Editorial Editorial
martes 17 de mayo de 2016

Chapeadores

Un intendente riojano terminó preso por negarse a un simple control vial. Para intimidar, el funcionario –manejaba ebrio– amenazó con llamar al gobernador y así zafar de la situación.

Hacer cumplir la ley es "mala leche". Así lo entiende y define Daniel Elías, el intendente de la localidad de Chamical (La Rioja), quien reaccionó con vehemencia ante un oficial que lo detuvo luego de que se negó a realizarse un test de alcoholemia.

El funcionario cayó en un ardid bastante arraigado en aquellos que tienen alguna cuota de poder, que consiste en "chapear". Es decir, apelar a un contacto de peso para zafar de una situación incómoda.

Elías, tan obvio como torpe, lo primero que hizo fue intentar comunicarse con el gobernador para denunciar a un efectivo policial que estaba haciendo lo que correspondía. No lo estaban coimeando, lo cual podría haber justificado la premura del llamado y un previsible enojo.

Un viejo periodista de Diario UNO solía recordar el caso de un agente de tránsito que en una ocasión paró el auto del presidente chileno Eduardo Frei Montalva. No sólo le pidió los papeles como en cualquier operativo vial sino que le labró una multa por exceso de velocidad.

Al otro día, el efectivo fue convocado al mismísimo despacho del mandatario. Expectante y algo preocupado, pero convencido de que había obrado bien, cumplió con la invitación.

Una vez en el lugar, el presidente le estrechó la mano y le contó que lo había invitado para felicitarlo por haber cumplido con su trabajo sin tener en cuenta que a quien estaba multando era la máxima autoridad del vecino país.

La anécdota muestra la excepción a una regla demasiado extendida y aceptada sotto voce.

Es interesante analizar la reacción de estos personajes que creen que porque fueron validados en las urnas para un cargo público eso les otorga una suerte de inmunidad para derrapar en los terrenos de la ley.

Este Elías y tantos Elías que no quedan grabados ni son justicieramente viralizados merecen ser doblemente castigados. Por la falta que hayan protagonizado, pero sobre todo por violar un tácito pacto de confianza con el resto de los ciudadanos.

Querer correr la línea de lo permitido es demasiado tentador cuando se tiene un poco o mucho de poder. Un poder que también puede ser bueno y necesario para transformar la vida de los demás. Algo que los Elías lamentablemente nunca entenderán.
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