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lunes 18 de abril de 2016

Ya lo habíamos inventado nosotros

En ese ejercicio pendular que nos destaca a los argentinos, movimiento que oscila entre creer que somos las víctimas más perjudicadas del universo o los genios científicos, artistas y profetas indispensables para que la Tierra gire, ,nos adjudicamos la creación del taxi colectivo.

Dicen que en 1928, mientras le imprimían diarios al reelecto don Hipólito Yrigoyen y la crisis afectaba también a los choferes de taxímetros, se les ocurrió ampliar su capacidad de transportar personas, y en vez de llevar sólo a una, diseñaron un recorrido bastante demandado, bajaron la tarifa y reunieron a varios usuarios que iban con destino parecido.

Ya por entonces, desde el sector tranviario plantearon sus quejas por competencia desleal.

Un poco más próximo en el tiempo, 30 años atrás, florecían en Mendoza las asociaciones y cooperativas que agrupaban a propietarios de taxis y a sus choferes.

Hacer más eficiente el servicio. Ahorrar combustible y cubiertas. Bajar los tiempos de espera. Abreviar la incertidumbre de quienes necesitan un coche en un lugar por el que no pasan de manera genuina. También –claro, como no- controlar a los peones. Motivos suficientes para haber producido un cambio del cual el Estado tuvo poco que ver. No así para otorgar las licencias de estos vehículos, que deben ajustarse a leyes y tributos específicos, justamente porque aunque se administre desde el sector privado, es un servicio público.

Esta nueva organización fue posible principalmente por tres cuestiones: por existencia de demanda; por voluntad de las partes –empresas y conductores y gracias a sistemas de comunicación con radio VHF.

El primer antecedente de gps que recuerdo es el de una operadora, una mujer madura en una pequeña oficina. Un mapa del gran Mendoza montado sobre telgopor; un teléfono recibiendo pedidos y el micrófono de la radio vhf para ordenarles a los choferes correrse hasta donde ella ponía un alfiler colorido. Confieso que fue un impacto tremendo ser testigo del desempeño de esa mujer, con más habilidades y destrezas que malabarista del Solei.

Apenas cinco años después, la oferta de taxis seguía siendo insuficiente según los tomadores y excesivo según los propietarios.

Sin demasiada estadística y con escasa participación de la sociedad, los retiros involuntarios de trabajadores de la por entonces estatal YPF propiciaron un servicio distinto. De la industria del petróleo a remisero.

Ostensibles diferencias. Autos más elegantes y modernos, con choferes que no conocían muy bien las calles, ni los barrios, pero vestían saco, corbata y te abrían la puerta para que subas. Perfumados, sobrios y notoriamente ajenos al oficio.

Este sistema de alquiler de autos con chofer abría una frontal competencia con el típico querido y tradicional taxi, el que otrora había manejado Rolando Rivas por te ve.

Remise. Término acuñado del francés con demasiadas acepciones pero aquí con un solo significado: auto que sin ser negro y amarillo lo lleva y lo trae por una tarifa un poco más elevada. Vehículo que no se puede contratar en la calle y no es permitido ocuparlo en cualquier esquina, según las reglamentaciones del transporte público. Pero ya sabemos que la cantidad de leyes es proporcionalmente inverso al afecto que tenemos por su cumplimiento.

Así fue como en poco tiempo, con YPF privatizada y el pretendido empate económico del uno a uno, hubo versión oficial y tal como corresponde, su capítulo no legal, eufemismo perfecto para una década difícil.

Apareció el necesario y económico "remise trucho".

Ni el taxi, tampoco el remise y mucho menos el remise trucho han desaparecido a pesar del enorme crecimiento del parque automotor. Un indicio, no mucho más.

Ahora toca bocina un nuevo actor internacional. Uber. Tal como el Ubermensch de Nietzsche, se muestra superador, superior a todo lo conocido. Una instancia puente con el futuro. Deberemos ver cómo prospera
y si logra subsistir en esta nuestra selva. Pero ahora no podemos discurrir sobre filosofía tachera porque acaba de salirme un viaje. Dígame Usted por donde prefiere que vayamos.
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