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Domingo 26 de Agosto de 2007  
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Escenario
Mirar el mundo con los ojos de Joaquín Giannuzzi
En su último libro de poemas, el gran autor fallecido en 2004 da una lección de lírica sin altisonancias y con hondura filosófica.

Fernando Toledo
fgtoledo@diariouno.net.ar

No es lo mismo mirar el mundo que mirarlo a través de los versos de Joaquín O. Giannuzzi (1934-2004). Pocas veces la poesía argentina ha ofrecido una lírica capaz de encontrar las estridencias del mundo cotidiano, de proclamar la finitud, la mortalidad, la indiferencia del universo y al mismo tiempo ofrecer, en algún sentido, una revelación: la de que somos los hombres los que ponemos la “música” a este mudo devenir.

Giannuzzi fue, durante décadas, un poeta de culto, un escritor que editaba sin gozar del reconocimiento masivo ni de los honores públicos. Ello no impidió que desarrollara una obra magnífica que quizá para muchos se desnudó en el año 2000, cuando Emecé reunió todos sus libros en un sólo volumen estimable como las mejores 500 páginas de la poesía nacional del siglo XX.

Pero el viejo poeta seguía escribiendo y cuando murió, a principios de 2004 en su amada Salta, ya tenía presto un libro, ¿Hay alguien ahí?, que no es otra cosa que la confirmación de su estatura poética y una contundente lección de cómo en un estilo, en apariencia seco y modesto, puede estar una potencia lírica que algunas otras plumas, más altisonantes, ni siquiera pueden vislumbrar.

Tal vez sea una tentación fácil imaginar que la pregunta titular de este pequeño libro de Ediciones del Dock hace referencia a la premonición de la muerte del propio Giannuzzi, con algo de sarcasmo incluido. Puede que sí, pero sería, como dijimos, una asunción fácil, algo ajeno al elegante y desencantado carácter del autor de Contemporáneo del mundo.

Lo mejor, en todo caso, es bucear por el sentido del título bajo las claves que los propios poemas ofrecen, lo cual de paso obsequia el beneficio de husmear en los tajos de ese afilado bisturí poético que siempre manipuló Giannuzzi para ofrecernos una especie lección de anatomía de Rembrandt, y mostrarnos nuestras propias vísceras. Algunas de las referencias estáticas del escritor aparecen desde el primer: la dalia, objeto constante en sus referencias, inaugura el libro con una invitación a que esa flor le convide al poeta algo de su callada certidumbre vegetal. “¿Es demasiado soberbio / dar la espalda a la calle / donde rugen los automóviles terroristas / y la policía rebosa de actualidad?”, dice el autor, con la culpa de todo aquel que no quiere otra cosa que una callada felicidad.

Es que Giannuzzi traza su “comunión” con los objetos que lo rodean nada más que para escribir el mundo, ya que esto, parece, es una forma de embellecerlo. Pero embellecerlo no significa maquillarlo ni mentir sobre él, ni siquiera inventarle supramundos ininteligibles (divinos, metafísicos). La única manera de embellecerlo es nombrarlo, y nombrarlo bien, con la poderosa seducción de una palabra conectada a la verdad. Aunque eso signifique mirar la propia soledad del poeta al describir sus propios errores: “No había música en ninguna parte: / sólo la mentira que emana / de una cabeza malograda / y que cae al vacío sin ayuda de nadie”.

Atravesada esta pequeña obra maestra que es ¿Hay alguien ahí?, poco puede importar hacia dónde se asomaba Giannuzzi al formular esa interrogación. No parece, ya dijimos, que imaginara la inmortalidad (“la muerte está vacía”, nos aclara en uno de los poemas, para aclarar algunas cosas). Pero se puede suponer que el poeta se miraba a un espejo al hacer esa pregunta, y que la única manera de decir que “sí” fuera inclinándose sobre el papel para escribir otro poema, “quizás con abundantes pruebas acerca de lo secreto / y desapareciendo, contra toda lógica, en un cuerpo pequeño”.




Imprescindible. Joaquín O. Giannuzzi, autor de ¿Hay alguien ahí?



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