economia - Mendoza Mendoza
domingo 13 de agosto de 2017

Cuando el Malbec moría, Mendoza lo revivió

En Europa volvió, luego de siglos, el interés por la cepa cuyo vino es insignia de Argentina.

Artistas, deportistas y personalidades buscan su propia viña, su etiqueta y hasta su bodega con vista a la montaña. Buscan a ese creador, el enólogo, que les interprete su "arte", su impronta, su ego en el interior de una botella.

Hablamos de la cepa insignia de la Argentina, de uno de los símbolos de Mendoza: el Malbec, ese que es festejado en varias ciudades del mundo los 17 de abril con música y comidas argentinas. En pocas décadas se reescribió una larga historia de una de las tantas facetas del vino. Sí, Mendoza revivió y prestigió al Malbec.

Luego de casi dos milenios en el mercado y víctima de las modas, las plagas y el clima, el Malbec fue relegado, sustituido y olvidado tanto en la Francia que creció, como en la Italia o la Alemania que se disputaban su origen. En Europa se dejó de hablar de ese vino a cuyas cepas también se las llamaba Cot, Teinturin, Auxerrois, Cahors, Guillan, Prechat, Agreste, Benat, Auxerrois o Romieu. Esos vinos que acompañaron las negociaciones de alianzas e invasiones entre monarcas dejaron de llenar copas. Ya nadie se acordaba de esas plantas que se cultivaron en Crimea para que sus caldos aliviaran los dolores de úlcera del zar ruso Pedro el Grande.

La historia oficial cuenta que el mismo año en que se sancionó la Constitución nacional, en 1853, el francés Miguel Amado Pouget –el mismo que hizo la Quinta Agronómica–, trajo las primeras estacas y esquejes del varietal a Mendoza, aunque otros afirman que antes, agricultores migrantes italianos y españoles habían llegado con semillas entre sus pocas pertenencias. Para algunos las primeras cepas crecieron y dieron sus frutos en lo que hoy es la esquina de Boulogne Sur Mer y Emilio Civit, para otros ya compartían hileras con Garnacha y alguna Bonarda en tierras maipucinas.

Lo cierto es que se desarrolló, sobre todo en las últimas tres décadas, se adaptó a esta tierra, a las aguas, a las alturas y las sombras que le brindan los Andes. Así, el Malbec fue encontrando su terroir para copar el centro de la escena, para monologar o para decidir quien lo acompañará en un blend.

En síntesis y en números, el Malbec ha demostrado que es un vino montañés, y en la última década se plantaron unas 10 mil hectáreas por arriba de los mil metros sobre el nivel del mar. En Mendoza 7 de cada 10 hectáreas son del Malbec.

Hay unas 800 etiquetas de Malbec, y así uno puede elegir sin tropiezos entre una damajuana de un Roble de La Íride a $190 o una botella de un Adrianna Vineyard Mundus Bacillus Terrae, de Catena Zapata, a $5.190.

Sí, Mendoza revivió al Malbec. Ahora se cultiva en los 5 continentes, como en Napa Valley (EE.UU.), en Ribera del Duero (España) y sobre todo en Cahors (Francia), donde regresó tras dos siglos y sus cultivos ya llegan a 4.000 hectáreas.

Por estas tierras el Malbec reescribe la historia y el Bonarda no se queda atrás...
Fuente:

Más Leídas