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miércoles 10 de agosto de 2016

Un autor cuyos relatos lo muestran de cuerpo entero

"Es una forma de excitar la imaginación" es lo que Germán Beder hace con sus relatos en "La vez que casi me muero".

Por Agustina Fiadino
De Radio Nihuil

Una gran escritora mendocina dijo una vez que "el autor de un libro debe ser lo suficientemente inteligente como para no escribir ni una palabra de más, y guardarse algo que resulte interesante". Al final, cuando el lector se encuentre con la obra terminada, descubrirá ese "algo" que el autor no contó.

"Es una forma de excitar la imaginación", dice ella. Y es lo que Germán Beder hace con sus relatos. Ninguno de nosotros sabrá qué pasó realmente sobre aquella vez que "casi se muere", pero todos imaginaremos alguna historia y seguramente atribuiremos causas y consecuencias.

Beder quizás no se da cuenta, pero los cuentos de su recientemente editado libro La vez que casi me muero y otros relatos lo muestran de cuerpo entero. Parece una persona como todas, algo desprolijo, relajado y ocurrente. La diferencia es que un día entendió que podía escribir historias. Y le gustó.

Le gustó tanto que a una le siguió otra y a esa otra, otra más. Al final, llegó a un libro que compila las más variadas anécdotas.

Parece que a Germán le pasaron muchas cosas en su vida: algunas muy tristes y otras muy ridículas. Y no sólo a él, sino también a sus amigos y a los amigos de sus amigos.

La vez que casi me muero y otros relatos repasa cada una de esas historias, pero lo hace de forma cómica y sinvergüenza.

El escritor –y también periodista– elige naturalizar sus ridiculeces y logra que el lector se sienta a gusto con esa idea.

En este texto, hay ideas sobre gente, sobre accidentes, sobre vida privada, lugares o básquet. Sobre besos, amores, desencuentros y bofetadas. Sobre madres, fiestas, música. Sobre vivir solo. La vida, en distintos escenarios y perspectivas. Cuando uno es más grande o el recuerdo de cuando fue chico.

Se trata de 44 relatos de lo cotidiano. La mayoría de las historias también nos pasaron a nosotros, pero quizás nunca nos animaremos a contar esas anécdotas.

Tal vez por vergüenza o tal vez porque ya hay alguien que lo hace muy bien por nosotros.
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