Escenario
Los animales del silencio
El español Antonio Gamoneda (premio Cervantes 2006) dibuja en su obra cumbre, Libro del frío, un desolador paisaje interior, en el que el poeta se ve obligado a dialogar con el tiempo, la memoria, el olvido y la muerte.
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Fernando Toledo fgtoledo@diariouno.net.ar
La trayectoria literaria de Antonio Gamoneda (Oviedo, España, 1931) se parece al paisaje de sus obras, o al menos al del brillante Libro del frío, reeditado por Siruela en 2003. El poeta comenzó a publicar en los ’50, pero sólo a fines de los ’90 pudo ser al fin objeto de los elogios y reconocimientos, que culminaron en los premios Reina Sofía y Cervantes otorgados en 2006.
Ese papel, el de un testigo silencioso que cultiva palabras que nadie oye pero que, al fin, lo pronuncian, es el que traza en esta obra de instantes breves y profundos, de apariencias, de pozos hondos tapados por las ramas que una brisa leve y laboriosa arrastra con pudor. Libro del frío sorprende, en principio, por la aparente levedad. Gamoneda escribe en una prosa que se desgaja, a veces, en versos agónicos.
La estrategia del poeta exige desnudez y precisión. Porque habla, en tercera persona, de sí mismo con cuidado, y cuando parece que va a diluirse con las estampas que traza (por ejemplo en la primera parte, “Geórgicas”), perturba como la mano de un sobreviviente en un naufragio.
Ese paisaje, en realidad, que es siempre desamparo (frío), resulta engañosamente “exterior”. Pues Gamoneda menciona las piedras, el campo abierto, el mutismo de la naturaleza, pero en realidad, está hablando siempre de sí mismo.
No será extraño, así, encontrarse con un poema que dice: “Entre el estiércol y el relámpago escucho el grito del pastor. / Aún hay luz sobre las alas del gavilán y yo desciendo a las hogueras húmedas. / He oído la campana de nieve, he visto el hongo de la pureza, he creado el olvido”.
Pero así como Gamoneda crea un olvido (alimento primario de las palabras), el poeta deja que en su tránsito de frío y desamparo crezcan los monstruos con los que, tarde o temprano, deberá dialogar. Por eso no es extraño que aparezcan (en los segmentos “El vigilante de la nieve”, “Aún” y “Sábado”), “los animales del silencio”, “el escultor ciego”, “animal del llanto”. En tiempos de palabras ásperas y de poemas para los cuales, a veces, el lenguaje parece molestar, este escritor español decide desenfundar un lirismo extremo, pero jamás altisonante.
Elección que es, a su modo, lección para aquéllos quienes pretenden que el poema se cincela cuando las palabras lo encuentran a uno, y no al revés. No: Gamoneda, clásico a su modo, sabe que lamentablemente debe ser al revés. Que las palabras son esquivas y necesarias, aunque terminen deglutidas por la mudez del tiempo. Sabe, Gamoneda que “La luz se anuncia en los cuchillos y entran mendigos al mercado. El incesante habla de los frutos. / Aún es bello y miserable, dice sílabas exactas, atraviesa el olvido”. Esta reedición de Siruela del Libro del frío tiene como virtud, además de una hermosa (y onerosa) edición de tapas duras, la inclusión de una especie de coda a la obra original, titulada Frío de límites, que completa el melancólico recorrido por el invierno lírico de Gamoneda.
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El poeta del frío. Antonio Gamoneda en el acto de recepción del Premio Cervantes,.
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