A Fondo
Domingo, 29 de agosto de 2010Esa maldita dictadura mediática
El viernes pasado, en San Juan, el ¿ex? presidente Kirchner cerró un congreso mundial de ciencias
políticas acusando a la prensa de casi todos los males.
Si pudieran, es decir, si no tuvieran controles y leyes que los frenaran, todos los políticos, de
izquierda derecha o de centro, serían dictadores.
Y, si pudieran, todos los políticos borrarían de un plumazo la labor de los periodistas
equidistantes.
Ambas frases corresponden a Jorge Fontevecchia, dueño de Editorial Perfil. Las dijo noches
atrás en el programa periodístico de Tenembaum y Zloto que va por TN, el canal de noticias del
grupo Clarín.
Es decir, en uno de los medios que sostienen lo que Nestor Kirchner definió el viernes pasado
en San Juan como la “dictadura mediática” que hoy, supuestamente, está azotando al país.
¿Ciencia política?
El ex presidente (o actual presidente alterno o integrante de la pareja presidencial) no dijo
eso de la dictadura de los medios en una charla de café.
Lo afirmó en el acto de cierre de un congreso internacional de ciencias políticas junto con
un amigo, el gobernador José Luis Gioja, a quien se menciona como el candidato a vicepresidente si
Nestor termina siendo el postulante oficialista a la presidencia en el 2011.
Esa “dictadura mediática” es la que, según la verba inflamada de Nestor, “no permite el
reverdecer de la primavera democrática” en la Argentina.
Ejército comunicador
Siguiendo ese razonamiento kirchnerista, dicha “primavera”, en cambio, sí se puede disfrutar
en los medios que maneja el Gobierno, como la Televisión Pública, donde todos los contribuyentes
pagamos programas como 6, 7, 8.
Hablo de ese ciclo donde un grupo de comunicadores militantes del modelo K dan un descarnado
ejemplo de cómo no se debe hacer periodismo y de cómo sí se puede propagandear sin asco a favor de
empleadores oficiales, en este caso Néstor y Cristina.
La hora del chavismo
Hacer periodismo es, en esencia, confrontar opiniones. Mostrar una paleta de ideas y noticias
para que sea el lector quien deba realizar la tarea de sacar conclusiones. Lo que no quita, claro,
que además del aspecto informativo, esos medios también opinen.
Eso es lo que con mayor o menor acierto (o mayor o menor honestidad) se hace en esa prensa
que con tanto ardor filochavista denostan Cristina y Néstor.
El bendito “modelo”
Es esa prensa que no entiende “el modelo”, esa que no acompaña la agenda que el matrimonio
presidencial quisiera ver a diario impresa.
Esa que prefiere ver lo que está mal en lugar de lo que se hace bien.
Esa prensa que insiste en investigar casos de corrupción en los que están involucrados altos
funcionarios.
Funcionarios acerca de los cuales Cristina siempre ha guardado un peligroso silencio.
¿O alguien escuchó alguna vez a la Presidenta amonestar (eso que a ella le gusta tanto hacer
con la oposición) a Ricardo Jaime o a Claudio Uberti, o a Echagaray, o a De Vido?
Es esa prensa que no entiende cómo puede ser que el matrimonio presidencial se haya
enriquecido de la manera grosera como lo ha hecho, siendo que en los últimos 27 años tanto ella
como él han trabajado para el Estado, donde no se pagan sueldos maravillosos.
Esa prensa que no acepta que falsear los números del INDEC sea una formidable treta
patriótica del impresentable secretario Moreno para que paguemos menos a los acreedores foráneos.
Demasiado caro
Para contrarrestar esa “dictadura mediática”, el Gobierno se ha dado desde hace años a la
tarea de crear un aparato de prensa paraoficial costosísimo e inútil.
Un aparato que intenta recrear a escala nacional esa vergüenza de medios adictos que los
Kirchner armó en Santa Cruz para sojuzgar a todos los que no pensaban como ellos, aparato que en la
gélida Río Gallegos es todavía dirigido por un “experto” en mass media: el ex chofer de Nestor,
Rudy Ulloa, el mismo personaje que alguna vez quiso comprar Telefé.
Algo muy similar es lo que tienen armado en San Luis los hermanos Alberto y Adolfo Rodríguez
Saá, quienes desde hace 27 años se vienen repartiendo caudillescamente el poder en San Luis. No
sólo son dueños de los principales medios de difusión puntanos, sino que además controlan
férreamente toda la obra pública que hacen en esa provincia. Yo licito, yo lo hago, yo lo informo,
yo censuro. ¿Estos hermanos son el nuevo peronismo renovador que intenta cuestionar las trapisondas
de los Kirchner?
Caros al cuete
Pues bien, ese multimedio de diarios, revistas, radios y canales oficialistas armado por
Néstor con el consentimiento de Cristina es el que se está llevando la parte del león de la
publicidad oficial.
Lo más preocupante es que ninguno de esos medios es exitoso ni cuenta con el favor de
lectores, televidentes u oyentes.
Medios que hace años supieron tener cierto prestigio y buen nivel de ventas, como el diario
Página 12, hoy han caído notablemente en sus ventas doblegados por la falta de ecuanimidad
periodística. Sin embargo, son los que reciben más pauta publicitaria oficial. Plata regalada,
tirada.
Es que esa prensa oficialista no sólo se dedica a defender groseramente las políticas
oficiales, sino que está lanzada a cuestionar a todo aquel (político, empresario) que no se cuadra
ante la visión oficial.
El filo de las armas
El ataque frontal que esta semana volvió a lanzar el Gobierno contra los dos diarios de mayor
circulación en el país, Clarín y La Nación, accionistas de Papel Prensa junto con el Estado, se
está convirtiendo más temprano de lo esperado en un búmeran.
La decisión de eliminar de un plumazo la firma proveedora de internet Fibertel, con un millón
de clientes, sumado a lo de Papel Prensa, ha demostrado que aquí no estamos en Caracas, donde
Chávez puede cerrar empresas y canales de TV sin que, en apariencia, pase nada.
Ergo, son un arma de doble filo que amenaza con volver a tirar por el piso la recuperación de
imagen que Néstor y Cristina habían logrado a caballo de la recuperación económica tras la debacle
internacional de las hipotecas basura.
Si hay algo que está hipercomprobado es que la gente no se chupa el dedo. Es posible que
muchos no le crean a Sylvina Walger cuando en su libro Cristina revela un supuesto costado violento
del matrimonio K, con trompadas de él a ella y de ella a una empleada doméstica.
Pero es mucho más difícil que los ciudadanos no le crean a la realidad que se palpa en la
calle.
Algo debe estar haciendo mal el Gobierno para que hasta los históricos adversarios de Clarín,
estén hoy, “por el espanto” que les producen los desvaríos de los Kirchner, unidos al lado de ese
grupo periodístico.
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