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Jueves, 25 de agosto de 2011El oro en el río
En Roma se abrieron los Juegos Olímpicos de 1960 que consagraron al joven boxeador Cassius Clay, quien después se cambió el nombre por Mohamed Alí y fue campeón mundial profesional.
La única dificultad que tenía el muchacho de 18 años para su participación olímpica era su miedo a volar. Su manager tuvo que pasarse 4 horas en el Central Park de Nueva York para convencerlo de que la única forma de llegar a Roma para competir era en avión.
Cuenta en su libro David Remnick Rey del mundo que antes de viajar, Cassius Clay se metió en una tienda de rezagos del ejército y se compró un paracaídas. Lo llevó puesto durante el trayecto en avión; fue un vuelo bastante agitado y ahí estaba él, en el pasillo, rezando, con el paracaídas puesto.
Cassius Clay caminaba por la Villa Olímpica y dejaba a los atletas encantados con las predicciones sobre su futuro. En unos días lo llamaron el “Alcalde de la Villa Olímpica”. Sus colegas lo adoraban y la misma Vilma Rudolph, que ganó 3 medallas de oro en atletismo para EE.UU., decía: “Todo el mundo quería hablar con él. Todos querían verlo. Y él, hablando sin parar”.
Cassius Clay ganó seis Golden Gloves en Kentucky, dos títulos nacionales Golden Gloves y un título nacional amateur. La marca de Clay como aficionado fue de 100 victorias y sólo cinco derrotas.
Esos eran los antecedentes del boxeador que después sería considerado uno de los mejores de la historia y que competía en la categoría semipesados.
Logró resolver con facilidad todos los combates en esos Juegos que se iniciaron el 25 de agosto y culminaron el 11 de setiembre de 1960. Frente al polaco Zbigniew Pietrzykowski tuvo un primer round algo flojo pero luego ganó claramente la medalla de oro y el polaco terminó con la camiseta llena de sangre.
Un periodista especializado escribió en el New York Times: “Clay tiene un estilo a saltos, como una piedra que rebota en la superficie del agua. Resulta agradable para ver pero da la impresión de que sólo establece un contacto visual. Es cierto que el polaco al final de los tres asaltos estaba indefenso, incapaz de sostenerse en pie, pero creo que quedó sin aliento persiguiendo a Clay por todo el cuadrilátero. Después fue destrozado. El púgil que utilice las piernas como Clay en Roma, corre el peligro de quedarse sin aceleración en combates más largos”.
Contaba Vilma que después “correteaba por la Villa Olímpica con la medalla puesta. Iba a comer con la medalla, no se la sacaba nunca. Dormía con la medalla. Creo que nadie ha recibido con tanto placer una medalla”.
Y el mismo Clay reconoció: “Era la primera vez que dormía boca arriba. No me quedaba más remedio para no hacerme daño con la medalla”.
Tras la ceremonia en donde le entregaron la presea un periodista de la Unión Soviética le preguntó cómo se sentía conquistando galardones para un país que no le otorgaba el derecho de comer en el Woolworth’s de Louisville. Eran tiempos de la Guerra Fría entre EE.UU. y la URSS, y Clay le contestó: “Tenemos gente calificada trabajando en ese problema. Para mí EE.UU. es el mejor país del mundo, no estoy combatiendo con cocodrilos ni viviendo en una choza de adobe”.
De vuelta a su ciudad de Lousville, en Kentucky, fue recibido con honores. Clay era consciente de los problemas raciales en su país, a pesar de la contestación que le dio al ruso en Roma y creía que la medalla de oro serviría para cambiar algo.
Entró con su galardón al cuello al bar que le negaba la entrada a los negros y pidió un jugo. ¿No puedo atenderte”, le dijo el dueño. “Pero si es el campeón olímpico”, le dijo uno de los mozos. Me importa un bledo quién sea. Sacalo de aquí”.
El boxeador, remordiendo su pena, cuando pasaba por el río Ohio arrojó con bronca su medalla de oro al agua. No la vio más.
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