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sábado 19 de noviembre de 2016

Una cosa no quita la otra, pero la posterga

Viejo refrán indica: "Galgo que va tras dos liebres regresa sin ninguna". Ya lo dicen los especialistas: no se puede todo a la vez.

Viejo refrán indica "galgo que va tras dos liebres, regresa sin ninguna".

Según las investigaciones de las neurociencias, disciplina relativamente nueva de la medicina, aseguran que no se pueden hacer dos cosas a la vez, como solemos presumir, ó al menos, una de las dos la haremos de modo deficiente.

La pretensión de realizar múltiples tareas simultáneamente ó multitasking - como prefieren denominarla- es de imposible cumplimiento. Esto no es deducción propia sino lo que los especialistas más que avezados sostienen. Y en Argentina, no son pocos. Tanto Facundo Manes como Estanislao Bachrach, Néstor Braidot y Mariano Sigman coinciden. Y no es frecuente. Que cuatro argentinos de similar profesión coincidan, es un acontecimiento como para considerar irrefutable y quizá invariable. Dos problemas a la vez, no hay cerebro por más brillante que sea, que pueda resolverlos.

A propósito, siempre, necesariamente deberemos elegir. Tal como los neurocientíficos afirman, otros teóricos de diversas disciplinas nos lo anticipaban. Lo binario no es sólo una cuestión de las tecnologías digitales, sino y al parecer, del universo.

Lo urgente y lo importante

En materia de organización de empresas, el lúcido Peter Drucker nos legó el axioma que indica que si estamos dedicados a resolver las cuestiones urgentes difícilmente nos ocuparemos de las importantes, por lo que sugería priorizar lo segundo.

Sostenía además este austríaco, filósofo de la administración, que en el presente siglo debería gobernarnos el conocimiento. Llamaba trabajador del conocimiento a quienes desarrollaban habilidades específicas, saberes bien determinados pero que supieran conectar con su prójimo y su medio, de esa manera podría consagrarse una organización superior que contemplara mejor cada aspecto y de esa manera colaborar para conseguir una sociedad más desarrollada, más útil, más amable, podríamos decir.

Producir ideas, transformar la realidad, incrementar el bienestar de la población, son las demandas inherentes que la sociedad formula y reclama de sus representantes, no con el éxito que se pretende ni con la eficacia prometida.

En ese proceso se inscribe, y esos especialistas (legisladores, jueces, miembros de los poderes ejecutivos) deben considerar: detectar las carencias y necesidades, elevar proyectos que consideren esos aspectos para modificarlos, asignarle recursos y exigir su aplicación. En resumen: articular leyes, debatirlas, consensuarlas, definirlas para luego ejecutarlas y hacerlas cumplir.

Como sabemos, la sola promulgación de una ley de poco sirve. Y la cantidad de material legislativo que se produce es proporcional a la ausencia de conocimiento, y por consecuencia, la dificultad para construir un entramado social armónico, y conseguir así mitigar no sólo las inequidades sino y principalmente las iniquidades, no se avizora en el horizonte inmediato.

Priorizar. Poner foco. Ya sabiendo que definitivamente dos cosas a la vez es ninguna, elegir la prioridad nos define como colectivo social.

Se promulgó una ley para que no haya más carreras de galgos, mientras una enorme porción de la sociedad sigue galgueando por sus derechos esenciales y por mínimos gestos de solidaridad.
No se puede todo a la vez. Suficiente como para que vindiquemos, por ejemplo, la ley 26061. Esa que contempla los derechos del niño. Ley que como tantas otras es ignorada. Derecho consagrado en letra desde hace demasiados años, muchos antes de que naciera Thiago, el chico que murió hace unos días acá cerca, tras un incendio. Cerca y sin embargo, muy lejos de las preocupaciones cotidianas de unos y de otros.

Hasta las palabras nos dan esa opción de preferir un significado.

Fuego, palabra que debería significar hogar, luz y calor, esta vez debemos traducirla en dolor, desamor y tragedia.

Si a la nueva ley para prohibir las carreras de galgo le vamos a dar la misma importancia que a la Convención de los Derechos del Niño y sus reglamentos, habrá que ir entrenando al mejor amigo de algunos.

Que se apure, que no engorde a ver si así ganamos algo. Y si no ganamos, que al menos, no terminemos de perder la vergüenza.

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