Mendoza
Cada año es más difícil conseguir cosechadores para los viñedos
Los sacrificios que implica y una paga pobre hacen que el trabajo resulte poco atractivo
para los vendimiadores locales. Cada temporada 10.000 obreros golondrina llegan a Mendoza.
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Gonzalo Ponce gponce@diariouno.net.ar
Si usted les pregunta a los cosechadores en actividad qué quieren para sus hijos le responderán: “Que estudien”. Si le pregunta a un cosechador retirado a qué se dedica su descendencia, la mayoría le responderá que no ha seguido sus pasos.
Si conversa con un capataz de cualquier finca o un propietario de bodegas le comentará que cada vez es más difícil conseguir quien levante la cosecha.
“Faltan cosechadores”, resume Guido Álvarez, secretario adjunto del Sindicato de Obreros y Empleados Vitivinícolas y Afines (Soeva).
Basta tener en cuenta que para esta época llegan aproximadamente 10.000 trabajadores golondrina del Norte del país que sumados a los locales totalizan 35.000 personas dedicadas a la actividad. De otra manera no se podría vendimiar.
En síntesis, no se puede decir que el oficio de cosechador tienda a desaparecer. Pero indudablemente es cada vez menos elegido por la población local.
Se trata de un trabajo duro. El cosechador no tiene horarios, sabe que su labor se mide y paga por la cantidad de tachos que pueda trasladar al camión en una finca y no por horas trabajadas o un sueldo fijo.
Un obrero de la viña guapo puede llegar a levantar entre 30 y 40 tachos por día. Actualmente se paga entre $0,80 y $0,96 por tacho que llega al camión. Si un cosechador llega a los 40 tachos, en un día habrá ganado $32 y, en el mes, con suerte llegará a poco más de $1.000 con algunos ítems que sumen en su liquidación. Eso sí, siempre que esté en blanco.
“Se paga poco. Por eso se está buscando en las reuniones paritarias conseguir un precio base de $1,20”, detalló Álvarez.
Pero los bodegueros no creen poder llegar a pagar ese valor en esta temporada. Sobre todo por las lluvias que se han repetido desde la última semana de enero y hará que se coseche una considerable menor cantidad de uva. Sin embargo en algunas fincas se ha llegado a pagar $1,80 la ficha en viña por la escasez de personal.
La situación para los cosechadores es paradójica: forman parte de una mano de obra escasa que en lugar de estar mejor paga, por ley de oferta y demanda, se paga mal.
Sin embargo hay personas gustosas de cortar los racimos. Tal es el casos de Jorge Cecchin, que con 84 años todavía trabaja en su viña familiar. O el de Mercedes Rodríguez, que con 67 años y jubilada volvería a elegir la cosecha como forma de ganarse la vida. O bien el de la salteña Rita Tarcaya, de 19 año, que tomó un micro a principios de febrero para llegar a Mendoza a levantar granos.
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Con 84 años aún trabaja la viña
Jorge Cecchin tiene 84 años. Toda su vida se dedicó a la viña. Desde muy chico, junto a su padre, supo de cortar racimos y acarrear tachos. Con los años se convirtió en propietario de la firma que actualmente es una de las pocas que hacen vinos en forma orgánica y es administrada por Alberto, uno de sus sobrinos nieto.
Jorge no piensa en retirarse. El octogenario se sigue levantando a las 6 y con su zapa marca los surcos de la finca, como lo hizo toda la vida.
“Hemos cuidado las cosechas. Hemos realizado todo lo necesario para levantar las uvas. Han sido muchas horas de sueño, de descanso que se han sacrificado durante los últimos 70 años”, rememoró Cecchin.
El hombre, que nunca se casó ni tuvo hijos, ha pasado por distintas épocas en la historia de la cosecha. “A los seis años ayudaba en la finca y hasta los 35 me tocó acarrear tachos. El trabajo no ha cambiado mucho. Ahora hay un poco más de comodidades. Pero se siguen necesitando los brazos y la espalda”, remarcó.
“En la época de canecas y canastos casi no me tocó cosechar. La bodega era moderna y fue una de las primeras en incorporar los tachos de lata”, recordó Cecchin.
“Pero con los canastos era incómodo. Porque en esa época se mosteaba más que en la de los tachos. Entonces el mosto chorreaba sobre la ropa. Pero uno colocaba una carpita dentro del canasto y andaba bien”, añadió.
Jorge dudó un poco ante la consulta sobre si volvería a elegir esta actividad.
“¡Qué se yo! El sacrificio siempre ha sido poco valorado. Por eso cuesta reunir cosechadores. Siempre esperamos a la gente del Norte del país y le damos alojamiento. No obstante me dediqué a esto toda la vida y si con casi 85 años me sigo levantando a las seis de la mañana a trabajar en la viña, probablemente volvería a elegir el mismo oficio”, cerró Jorge.
Viene de Salta sólo a vendimiar
Rita Tarcaya tiene 19 años y desde hace tres temporadas que cosecha uvas en Mendoza.
Ella es de Güemes, provincia de Salta, donde se dedica a trabajar en la industria del tabaco. “Pero hace tres años se me dio la oportunidad de venir a Mendoza y la uva paga más que el tabaco. Entonces lo aproveché. En Salta no existen las mismas posibilidades de trabajo”, dijo.
Apenas supo de la oportunidad laboral, sacó un pasaje en micro y se vino a la tierra del sol y del buen vino.
Rita es soltera, no tiene hijos y se la nota apurada mientras conversa con el cronista. Sabe que esos minutos que le dedica son menos tachos que acarreará durante el día. Y para ella está claro: viene por una cuestión económica. “Hago una diferencia, Pero no me lleno de plata”, comentó.
La chica de 19 años duerme en una habitación proporcionada por la finca para la que trabaja. Normalmente llega a los 30 tachos de uva, pero asegura que en un buen día, dependiendo de la uva, ha llegado a cosechar 60 tachos.
Lo normal sería que a la noche sólo quiera su habitación y dormir hasta el día siguiente. Pero no es así. “Te la bancás”, asegura sonriente y cuenta que siempre encuentra un tiempo para ir a bailar a Radio Punta, donde no pierde oportunidad de conocer a alguien.
Rita no terminó la secundaria. Tampoco conoce a su papá. Algo de lo que gana en la cosecha vuelve a Salta para ayudar a su madre. “Pero ella tiene sus ingresos”, contó.
La joven salteña muchas veces se queda más de lo que dura la temporada y no descarta quedarse a vivir en Mendoza. “Pero no pienso seguir haciendo esto toda la vida”, aseguró y agregó: “Si tuviera hijos les diría que no trabajen en esto, es muy sacrificado. Quisiera que estudien”.
“Sólo uno de mis hijos cosecha”
Mercedes Rodríguez cosechó de los siete años a los 22. Luego se casó con Ángel Riveros. Pero siguió ligada a la actividad viñatera hasta hace poco, cuando le llegó la jubilación.
Con 67 años tiene ocho hijos. Sólo uno se dedica a cosechar. También tiene 28 nietos. A ninguno le interesa un trabajo tan pesado.
“Yo coseché en la viña desde muy chica. A los siete años me quedé sin mamá y cuando estaba en tercer grado de la escuela tuve que empezar a ayudarle a mi papá, que era contratista de la finca Gentile en Rivadavia porque éramos 13 hermanos y no nos podía mandar a la escuela.
“Llevo 46 años casada con Ángel. Apenas me casé me vine a Maipú y seguí trabajando. Yo araba, ataba, surqueaba, hacía todoslos trabajos de la viña”, conversó la señora.
Cuando se le preguntó si no pensó nunca en trabajar en otra cosa respondió: “Cuando uno es del campo, lo único que hay es viñedo y tiene que ayudar a los padres, no queda otra”.
Hace cuatro meses que Mercedes está jubilada y, con orgullo, desde su humilde dormitorio trae un juego de mate que la firma Peñaflor le obsequió para reconocerle 23 años de servicio
“Ahora cuesta conseguir cosechadores. Muchos dicen que es por el mal pago. No sé. Antes me pagaban $0,30 y para nosotros era plata. Ahora no es plata. Son otros tiempos, yo no entiendo bien. Parece que es un mal pago porque un joven que ahora cosecha no saca el día”, observó la mujer.
Por eso a sus hijos les aconsejó que estudiaran, porque no quería que siguieran haciendo el trabajo de la viña.
“Hay uno que trabaja como mecánico en la bodega Peñaflor. Otro está en una granja de pollos. Son trabajos menos pesados y mejor pagos”, remarca. Hoy sólo uno de sus ocho hijos se dedica a la cosecha.
Elementos para vendimiar a lo largo de la historia
Siglo XVI. Arganas.
En los comienzos de la cosecha de uva, principalmente en Europa se utilizaban las arganas, una especie de bolsas de cuero de vaca unidas a un armazón de madera que se colocaban en el lomo de una mula.
Siglo XVI. Yoles.
A mediados de este siglo las arganas fueron remplazadas por yoles. Son muy similares, pero más resistentes y con unas pequeñas modificaciones en su diseño que permitían mayor rapidez en la cosecha.
Siglo XVII. Canecas.
Las canecas y canecones son una especie de baldes de madera que se cargaban en carros tirados por mulas o caballos, con lo cual se lograba mayor capacidad de traslado de uva cosechada.
Siglo XIX. Guantes de malla.
Además de las tijeras, que han ido variando sus formas y materiales a lo largo de los tiempos, a mediados del siglo XIX fue muy común este guante de metal para proteger las manos del cosechador.
Principios siglo XX. Canastos
Los canastos de mimbre se usaron hasta 1925 aproximadamente. El problema era que el mosto de uva se escurría. Para evitarlo algunos cosechadores usaban una carpa. Pero hacía más pesado el recipiente.
Siglo XX. Carro cosechero
Se trataba de un carro tirado por mulas o caballos con una lona que brindaba más higiene y no permitía que se perdiera mosto ni granos de uva. Se utilizó hasta 1920 aproximadamente.
Siglo XX. Tacho de lata
Primero fueron de lata. Luego fueron remplazados por acero inoxidable. Con esta modificación se logró mayor higiene y un poco más de comodidad para los vendimiadores.
Siglo XXI. Tacho de polietileno
Actualmente se siguen utilizando tachos de acero inoxidable en algunos lugares. Pero lo más usado ahora es el de polietileno. Es más liviano, no se calienta con el sol como los metálicos y es mucho más higiénico.
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Por las hileras. Cosechadores en plena faena en una finca de Sauvignon Blanc en Lunlunta, distrito de Maipú.
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Don Jorge. En la toma, junto a la viña que todavía cuida diariamente.
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Rita. Una joven salteña que trabaja en los viñedos mendocinos.
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