Mendoza
En el pabellón gay conviven 15 presos
Hace cuatro años uno de los internos pidió que se creara un sitio exclusivo para homosexuales dentro del penal de Boulogne Sur Mer. Allí viven 15 presos en buena armonía y con un plan de convivencia digno de cualquier familia.
05-05-2009
|
Alejandro Gamero agamero@diariouno.net.ar
Los infaltables malvones, los rosales y las buenas noches abren paso a un pequeño jardín de chipica que colorea el frente rústico y austero. Los helechos cuelgan a media altura en macetones de lata tan cuidados y atendidos como el frente de la casa, pintado de impecable blanco que refugia a una pequeña virgen cargada de rosarios. A un lado, un “picado” de seis contra seis atrapa la atención de algunos y los goles resuenan contra los muros. Sólo el seco chasquido del candado que abre el perímetro delata la verdad: no es una casita de fin de semana, es el pabellón 14A de gays y travestis, en la cárcel provincial.
Allí, en el penal de Boulogne Sur Mer, Andrea ha logrado en unos años casi un milagro: transformar su lugar de prisión en una casa de familia donde convive junto con otros 14 compañeros, la mayoría homosexuales.
La limpieza, el orden y las obligaciones domésticas diarias, el trabajo, el estudio y la convivencia consensuada, tolerante y planificada son las reglas inquebrantables que allí imperan y que transformaron el viejo y oscuro pabellón en un hogar mucho más confortable que el propio hogar.
“Acá todos hemos tenido malas experiencias y estamos privados de la libertad pero no de vivir bien. Por eso yo elegí estar bien, encontrar en el encierro la libertad interior”, cuenta Andrea, el travesti que arrancó con este proyecto que hoy es realidad y que es considerada en el pabellón como la madre de todos.
Recuerda que “hace cuatro años era un pabellón de 40 personas. Yo propuse el cambio para hacer uno exclusivo de homosexuales. Se fue formando una familia, arreglamos, pintamos, yo hice el jardín y construimos así nuestro hogar”.
No se trata sólo de sobrevivir. Andrea lleva nueve años en la cárcel y purga una prisión perpetua por robo agravado y homicidio. Cuando ve todo lo que ha logrado junto con sus compañeros sentencia: “Hago todo esto para salir de acá y para que ellos también salgan. Yo me quiero ir y quiero que ellos se vayan y que cuando salgan sean mejores personas y para eso hay que empezar a serlo de desde acá. No quiero volver a una esquina como lo tuve que hacer antes por necesidad”.
Como en un hogar
En el living del pabellón desde donde se puede apreciar el jardín, Andrea y sus compañeros van soltando sus vivencias alrededor de una mesa con un mantel de diario y una puntilla para las visitas que ya estaba lista para recibirnos.
Dos copas rebosan de gaseosa fresca. Sí, fresca, porque basta echar una mirada y ver la heladera y el televisor que llegaron por una donación, una lámpara esquinera de toque rústico con un símbolo oriental que propone calidez, el cuadro de un unicornio y la repisa con algunos cacharros de cerámica sobre las paredes de dos colores.
“Todo esto lo hemos hecho nosotros, pintar, cuidar el lugar y mantener la limpieza”, asegura Diego, uno de los internos y revela: “Dura así unos meses y después pintamos de nuevo, le ponemos otro color a la pared y cambiamos los muebles de lugar. Siempre le estamos haciendo cosas”.
El piso de baldosas brilla al punto de poder reflejar a los que caminan sobre él y las pequeñísimas habitaciones sin puerta y con dos cuchetas se dejan entrever a través de las cortinas que resguardan la intimidad. Lucen ordenadas al extremo, con las camas hechas y la ropa doblada. La cocina no es menos. Los vasos y los platos tienen su lugar, la verdura el suyo y ellos se preparan la comida. Todo es así en el pabellón 14A de homosexuales de la cárcel provincial.
|
|
|
Presos que no son homosexuales piden estar allí por protección
A pesar de que la condición para estar en el pabellón 14A es ser homosexual, seis de los internos que allí permanecen no lo son sino que buscan una especie de protección.
“Están acá temporalmente porque tienen algún proceso judicial y aquí los resguardan. A veces ellos piden venir, otras veces nos lo pide la Penitenciaría y nosotros no tenemos problemas en hacer una excepción”, dice Andrea.
Sin embargo, deben allanarse a todas las reglas de convivencia como el resto sin más contemplaciones.
El grito de un gol del partido que disputan el pabellón de Homosexuales contra el de Buena Conducta quiebra la conversación de los internos con UNO.
“¿Juegan al fútbol?”, preguntó este diario. “Ellos sí, son los chicos que están acá pero no son ni gays ni travestis”, aclara Andrea.
Y con una mueca jocosa agrega: “Nosotras no, siempre nos quedamos quietitas”. Confiesa que un par de veces se les han animado a los muchachos a hacerles partido pero admite: “No se puede, le pegan muy fuerte a la pelota”.
Los que no olvidan
Buena parte de las donaciones que ha recibido el pabellón en electrodomésticos y materiales de obra han provenido a veces de la propia administración de la cárcel y otras de presos que ya pasaron por allí, que recuperaron la libertad y que agradecidos por la estadía alejada del infierno de otros sectores del penal no se olvidan de ellos.
Todos los compañeros de Andrea, los 14 que están junto a ella, presos por homicidios, robos o consumo de drogas no dudan en mostrarle gratitud a quien está señalada como la “madre” del pabellón, por lo que ha logrado de ellos y por la tranquilidad con que sobrellevan su detención en ese lugar.
Andrea remata: “Uno llega a la cárcel y lo primero que piensa es que no va a salir nunca más y que en la calle ya nunca te van a querer ni te van a mirar igual. Es muy duro. Pero se puede salir si no te dejás llevar por la mente. Cometiste un error, pero un día salís y tenés la oportunidad de cambiar. Y cuando uno quiere salir adelante, sale”.
Las reglas de la convivencia
Andrea cuenta que la clave de la buena convivencia es “nada de violencia, cero drogas y ser limpios; ésas son las primera reglas que hay que cumplir acá. Algunos que llegan por primera vez te dicen ‘¿queeeeé, cero drogas?’, y debe ser así. Yo terminé acá por culpa de las drogas, que te llevan a la violencia. Me propuse dejarla y la dejé. Por eso, si hay un problema entre nosotros se habla y se resuelve, porque la violencia y la droga es volver a lo mismo de antes. Y así una al final no se cura nunca”.
No son las únicas obligaciones. La limpieza y las tareas hogareñas también están repartidas. Cada día, tres internos distintos tienen la obligación de realizarlas y la rotación se ejecuta a la perfección. Pero aun así el tiempo en la cárcel es interminable, por eso se buscan otros entretenimientos y ocupaciones.
Con la tele también se organizan
Un cronograma pegado en la pared al lado de la heladera distribuye lo que se ve y a qué hora en el único televisor con servicio de cable para todos. Las noticias y las novelas son los programas preferidos. Pero el cronograma reza: a primera hora el noticiero, después los documentales, luego música, la novela, películas y así continúa hasta la noche.
Sin embargo con la tele no alcanza para matar el tiempo y la idea es superarse. “Acá los chicos trabajan como fajineros haciendo distintas tareas que se requieren en la cárcel y también se dedican a estudiar”, precisa Andrea.
“En la mañana quedan dos o tres, el resto están haciendo cosas. Yo estoy estudiando, terminando octavo año y haciendo un curso de costura. Otros chicos y chicas están completando el primario o el secundario. Y tenemos dos, Diego y Juani, que están cursando en la universidad la carrera de Trabajo Social”.
|
|
|
|
|
Uno de los internos en la cocina.
|
|
|
|
|
Jardín. Rosas, malvones, cintitas y otras plantas adornan el pabellón de homosexuales en el penal de Boulogne Sur Mer.
|
|
|
|
|
Hogar. Los presos que conviven en el pabellón de gays aseguran que se
sienten como en casa y que la idea es conservar en la prisión esa calidez.
|
|
|