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Mendoza

Un creador de alta costura

Hace veinte años que Raúl Saldeña (46) se dedica al diseño de moda. Ha vestido a varias reinas que luego consiguieron el cetro nacional.
12-04-2009

Verónica Oyanart
voyanart@diariouno.net.ar

Raúl Saldeña (46) creció en una modesta finca de su Rivadavia natal, aprendió a coser solo, en la antigua máquina de su abuela, y muy precozmente supo que iba a ser parte del mundo de la moda. Para eso estudió diseño industrial, fue modelo, practicó moldería en secreto y, junto con su esposa, creó una línea de trajes de baño. Hoy lleva veinte años dedicado al diseño y quince destacándose en alta costura. Vistió a varias candidatas al cetro vendimial que resultaron electas, como Andrea Parisenti, de Las Heras, y Cecilia Fornara, de San Rafael. Este año creó un diseño exclusivo para que la entonces representante de San Martín y hoy actual soberana nacional, Candela Carrasco, fuera a la gala de las reinas. Critica a los responsables de los vestidos de las candidatas para el Acto Central de la Fiesta Nacional de la Vendimia 2009, porque –asegura– “las reinas se veían gordas”. Además, Saldeña fue uno de los diseñadores encargados del vestuario de la Vendimia gay.

–¿Cómo nació en vos el gusto por la costura?
–Siempre me gustó observar todo. A veces mis compañeros del secundario, los sábados a la noche, me pedían consejos sobre cómo vestirse. “Raúl, ¿qué te parece esto?”, me decían. Entre nosotros nos ayudábamos. Nos hacíamos las remeras. Les robábamos las camisetas a los padres y las teñíamos, les hacíamos batik. Mi abuela, la mamá de mi papá, nos llevaba el apunte y nos cosía en una máquina vieja. Nos hacía los hoy famosos pantalones “chupines”, que en ese tiempo se llamaban “bombilla”. Nos divertíamos. Y todavía mi trabajo me sigue divirtiendo, tiene mucho de lúdico.

–¿Cuándo aprendiste a coser?
–Dicen que la necesidad tiene cara de hereje (ríe) y siempre hay una primera vez. En Rivadavia, en la finca de mi abuela, no estábamos cerca de nada. Sino más o menos a 25 cuadras de lo que era el centro del departamento. A veces estaba solo, porque en la casa todos trabajaban, y cuando se me rompía algo, ¿a quién iba a recurrir? Me tenía que arreglar solo. Me acuerdo que en la máquina empecé a probar con una hoja de diario. Así aprendí. Me cosí un pantalón que se me había roto. Y después seguí. Siempre me gustó el diseño. Yo en esto me defino como un autodidacta. Tenía muchísima bibliografía. Había llegado a mis manos el sistema Mendía, el Rodríguez, el sistema no sé cuánto español, muchísimos...

–¿Creaste el “sistema Saldeña”?
–Y sí. Incluso durante la gestión de Arturo Lafalla el gobierno de la provincia me contrató para que generara un sistema único para enseñar en las escuelas de capacitación laboral. Para ese sistema volqué las nociones básicas que yo había implementado a través de mi experiencia. Trabajaba para la DGE, daba cursos de diseño a los docentes para las escuelas de capacitación laboral. Para mí era muy gratificante que a pesar de no haber llegado a egresar de la UNCuyo como diseñador industrial, cuando llamaban a la universidad buscando alguien que supiera de diseño de ropa, daban mi nombre como referencia. Incluso, en varias ocasiones he ido a congresos o a dar charlas con el orgullo de representar a la UNCuyo. Le tengo gran afecto, porque fue mi familia cuando me vine a estudiar, a vivir solo a Mendoza. Hice muchos amigos y trabajaba en la secretaría de asuntos estudiantiles. Para poder costearme los estudios tenía una beca con prestación de servicios. En esa época logramos que el comedor universitario fuera atendido por los propios estudiantes. Me acuerdo que fuimos a limpiar ollas, todas quemadas, a ordenar y a poner en funcionamiento el comedor.

–Tu inquietud por la moda fue a priori de estudiar Diseño Industrial en la universidad…
–Sí, siempre estuvo. Al principio la situación económica de mi familia no me permitía venir a estudiar a Mendoza. Entonces me pagué un curso de proyectista industrial, que me permitió trabajar con algunos arquitectos, como dibujante. En realidad soy bachiller con orientación docente, pero buscaba los elementos para hacer lo que me gustaba. Tomé contacto con el “culpable” de que yo haya estudiado diseño industrial, Oscar Jurado, un diseñador de Rivadavia. Él me animó a que le diera por el lado del diseño y que después viera a qué ámbito aplicaba mi creatividad. Terminé de cursar la carrera, pero había algo que me urgía mucho: yo ya me había casado, tenía mi familia y ya estaba trabajando en el diseño de ropa. Desde que empezamos a salir, mi esposa me animó mucho para que me dedicara a esto. Ella es docente. Me decía que yo tenía guardado lo del diseño de ropa en una mesita de luz, que lo desempolvara. Se presentó la posibilidad y creo que fui bastante avezado, porque uno de los primeros trabajos que hice como diseñador fue una línea de mallas que se fabricó en Mendoza y se vendió en Chile. También hice una línea de sastrería femenina.

–Ahora hay carreras de diseño de modas, pero en tu juventud no era una profesión reconocida ni reputada socialmente...

–No. Mi padre dejó la escuela porque su papá falleció y de muy chico se tuvo que hacer cargo de la finca de mi abuela. Detrás de él había varios hermanos y una madre muy joven. Mi mamá fue la que nos inculcó a mi hermana y a mí que teníamos que estudiar para no caer en las mismas penas que ella. La vida en las fincas es muy dura. Te acostás viendo que la cosecha va a ser espectacular y a la madrugada una tormenta te deja sin nada. Cuando dije que quería estudiar diseño, en mi casa se oyeron gritos, pero busqué la forma de lograr mis objetivos. Hoy me siento bendecido por hacer lo que amo y que me paguen. También por trabajar para los momentos felices de la gente: para una novia, para una quinceañera. Siempre he sido un laburante. Cuando me vine de Rivadavia a Mendoza, a los 18 años, podía subsistir con el trabajo en la universidad y hacía extras como modelo, desfilando remeras, suéters, jeans, trajes, en circuitos cerrados, para empresas que mostraban sus colecciones a los comerciantes en Mendoza. Así tomé contacto con ese mundo, me encantaba charlar con los diseñadores y los dueños de las empresas sobre el negocio de la ropa, su fabricación. Aunque en la universidad no contaba nada del diseño de moda. Yo vivía solo en un departamento, llegaban mis amigos y me decían: “¿Qué es esto?”. Eran recortes de diario, que había por todos lados porque yo estudiaba moldería, patronaje, y nadie lo sabía.

–¿Era un tema tabú que quisieras ser modisto?
–No, para mí la profesión nunca tuvo sexualidad. Nunca pensé que sólo las mujeres podían ser modistas. En realidad yo no contaba nada porque quería primero ponerlo en práctica y después decirlo. Me quería foguear. Siempre he tenido los pies muy sobre la tierra para después poder avanzar.

–Cuándo dijiste: “Son moldes, los hice yo, y qué”.

–Cuando pude mostrar las mallas ya hechas. “Se acuerdan de los papeles. Bueno, eran para esto”, les dije. Y no lo podían creer. En alta costura voy a cumplir 15 años y en el diseño casi 20.

–Has vestido a algunas reinas vendimiales…
–En el ‘94 empecé con una niñita de apellido Vega, que fue reina de Godoy Cruz. La madre es amiga nuestra y me pidió que le hiciera la ropa. Ella fue la primera reina que vestí. En el ’95 vino a mi casa gente del municipio de Las Heras, que en ese momento estaba respaldado por Villavicencio. El gerente de marketing de la empresa me dijo que yo estaba a cargo de la imagen de la candidata, que era Andrea Parisenti. ¡Y salió Reina Nacional de la Vendimia ! Empecé con esa imagen positiva. Después llegó San Rafael, que en el ’98 llevaba a Cecilia Fornara. Ahí se produjo un antes y un después en los vestidos para el Acto Central, porque a Cecilia le hice un vestido en terciopelo bordó, todo bordado en dorado y con una cola. Me acuerdo que de los otros departamentos empezaron a quejarse. Decían que no podía ser, que en los vestidos se veían municipios muy pobres y otros con más recursos. Por eso en las fiestas de los años posteriores se acordó que las reinas tuvieran un solo vestuarista. Desde el punto de vista del diseño creo que muchas veces el atuendo de las reinas deja bastante que desear, porque no debe ser un vestido social, sino escénico. Si bien las cámaras y los binoculares “acercan” a las chicas, el común de la gente las ve, como mínimo, a 60, 70 metros de distancia. Por ende, los vestidos se deberían destacar más. Además, no a todas las figuras les favorece el vestido que los organizadores terminan eligiendo. Cuando se trata de un grupo de mujeres hay que lograr que todas se vean lo más estilizadas posible. Sin embargo este año, vestidas como estaban, las reinas se veían gordas. Este año diseñé el vestido que llevaba Laura Carbonari como presentadora.

–Nunca te has encargado del vestuario de todas las candidatas…
–No. Supuestamente se hace una licitación o un concurso de precios, aunque uno nunca se entere de cuándo es. Lo publican en una página que todavía estoy buscando, para saber qué día de diciembre apareció. Porque me dijeron que se hacía a fines de enero y en diciembre ya estaba todo “cocinado”. Le dije al secretario de Cultura que no me sentía identificado para nada con lo que estaban haciendo. Por eso creo que también ellos decidieron hacer una gala para las reinas en el Espacio Contemporáneo de Arte y le asignaron, por sorteo, tres candidatas para vestir a diferentes diseñadores.

–¿Qué reinas te tocaron?
–Tuve en suerte a Candela Carrasco, que finalmente resultó electa reina nacional; a la reina de mi pueblo, Rivadavia, y a la de Lavalle. El de Candela era un vestido en lavanda muy clarito, bordado en pedrería y strass. Cuando la vio el intendente, se acercó y me dijo: “La has vestido bien de reina”.

–¿La comuna te compró el vestido?
–No. Yo a Candela la conozco de antes, porque ella desfila. Una vez incluso desfiló para mí y se quedó encantada con mis vestidos. Era chiquita. No sé si tendría 16 años. Entonces, cuando salió Reina Nacional de la Vendimia, la llamé y le dije que se lo regalaba, que el vestido era de la ella. Estaba fascinada.



“Busqué brillo y seducción para la Vendimia gay”

–Para la Vendimia gay te diste el gusto de hacer atuendos escénicos…
–Para que nos encargáramos del vestuario de la Vendimia gay, Gabriel Canci llamó a tres diseñadores de Mendoza. Me dijo: “Raúl, hacé lo que quieras. El perfil tuyo es para esto”. Hice una valoración artística de los personajes de Cleopatra, Marco Antonio e Isis. Yo siempre trabajo basándome en conceptos, que es como el cimiento. Dije esto es music hall, tiene que haber brillo, seducción. Identifiqué muy bien las diferentes culturas: un Egipto poderoso, dorado, como lleno de oro; una diosa Isis totalmente plateada, blanca, pura, y unos legionarios romanos sufridos, con la masculinidad del bronce. No fue fácil conseguir los materiales, porque muchas de las telas que usamos eran importadas. Fuimos tratados con mucho respeto. Gabriel es una persona muy amplia de criterio, te hace sentir cómodo y valorado. Jamás imaginé la repercusión que este espectáculo iba a tener en Mendoza y en otros lugares también. El otro día me avisaron que había aparecido una nota que me hicieron para una revista de Inglaterra, porque vinieron periodistas de diferentes lugares. Antes de la Vendimia gay había trabajado ad honorem para el vestuario de la Fiesta de la Vendimia de la mano de Sara Rosales, que fue mi maestra en todo lo que es vestuario escénico. Me enseñó muchísimo y me asustó mucho también, dándome para que resolviera, de entrada, el vestuario de varios personajes principales.


Personal

Edad: 46
Lugar de nacimiento: Rivadavia.

Estado civil: casado hace 18 años con Laura García. “Es docente y uno de los pilares de mi trabajo. Me ausento sabiendo que todo va a seguir funcionando porque ella está”, cuenta.

Hijo: Ignacio Nicolás (9).

Plato preferido: “El asado”.

Bebida: “Malbec o Tempranillo si es de la zona Este”, dice.

Tiempo libre: “Salgo a caminar y nado. Paso todo el tiempo que puedo con mi familia, que es la que me aguanta hasta que dejo a la última novia en el altar y vuelvo a casa”.



Atelier. Raúl Saldeña, junto a algunas de sus creaciones. El modisto estudió además diseño industrial.

Trío feliz. Raúl junto a su esposa, Laura García, y su hijo Ignacio.


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