos más altos del país. Recientemente la marcha "Rosario sangra" buscó visibilizar una situación de hartazgo, pero también de temor generalizado, frente al influjo de los narcocriminales.

Reconocer el problema debe ser el primer paso para superarlo. Este martes el presidente Macri, quien por lo general viene mostrando escasa cintura para las demandas sociales, presentó un plan contra el narcotráfico y reconoció: "La droga se extendió en el país".

El mandatario remarcó un punto esencial y es que la droga no es sólo un problema del que consume, si no que afecta a todos porque contribuye a un aumento de la violencia en todos los niveles.

La situación casi terminal que vive el fútbol argentino le debe buena parte de su actual locura
a que los líderes de las barras bravas cooptaron el manejo de la parte menos visible de ese deporte para hacer pingües negocios (entre ellos y a la cabeza, la droga).

Desactivar esa bomba de tiempo, la cual deja numerosas víctimas en el camino, tiene un costo social y político que nadie parecía dispuesto a pagar.

De ahí que sea auspicioso que el Gobierno nacional tome esa responsabilidad y a partir de reconocer su alarmante existencia avance hacia acciones concretas.

Por lógica, el plan tiene que arrancar por lo básico: la prevención. Para ello es esencial todo el trabajo que se haga desde la educación formal, pero ante todo una labor social que apunte a los sectores más vulnerables, aquellos donde la droga es tanto una salida como un final previsible.
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