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Lunes, 25 de julio de 2011Una Copa sin brillo, un campeón legítimo y el ocaso de las potencias
Hubo 32 goles menos que en el 2007. Uruguay se guardó para la final su mejor versión. Venezuela y Perú cambiaron el escenario de cara al futuro inmediato. Mientras que Argentina y Brasil naufragaron.
La historia demuestra que todo imperio tiene un final inexorable. Y el fútbol sudamericano está en presencia de una verdadera revolución de los humildes que ponen en jaque la hegemonía de los poderosos. Uruguay, Paraguay, Perú y Venezuela se colaron en una fiesta en la que el vals estaba reservado para Argentina y Brasil.
La Copa América entregó algunas revelaciones, pocas emociones, pero a un legítimo campeón. El equipo del Maestro Tabárez reunió méritos para quedarse con el título y mostró figuras como Luis Suárez, Diego Lugano y su arquero Fernando Muslera, en las que sustentó su éxito. La humildad y la entrega fueron las banderas levantadas por un grupo de guerreros guiados por un maestro.
El cuarto puesto en el Mundial de Uruguay fue clave para recuperar el linaje de un fútbol con historia. Pero hay que destacar también la coherencia de la Federación Uruguaya para duplicar su esfuerzo y retener a un Tabárez que supo transmitir un mensaje claro. Porque un barco sin capitán tiene futuro de naufragio.
Sin ánimo de restarle valor al nuevo campeón, el torneo continental confirmó que el fútbol sufre un cambio importante. El pragmatismo tiene cada vez más adeptos y el espectáculo está en detrimento. Solo hay que repasar las estadísticas y compararlas con Venezuela 2007 para confirmarlo. En Argentina2011 se anotaron 32 goles menos que la Copa ganada por Brasil y hubo 11 empates contra apenas 5 de la edición anterior.
Además, a las semifinales accedieron los equipos que eligieron la táctica del contragolpe. La condición física y el orden táctico pueden suplir carencias. Es por eso que los cucos ya no asustan a las cenicientas. Mientras Brasil y Argentina volvieron a quedarse en cuartos de final, como en el último Mundial, Venezuela y Perú mostraron una evolución que cambia el escenario de cara al futuro inmediato.
A la hora de buscar motivos de un nuevo traspié de la Selección argentina, la incoherencia para decidir al conductor del grupo aparece en primer plano. Lo opuesto a lo que sucede con el flamante campeón de la Copa. El tiempo pasa, los entrenadores se suceden y se sigue dilapidando generaciones de grandes jugadores y a un fenómeno como Lionel Messi, la aparición más rutilante desde Diego Maradona a la actualidad.
No es casualidad que la salida de los últimos técnicos en la Selección haya sido escandalosa. El repaso de los hechos muestra que Alfio Basile renunció porque sintió que se estaba pergeñando un golpe de estado. Sin mucho tiempo para trabajar y con una Eliminatoria que mostraba un horizonte sombrío, se buscó un golpe de efecto con la llegada de Maradona. Diego se alejó de su cargo denunciando a Julio Grondona y Carlos Bilardo.
Ahora, el inminente despido de Sergio Batista no es más que la continuidad de un sistema personalista donde Grondona decide y ejecuta. Mientras dirigentes temerosos solo muestran su oposición fuera del Comité Ejecutivo, un ámbito donde deberían expresarse con libertad.
Hay que remontarse a 1993 para encontrar la última consagración de una Selección mayor y las instancias finales quedan cada vez más lejos. Proyecto y trabajo son términos que se bastardean para esconder un nuevo fracaso. La elección de entrenadores no sigue una línea. Es azarosa. O mejor dicho, caprichosa y autoritaria.
No existe vínculo posible en las sucesiones. De Passarella a Bielsa, pasando por Pekerman, Basile, Maradona y Batista. Hay jugadores. Estrellas de las ligas más competitivas. Sin embargo, la sequía ya lleva 18 años. El relevo de pruebas conduce a una conclusión ineludible. El problema está en la conducción y es hora de un cambio real, más allá de reemplazar un pequeño fusible.
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- Vanessa Adriazola reload



