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martes 27 de septiembre de 2016

Rescatan la obra de un autor con el que Mendoza nunca fue amable

Alberto Rodríguez hijo. El escritor fallecido en 2013 escribió novelas y obras de teatro, pero nunca fue celebrado por su enorme talento. Ahora, la Secretaría de Cultura editó su última novela de forma póstuma.

En mayo de 2013, cuando Alberto Rodríguez hijo tenía 88 años y decidió partir otra vez y para siempre, las crónicas periodísticas (no fueron muchas) lo definieron como "escritor y periodista". Quienes estuvieron con él siempre y compartieron su intimidad, lo definen primero como "lector". Y revisando su obra, sus apuntes y hasta sus libros más amados, puede encontrarse claramente una profunda inquietud por la filosofía que, quizás, haya sido la inquietud principal de toda su vida y desde donde se desprendieron las demás.

Cuando murió estaba corrigiendo su última novela, después de tenerla guardada durante muchos años. Le ayudaba en esa tarea Sonnia De Monte que, ya sin Alberto, concluyó el trabajo para que finalmente la Secretaría de Cultura de la provincia pudiera publicar República canalla, que fue presentada hace poco en la Feria del Libro, que terminó el domingo último.

Autor de Matar la tierra (publicada en 1952 y reeditada en 1995 y 2005 y llevada al cine por Tito de Francisco en 1987) y Donde haya Dios (1954), Rodríguez está en el reducido grupo de los mejores novelistas de Mendoza junto con Antonio Di Benedetto, de quien era amigo.

Además fue autor de dos obras teatrales que tuvieron singular éxito cuando fueron llevadas a escena: Nahueiquintún y Los establos de su majestad. Ahora, con República canalla en la calle, se puede comprobar la brillantez del escritor.

Pero su vida como escritor y periodista, por más grande que sea, es quizás solo una muestra de lo que fue su forma de vivirla, profundamente comprometido con el pensamiento del pueblo latinoamericano nativo.

Alberto Rodríguez hijo era un hombre de izquierda. De izquierda profunda. Su hijo menor Florentino trata de definirlo y dice que fue "de corte trotskista". Revisando su vida, por momentos podría decirse que caminó al borde del anarquismo. Y cómo a Alberto siempre le gustó decir lo que pensaba, vociferaba su pensamiento a donde fuera sin importarle las consecuencias. Eso lo obligó a mudarse muchas veces de ciudad y de país. Fue un exiliado en cada Golpe de Estado.

Su esposa Chiquita Santander, que puede dar fe de su historia después de los años 70, dice: "Estuvo en Chile, en Brasil y en México, pero es posible que también haya andado en alguna otra parte".

No está muy claro en qué momento Alberto vivió en Chile y tampoco se sabe muy bien qué hizo allí. En cambio, hay algo más en la memoria de su etapa en Brasil.

Fue durante la denominada "Revolución Argentina", que derrocó a presidente Arturo Illia en 1966. En ese exilio trabajó con el político, abogado y escritor carioca Francisco Julião Arruda de Paula, Chico Julião, en la organización de las ligas campesinas.

Restablecida la democracia en 1973, Alberto regresó a la Argentina y a Mendoza. Volvió a trabajar en la Legislatura dirigiendo el Diario de Sesiones del Senado, trabajo que ya había realizado antes.

Fue un momento importante en su vida porque allí, en ese momento, conoció a Chiquita. "Él tenía 20 años más que yo y era un hombre imponente por su forma de ser y sus conocimientos. Yo era la correctora", dice hoy aquella jovencita, al que se le conocían dos parejas anteriores e hijos, que no mantuvieron contacto fluido con Alberto y de las que este cronista no logró obtener mayores datos.

La democracia duró poco y la tranquilidad de la pareja también. "Nos quedamos sin trabajo los dos. El primero en irse fue Alberto. Me acuerdo el día que fui a despedirlo al aeropuerto. Se llevó un bolsito con ropa, su máquina de escribir y algunos libros, nada más", recuerda Chiquita.

El destino de Alberto fue México. Su mujer lo seguiría un poco después. Primero vivieron en Cuernavaca, donde también estaba exiliado Chico Julião que había escapado de la dictadura brasileña.

Después se radicaron en el Distrito Federal. Algún contacto de Alberto logró que pudiera dar clases en la sede de Xochimilco de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su enorme capacidad intelectual de Alberto Rodríguez hijo hizo que se afianzara rápidamente y que, desde la misma UNAM, comenzara a realizar algunas revistas y publicaciones.

Cuando la democracia retornó a la Argentina, también volvieron Rodríguez y su mujer. Ya tenían dos hijos, Avril y Florentino.

Mendoza nunca fue muy amable con el escritor. Tanto es así, que nunca tuvo casa propia y hoy su Chiquita todavía alquila el departamento del Barrio Cano, lugar donde Alberto dio su último suspiro.

Su gran amistad con Antonio Di Benedetto
Alberto Rodríguez y Antonio Di Benedetto fueron amigos. Por el relato que hacen quienes los conocieron, esa amistad estaba sustentada en la admiración y el respeto mutuo. No podía ser de otra manera: se trata de los dos mejores escritores que dio Mendoza.

Sus personalidades, sus formas, sus estilos, también tienen muchas cosas en común. La más notoria es la obsesión por dejar textos impecables, pulidos al extremo.

Fue Di Benedetto, junto con Abelardo Vázquez, quienes le propusieron recuperar la Fiesta Nacional de la Vendimia y en 1959 escribió la celebración máxima de los mendocinos.

Hay muy pocas grabaciones en donde se pueda escuchar a don Alberto. En una de esas pocas, se lo escucha recordando a su amigo. Y cuenta una curiosa anécdota: "A veces era medio neurótico. Me acuerdo que, una vez, estábamos conversando en un café con otros muchachos más. Ya no sé muy bien qué discusión tuvimos en ese momento, pero la cuestión es que, en un momento, se sintió ofendidísimo (Di Benedetto) y se quiso suicidar. Fue en un café que estaba en la calle Las Heras, cerca de la calle Belgrano, y entonces agarró una cucharita y se la quiso tragar, para suicidarse. Como nosotros no se lo permitimos, salió escapando y se metió por las vías del tren, hacia la calle Colón, corriendo. Y nosotros detrás, tratando de alcanzarlo y arrebatarle esa cuchara para que no se matara".

El último reportaje
En un reportaje que otorgó en 2007 y que intentó rescatarlo del injusto olvido, el escritor Alberto Rodríguez hijo dijo: "Estoy defraudado no sólo por el destino argentino sino por el que le espera al mundo. Creo que la humanidad va perdida. Cuando trabajo en la novela que estoy escribiendo (esta, la aquí publicada) ahora me pregunto más de una vez para qué y a quién le interesa. Antes yo creía que podía ayudar a mejorar el mundo con lo que escribía, pero ahora pienso que es absolutamente imposible".


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