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lunes 15 de agosto de 2016

Tropero Sosa: el viajante al que San Martín premió con una medalla de plata

Trajo a Mendoza las provisiones de Buenos Aires que mandaron para el Ejército de los Andes en 45 días, la mitad del tiempo habitual para esos viajes. San Martín lo premió.

Por Gustavo Capone
Dicen que tenía la tez trigueña, pero no de nacimiento sino que el sol se la tiñó en sus infinitos viajes entre Mendoza y Buenos Aires. En ese camino, en el que casi hizo surcos de tanto andarlo, sólo era acompañado por los yuyos que bailaban en los remolinos. Era uno de los comerciantes más populares de su época y a pesar de ser analfabeto, se las ingeniaba para hacer buenos negocios. Pero se hizo leyenda cuando decidió ponerle el hombro a la campaña libertadora del general San Martín.

Pedro Sosa, el tropero cuyano, fue una especie de transportista, o "camionero", quien junto con su hermano Severino batió todos los récords de velocidad para cubrir en 45 días la distancia de 261 leguas entre Mendoza y el puerto de Buenos Aires, tras dejar atrás las 45 postas que unían Cuyo con el Atlántico.

Sólo en 45 días, ida y vuelta, lo que las caravanas de carretas hacían casi en el doble de ese tiempo. Y realizando el viaje solamente con dos "catangos", aquellos carretones rectangulares de cuatro grandes ruedas de lapacho, cubiertas con juncos y cueros de potro, tirados por una y/o hasta tres "yuntas" de bueyes.

En la mentada travesía de los Sosa viajaron sólo dos carretones, cuando la costumbre generalmente establecía la rutina de movilizarse en delegaciones de 30 carruajes con el fin de protegerse, multitudinaria y cooperativamente, ante los factores climáticos, el peligro de ataques indios, los robos de "bandoleros" –una especie de "piratas del asfalto" vigentes–, las convulsiones políticas internas, las crecidas de los ríos, el peligros de los desiertos y los grandes médanos, la escasez de agua potable, las manadas de pumas que atacaban por las noches, y tanto ayer como hoy, de los vaivenes del mercado.

Mendoza de los corajudos
Pedro Sosa fue un criollo "ducho" en las artes del acarreo. El oficio le permitió conocer pueblos y ciudades. Sus habituales viajes al puerto le enseñaron "recovecos" y "atajos" que ahorraban kilómetros y días. Perspicaz, astuto. Los troperos y arrieros eran quienes también "acarreaban" las novedades y noticias de las grandes ciudades. Entre las mercaderías comunes estaban los granos, la ropa de moda, algún ungüento milagroso y alguna botella de alcohol de contrabando. El viaje fue su maestra: y las postas, su gran escuela. Mientras, las postas cobrarán importancia, pues serán el paraje obligado de jinetes, arreos de ganado y caravanas de carruajes.

Naturalmente las postas fueron el ámbito del encuentro. "Yo puedo, general. Y lo haré en varias semanas menos que lo habitual". Habrá gritado Sosa. "Volveré por acá antes de la Navidad". Y lo prometó por la patria, invocándose a la Virgen del Buen Viaje antes de salir a remontar el desierto.

Así fue. "San Martín necesitaba de las provisiones que Pueyrredón le había prometido para la campaña libertadora que debía iniciarse en enero de 1817. Y los tiempos se acortaban". Entonces mandó a llamar a todos los troperos y les pidió que alguno hiciera el viaje a Buenos Aires para traer cañones, herraduras, fusiles, sables, barriles de pólvora, herraduras y trajes de soldados, en la mitad del tiempo normal (que era más o menos 70 días) a cambio de doble paga".

"¡Yo puedo, General!". Bien fuerte lo habrá gritado. Y el tropero Sosa cumplió. A guascazos y reventando bueyes, tal como se lo expresó a San Martín cuando lo recibió en el campamento establecido en Mendoza.

Finalizaba diciembre de 1816. Algunas semanas antes que el Ejército Libertador marchara a Chile, cuando el general recibió el mejor regalo navideño. Ahí venían Pedro y su hermano. "Corajudos", nacidos en "la Mendoza inmortal cuyos hijos todo lo pueden. Mendoza, donde todo se hace". Dirá una carta de un emocionado José de San Martín. La actual réplica de su carruaje en El Plumerillo conmemora su hazaña. Aunque también tuvo su reconocimiento en vida, porque después de la batalla de Chacabuco, el 29 de agosto de 1817, el Libertador lo distinguió con una medalla de plata como premio al mérito y por cumplir con la palabra empeñada.
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