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Sábado, 23 de julio de 2011

Volver al pasado para escribir el futuro

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Por Cristian Molina
cmolina@radionihuil.com.ar

Se pide mas respeto por la Selección como se pide respeto por los mayores ilustres. Como esos viejitos que ante la impertinencia juvenil, espetan "respetame las canas". Algo así como "si no sabés quien soy, al menos atendé el hecho de que he visto más que vos".

Durante los festejos por el cuarto puesto en el mundial de Sudáfrica, el uruguayo Sebastián Abreu manifestó "nuestros abuelos nos contaron que estas cosas sucedían". No es la única ni la más importante razón, pero habla de que el buen momento del fútbol uruguayo tiene que ver con cierto respeto por la historia.

Por eso, y por muy poco más, fue por lo que Grondona eligió a Maradona para reemplazar a Basile. El Coco ya no inspiraba respeto. Su poca contracción al trabajo y su improvisación permanente, eran mal mirados por los hiperprofesionales jugadores europeizados que sufrían ante cada convocatoria.

La figura de Maradona, por entonces, era casi la de un Dios para los jóvenes futbolistas. Grondona había tomado nota de la reacción de los jugadores cuando Diego los visitó durante los Juegos de Beijing 2008.

La magia duró poco. La goleada en Bolivia derrumbó los mitos y bajó a la deidad del Olimpo.

Echar la culpa de todo a Grondona, es reconocer simultáneamente los supuestos méritos del eterno presidente de la AFA. Decir que no se respetan los procesos, equivale a reconocer que la Selección se había acostumbrado a los períodos completos de los entrenadores hasta la salida de Bielsa.

Tomar nota de la debacle en las selecciones juveniles, es reconocer que existió un tiempo que fue hermoso, donde Argentina no solo ganaba títulos, sino que formaba jugadores que respetaban el fair play y llegaban a integrar los mejores equipos del mundo.

La decadencia fue progresiva, no se cayó de golpe. Los resultados de hoy despiertan a la realidad, pero marcan que exisitó un proceso de desgaste que hoy estalla.

Si bien la filosofía futbolera, las largas explicaciones técnicas y los eternos teoremas estratégicos suenan a sanata, pasar de la dialéctica menottiana o el pragmatismo bilardista, a la definición "quiero que mi equipo juegue como el Barcelona", habla de una pobreza de concepto alarmante.

Aprendiendo de la historia

En 1974, tras la mala performance en el mundial de Alemania, la dirigencia de AFA, sabiendo que el siguiente torneo se disputaba en casa, decidió ponerse los pantalones largos y poner las cosas en orden. Se nombró a Menotti y se comprometió a un trabajo a largo plazo que incluyó un título mayor, uno juvenil y un fracaso en España '82.

La llegada de Bilardo marcó un cambio rotundo de perspectiva futbolera y pese a los pésimos resultados en la previa, se respetó su contrato. En el medio, existió un intento de golpe mediático, liderado por el jefe de deportes de Clarín, el hoy simpatiquísimo Horacio Pagani.

El resultado fue otro título, inolvidable en México '86, y un subcampeonato aunque con paupérrimos desempeños en juveniles.

En 1990, la llegada de Basile significaba un soplo de aire fresco, la libertad al servicio del talento de los jugadores. El rápido resultado, fue un largo invito de casi tres años y dos títulos en la Copa América. La complicada clasificación y la eliminación en octavos de final en el mundial de los EEUU '94, marcó su incapacidad para resolver situaciones complejas y planteos tácticos modernos.

Además, la designación de Mostaza Merlo al frente de los juveniles terminó en un desastre, sobre todo disciplinario, cuya consecuencia fue la vergonzosa suspensión del Sub 20 por un mundial.

Llegó el turno entonces de Daniel Passarella. Su impronta suponía firmeza, disciplina y mano dura; aparentemente, la única necesidad que tenía el seleccionado.

El proceso terminó con un 5ª puesto en Francia 98, pero el hecho destacable fue la innovación en el ámbito juvenil. Se nombró a José Pekerman y se separó a la Selección mayor de las inferiores.

Las selecciones menores de Argentina mejoraron en comportamiento, formación de nombres y en títulos: cinco campeonatos de siete disputados entre 1995 y 2007.

La llegada de Bielsa, supone para muchos, el comienzo del mejor período de la Selección. Su trabajo serio, su disciplina táctica y estratégica, su falta de compromiso con los medios y su filosofía futbolística, llevaron a la Selección a los primeros planos. Por entonces, ya se hablaba de los jugadores millonarios, que espaciaban sus respuestas a la convocatoria. Sin embargo, Argentina ganó holgadamente la eliminatoria y se perfiló como el máximo candidato para el mundial de Corea-Japón 2002.

La rápida eliminación en primera ronda, no modificó el criterio y contrariamente a lo esperado, Grondona respetó el ciclo y mantuvo a Bielsa en su cargo.

Bajo su mando, la Selección llegó a la final de la Copa América 2003 y el sub 23 logró el título olímpico en Atenas, de manera invicta y sin goles en contra.

Sorpresivamente para muchos, pero no para quienes escuchaban las voces de los esbirros de Grondona, Bielsa renunció y comenzó la época de los procesos cortos.

José Pekerman se hizo cargo de la Selección mayor y la condujo a un apenas aceptable 6º lugar en alemania 2006.

Y volvió Basile, con su promesa de futbol ofensivo. Y se perdió la final de la Copa América 2007 ante Brasil, en otro equipo que como en su etapa anterior, tenía una altísima densidad de jugadores ofensivos, pero que poco podía hacer cuando la cosa se complicaba.

Mientras, se terminaba el proceso post Pekerman en los juveniles, que se despedían con los títulos Sub 20 en 2007 y otro oro olímpico de la sub 23 en Beijing 2008.

Y tras un tortuoso comienzo en las eliminatorias, se fue el Coco y llegó Maradona, supuestamente favorecido por un golpe palaciego. Su rendimiento en la clasificación fue pobre, pero alcanzó el cuarto lugar y su funcionamiento en Sudáfrica 2010 brindó más de lo mismo. Brilló ante los débiles y sufrió ante los equipos en serio. Final con goleada en contra ante Alemania y un 5º lugar que marca el exacto lugar de la Argentina: con o sin técnico, normalmente por nombres, por historia, por bagaje, por estilo, Argentina está entre los ocho mejores del mundo.

El ciclo Batista y el ingreso de la generación del 86, nos marcan que los juveniles no clasificaron al mundial 2009 y entraron por la ventana al de 2011, pero sin llegar a los Juegos Olímpicos donde debía defender el título.
Y la Selección mayor fue protagonista de amistosos infames, derrotas humillantes y la eliminación en cuartos de final de la Copa América organizada por la propia Argentina.

Se tiró por la borda un prestigio, un nombre, un respeto.

La pregunta

Queda preguntar si no se espera más de lo que el equipo puede dar. Queda reflexionar sobre las razones por las que Argentina ha cedido unos cuantos escalones en el panorama mundial.

Cabe reiterar que Argentina, sin grandes esfuerzos, ocupa un lugar entre los ocho mejores del mundo. No es soberbia pretender poder ofensivo de un equipo compuesto por Messi, Higuaín, Agüero, etc.

Es irracional si, pretender victorias perpetuas sin trabajo, fútbol de lujo sin base defensiva, toques y baile sin movilidad ni rotación. Enumerar estos conceptos, da casi vergüenza ajena por lo básicos que resultan, pero la Selección no los tiene. Y duele.

Las soluciones exitosas a corto plazo no existen. Y si de algo sirve la historia, debe ser para aprender lecciones. Argentina debe replantearse sus proyectos de juveniles, no sólo de la Selección, sino de los clubes también. La desaparición de los potreros y el permanente castigo a las clases bajas durante los 90, destruyeron un semillero. No es casual que Ortega hace un tiempo largo y Carlos Tevez o el Kun Agüero, mas acá en en la cronología, sean los últimos exponentes del jugador producto de la calle.

Falta quien transmita el fuego sagrado a una generación que se está acostumbrando a perder, que se está resignando a ser grande a nivel individual y nula a nivel conjunto.

Y retorno a los principios. Más allá de técnicas, tácticas, estrategias y mucho trabajo, que serán vitales, será necesario enseñar el respeto por la historia. Quienes se calcen la camiseta albiceleste deberán saber quién se la puso antes y donde estuvo, para soportar el peso de los años y la gloria. Pisarán campos legendarios, visitarán tierras hostiles, enfrentarán guerreros aparentemente invencibles. No se piden victorias y títulos en cada cita, sólo se exige que los colores vuelvan a inspirar temor a quien ose pararse enfrente.

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