miércoles 15 de junio de 2016

Drogas, éxtasis colectivo, alegría, angustia y un inconmensurable dolor

Un referente de la psicología mendocina analiza el consumo de estupefacientes en fiestas, sus antecedentes y sus consecuencias.

Por Lic. Juan Carlos D'Innocenzo. Ex­presidente del Colegio de Psicologos de Mza.

Frente a los hechos de público conocimiento, en donde en una fiesta electrónica murieron cinco jóvenes y otros tanto quedaron con asistencia respiratoria mecánica para recuperarse y quedar con consecuencias de por vida, se imponen interrogantes o al menos un intento de reflexión.

Lo primero que aparece frente al dolor, la angustia, la sensación de impotencia, es buscar responsables; ya sea en los organizadores o en los organismos de control del estado, o los chicos malos: los narcos que organizan a los dealers para un mercado que demanda Keta, Icd, Extasis, Cocaína, Superman y otras hierbas.

Son drogas que "prometen" hacer sentir bien a los jóvenes y experimentar "sensaciones nuevas", algo que "pegue fuerte".

Sería ingenuo pensar que estos hechos luctuosos, son sólo circunstancias aisladas. Más bien nos muestran la punta del iceberg, el consumo de drogas psicoactivas crece a ritmo geométrico, llegando al 1200 por ciento en los últimos 10 años.

El anhelo de bienestar y felicidad, es humano, muy humano. Pero podemos interrogarnos en los tiempos que corren, ¿de qué tipo de alegría o felicidad se trata? ¿Si se busca el "bienestar", de qué se trata el malestar?

"Sobre las raíces arcaicas del éxtasis"

Si retrocediéramos diez mil años, hallaríamos a los humanos esforzándose en cumplir actividades mundanas necesarias para la supervivencia: caza, recolección de alimentos, elaboración de armas y ropas, inicio de la experimentación agrícola. Pero si aterrizáramos en una noche de luna llena o en un momento determinado del cambio de estación, los hallaríamos enfrascados en lo que, en comparación, pareciera una pérdida gratuita de energía: bailando en hileras o en círculos, en ocasiones llevando máscaras o algo semejante a disfraces, y con frecuencia agitando ramas o palos o en su versión actual celulares­.

Lo más probable es que ambos sexos bailasen en filas o círculos distintos. Posiblemente tendrían el rostro y el cuerpo pintados de ocre rojo ­¡precursores del tatoo!­, o eso es lo que presuponen los arquéologos por la presencia generalizada de este mineral en los asentamientos humanos.

Más cerca en el tiempo, en el período histórico que empieza hace aproximadamente hace cinco mil años, fueron los griegos ­en teoría los más racionales y "occidentales" de los pueblos de la Antigüedad, quienes dejaron evidencias más claras de las conductas seguidas en los rituales extáticos, que bordeaban peligrosamente el desbarajuste o el desmadre.

La danza, fuese extática o de una variedad más majestuosa, era una actividad primordial y caraterística de la antigua comunidad griega: danzas en hileras y en círculo, danza de jóvenes de ambos sexos, juntos o por separado, danzas en festividades programadas regularmente o en lo que parecían ser brotes espontáneos, danzas para la victoria, para los dioses, o por pura diversión.

La narración homérica de la época heroica, dice que los jóvenes griegos bailaban "en las bodas, en las cosechas o simplemente para desahogar su exuberancia juvenil".

"Choreia (la danza), según los griegos, debe provenir de chara, que significa alegría".

Una multitud rodeaba gozosa la encantadora danza, y entre ellos, un juglar divino interpretaba música con la lira. Eran representaciones musicales en las que el "coro", además de cantar, también bailaba. Además habían timbales, instrumentos que "ayudaban a inducir el frenesí".

De hecho, la palabra "tragedia", deriva de palabras que significan "cabra"y "canción".

Originariamente, el coro estaba compuesto por hombres vestidos con pieles de cabra para parecer sátiros que bailaban en honor a su señor, el dios Dionisio o Baco para los romanos.

Según algunos autores, lo que el dios exigía no era más que el alma humana, liberada mediante el ritual extático del "horror de la existencia individual", para entrar en la "Unidad mística" que se da en la unidad rítmica de la danza.

El término éxtasis, deriva de las palabras griegas que significan "estar fuera de uno mismo".

Finalmente, alcanzaban un estado mental que los griegos llamaban enthousiasmos (literalmente tener el dios dentro de uno mismo).

Como escribe un especialista, el dios recuerda de muchas formas a cierta clase de músico errante
de nuestra época, que también sería capaz de provocar "histeria" en sus seguidores. Por ejemplo, el
líder masculino de un grupo de pop, quién pese a la violencia de la música, los gestos y las palabras no es masculino de una forma tradicional, pero tampoco es afeminado. Sería una amenaza para el orden establecido, pero no para la juventud, que lo adora, especialmente los jóvenes.

Con el cabello largo, sus atisbos de violencia y su promesa de éxtasis, Dioniosio fue la primera estrella de rock.

Estos elementos de las festividades y los rituales extáticos (música, comida, bebida, drogas psicotrópicas, disfraces y diferentes formas de decoración personal, como la pintura corporal y del rostro) parecen ser universales.

"Perderse" en el éxtasis, en la gozosa inmediatez de la experiencia humana ­librarse de los límites físicos y temporales­ es una forma de vislumbrar, si bien brevemente, el paisaje de la eternidad.

¿De que se trata el malestar?

No pretendo ofrecer una respuesta unívoca, para una problemática sumamente compleja. Pero sí se pueden ensayar algunas conjeturas desde nuestra práctica clínica cotidiana. Es frecuente observar en
los jóvenes, que entre los síntomas predominan en proporción abrumadora: dificultades de regulación de la autoestima, desesperanza, alternancias del ánimo ­disforia­ , apatía, trastornos del sueño y del apetito, ausencia de proyectos, crisis de ideales y de valores. Una angustia difusa. Una depresión vacía.

El hombre actual ha alcanzado altos niveles científicos y técnicos; pero en muchos sentidos está perdido, sin brújula. Parece navegar en la era del vacío y del absurdo. Una época en que el desprecio por la vida planea sobre nuestra cultura enferma.

Al mismo tiempo que muchos tratan de estar tan cerca de los demás como se posible, todos permanecen tremendamente solos, invadidos por un profundo sentimiento de inseguridad, de angustia y de desasosiego.

Vivimos inmersos en un mercado consumista que ofrece muchos paliativos que "ayudan" a la gente a ignorar conscientemente esa soledad: muchas personas se sobreponen por medio de la rutina de la diversión, a través de la consumisión pasiva de sonidos e imágenes que ofrece la industria del entretenimiento.

El ideal del consumismo no tiene otro horizonte que la multiplicación o continua sustitución de unos objetos por otros "mejores".

El otro gran ideal, es el "relativismo", ese dios posmoderno y poderoso que reclama un punto de vista subjetivo para todo. Que defiende la utilidad, lo práctico, la idea que el fin justifica los medios.

En lo que importa es hacer lo que te apetezca, no ir contra las inclinaciones que piden paso, ya que
eso puede ser nocivo para la salud mental.

El amor se ha ido convirtiendo en sexo para muchos y, para otros, en algo casi imposible. Se hace evidente un nuevo tipo de insipidez, o falta de profundidad, un nuevo tipo de superficialidad en el sentido más literal. Quizás el supremo rasgo formal de todos los posmodernismos, a los que tendremos oportunidad de ver a la vuelta de la esquina.

Un ejemplo representativo de un extremo, sería el de esas parejas tan típicas de las revistas sobre ricos y famosos, para las que todo es liviano, superficial, sin solidez. No hay drama, porque la vida es un correr del tiempo, sin referentes ni remitentes. Lo importante es disfrutar, pasarla bien y sortear cualquier sufrimiento, porque éste representa la culminación del sinsentido.

La falta de compromiso es hoy una norma de conducta que esta de moda: "una moral repleta de neutralidad, una especie de reglas de urbanidad sin contenido".

En la actualidad muchos han vivido crisis de pareja, llegando a pensar que debían considerar a la misma como un bien transitorio.

Takeshi Umehara, filósofo japonés contemporáneo se pregunta: ¿Es tan difícil, hoy en día, ver que los profundos cambios que aporta a la sociedad la economía poscapitalista, y su correlato ideológico ­la posmodernidad­ por haber perdido su relación con la naturaleza y el espíritu, no es otra cosa que una filosofía de la muerte?


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