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domingo 13 de agosto de 2017

Un colectivo para que subamos todos

De esta manera, al menos cada dos años y por lo menos dos días, damos el presente en la escuela, esa que está cerca de nuestra casa, no necesariamente residencia actual sino la que figura en el último documento que nos identifica.

Y si hay algo que nos identifica a los argentinos es que hablamos mucho de la educación, de la deserción, de las promesas incumplidas y del fastidio que nos provoca cumplir con lo que nos parece ideal, pero ideal para que lo hagan los demás, no nosotros. Esta vez un gesto del conjunto amenaza ese estatus quo.

Según los datos del último domingo, la concurrencia en estos comicios ha sido sensiblemente superior a la habitual, dato alentador.

Los argumentos para manifestarse en las urnas, abundan. Las razones de los adolescentes para desertar, también. Ambas actitudes no obedecen a una idiosincrasia inmutable, abreva en una ambigüedad: responde a la débil convicción política que provoca una suerte de desobediencia social.
Desde la burocracia política, en vez de fomentar la participación, si ya están confortablemente acomodados, conspiran contra sus propios proyectos, aquellos que les fueron de gran utilidad para llegar.
O sea, muchos de ellos mismos –no todos- se encargan de desarmar el andamio una vez que se subieron al techo. Peligrosa decisión hasta tanto no puedan derogar la ley de gravedad.

Surgió con fuerza, antes de que Donald Trump fuera ungido como presidente de Estados Unidos, un concepto que no es nuevo pero dócil y congruente.

Posverdad recibe por denominación en castellano este neologismo. La propia Kellyanne Conway, jefa de campaña del republicano rubicundo fue la que lo desempolvó para explicar algunas de las muy absurdas propuestas incumplibles. Como se ve, nada que envidiar.

Hoy el término, ya incluido en el diccionario de Oxford, goza de gran popularidad como si de repente el mundo occidental estuviese descubriendo el significado de "mito".

Posverdad es la construcción de un discurso, la promoción de una idea que no requiere de constatación científica ni de contrastación empírica, y sólo se soporta en la creencia, en el ánimo de juicio previo.

Algún intelectual filólogo bien podría rebautizarla como sobre-verdad, ya que el prefijo pos nos insinúa que se trata de aquello que viene luego y tiene capacidad de superarla en evolución, atributos que no distinguen a este concepto ni a los que se visten con esas ropas.

Este constructo al que la psicología social describe como disonancia cognitiva, la política vigente lo propone como una alternativa a la díada verdad – mentira. Relativiza la contundencia de la cosa y su consecuencia, administrando con sentido especulativo lo que se comunica y cómo, vieja teoría de manipulación. Nada muy creativo ni novedoso al menos para los que habitamos el continente aunque en otro hemisferio.

Que los sistemas de representación atrasan en todo el mundo, también es una posverdad, o para eliminar el eufemismo, es un verso y de escasa belleza. Todo el mundo implica al globo completo, no a nuestro desinflado capricho. Hay de todo y no sólo en la viña.

En Estados Unidos el sufragio no es obligatorio. Pero además, el sistema de elección es indirecto y como para que nadie se sonroje de verticalismo, no es fácil acceder. Hay que inscribirse con antelación y es un trámite para el cuál, por ejemplo, no le otorgan permiso al empleado raso.

De ninguna manera es casual que la participación porcentual más gravitante a la hora de votar es la de los que exhiben piel clara. Ingenuo sería pensar que fue el azar quien les permitió –justamente- a estos ciudadanos de ascendencia europea, alcanzar estudios superiores.

A pesar de estas dos condiciones casi determinantes, por ejemplo en las elecciones presidenciales del gigante del Norte de 2012, acudió el 54% de los aptos por edad y ciudadanía. Obama fue reelecto no sin participación activa y decidida.

Definir a los países sólo por sus números absolutos que dicta la macro economía puede inducirnos a errores groseros.

Si acaso se nos ocurre tomar como índice de análisis el PBI per cápita, Qatar, principado pequeño y glamoroso, suele ocupar el primer lugar. Ocurre que esa división "per cápita" no responde a la distribución que se realiza de sus recursos, y no hay mucho lugar ni ambiente para reclamar.

Bien distinto a lo que ocurre en Noruega. Oscila entre los tres primeros puestos en PBI según indicadores económicos mundiales. Su régimen político también monárquico, pero parlamentario, y exactamente al revés que en la organización autocrática qatarí, en este frío y lejano país, es el 80% del padrón quien renueva y mantiene congresales, opta por designar autoridades y aún es mayor la participación activa sobre la cosa pública.

Apreciar en su verdadera dimensión esta experiencia de PASO es alentador y evidencia que no hay modelo ajeno que pueda calzarnos con exactitud, ni receta adecuada que remedie nuestros males.

Tampoco el desarrollo es posible si persiste una mezquina conducta y nuestra egoísta ambición.
De aquí al 22 de Octubre deberíamos involucrarnos en todo posible debate y adoptar el protagónico rol que permite este sistema.

Dimos el primer paso y si bien no es un gran salto para la humanidad, es un avance contundente del colectivo social. Y es preferible subirnos todos, y que todos debamos ceder un poco de espacio antes que permanecer en soledad y a la intemperie esperando la limusina que ofrece en la parada la posverdad.

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