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lunes 25 de septiembre de 2017

¿Puede ser una pizza y un ron? Mejor un pizarrón

Debemos involucrarnos y actuar, trabajar para que la escuela recupere su rol socializador y se convierta en un lugar articulador de toda la comunidad, capaz de saciar el hambre social por saber.

Estimo que en el campo jurídico profesional –ojalá- la conducta, el pensamiento y la decisión no proceden de esa manera, pero en materia de Opinión Pública, el juicio que manifestamos sobre algún acto personal de un tercero, o en relación a un acontecimiento dramático, ya lo teníamos elaborado y no estamos dispuestos a modificarlo.

En absoluto es la respuesta instantánea y ascética lo que opera en nuestros pensamientos y evaluaciones. Hay un inmenso archivo, que inclusive excede nuestra edad, el que se activa cuando estamos frente a un fenómeno que debemos o queremos juzgar.

Luego de merituar la secuencia de los hechos y de incorporar a los protagonistas que participaron de los mismos, los elementos que solemos introducir para ese juicio, en escasas ocasiones son novedosos y de modo inevitable son analogías. A esos elementos, los acomodamos para encontrarle una forma coherente a lo que vamos a pronunciar.

En definitiva, elaboramos la sentencia cuando ya hemos decidido el fallo y en ocasiones, hasta la condena correspondiente hemos imaginado de modo precoz.

Esto ocurre porque, indefectiblemente, estamos movidos por un grado de empatía que supera ampliamente toda nuestra imaginaria y jactanciosa elaboración consciente de los juicios.

Más Inspirados en lo que nos provocan los sujetos intervinientes, estableciendo similitudes o diferencias para con nosotros, o según la categoría que de antemano ya les asignamos, vamos por la vida adoptando
una posición crítica que difícilmente modificaremos. Antes, era mejor, afirmamos sin sonrojarnos.

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Para bien y para mal. A favor y en contra. Con aprecio o detestando. Algo que se ubica bastante lejos de lo que describimos como justicia imparcial.

A propósito, Einstein decía que resultaba más difícil erradicar un prejuicio que quitarle el núcleo a un átomo. Seguramente él sufría tanto como sus contemporáneos científicos de idéntico mal.

Hay una anécdota que de ser cierta, pondría en evidencia que el genio creador de la teoría general de la relatividad carecía de tacto, o en su defecto, al menos en ocasión de la anécdota, lo asaltaba la perversión.

Dice el incomprobable relato que Einstein, con su humor característico y su vocación de pedagogo, cuando Roosvelt -aquél que fuera presidente de Estados Unidos durante tres períodos consecutivos- le pidió que le explicara sucintamente la cuestión de la relatividad, Albert Einstein, para ejemplificar la variable del tiempo le dijo: La comparación más eficaz es pensar lo que se siente si estamos apenas tres segundos, pero pisando descalzos brasas encendidas y lo que percibimos cuando estamos tres horas con la mujer a la que deseamos. Los tres segundos nos resultan una eternidad, y las 3 horas, un instante insuficiente.

No tendría nada de extraña, más allá de que pudiese calificarse hoy de machista y elemental la simpática explicación, si no fuese porque Franklin Delano Roosvelt padeció de poliomelitis, y además de tener su sensibilidad disminuída en sus miembros inferiores, la figura de "pisar brasas" no ha sido muy feliz para alguien que hacía ingentes esfuerzos en disimular su afección, sin conseguirlo en lo privado.

Lo que nos hace suponer que el físico alemán no pudo haber cometido esa tremenda torpeza es porque nuestro juicio sobre sus capacidades es categórico e invariable, y eso nos inhibe inclusive de tener un juicio crítico, aunque estemos evaluando otras aptitudes. Y decimos apresuradamente, no puede ser. O alteramos mentalmente el suceso y lo pretendemos cuando aún ambos no tenían relación y Roosvelt aún no estaba afectado por el virus.

Hasta por las posibilidades cognitivas, tendemos a agrupar conceptos. Es así que se desempeña nuestro entendimiento. Y está bien. Lo conflictivo es que si luego de agrupar y simplificar, convertimos esto en un ejercicio permanente y luego no estamos dispuestos a transitar el camino inverso.

Una vez conformado el concepto, debemos aprender a analizar y adquirir la habilidad de poder separar las partes del todo, y distinguir las diferencias. Pero no es lo que hacemos (lo que hace la opinión pública, lega en la mayoría de las materias).

Generalizamos de manera grosera y de ese modo, anulamos la autoridad de nuestro juicio. Apelamos a la contundencia de lo que sentimos, como si bastara con eso.

Esta licencia de establecer juicios rotundos frente a cuestiones que no dominamos, es lo que nos está ocurriendo hoy con un aspecto vital de la sociedad: la educación. Y no se trata de especialistas, sino del interés y el nivel de reflexión social que merece.

Nos manejamos con indicios, datos imprecisos y habitualmente con informaciones atestadas de intereses muy concentrados, y muchas veces, exageradamente mezquinos.

Si hay un tema que debe alejarse de imposturas, y no puede quedar ajeno en la agenda para un gran consenso honesto, es la educación.

No se trata ya de instancias sólo administrativas, tecnológicas, curriculares, sindicales, edilicias, de procedimientos y de actualización pedagógica.

Es la educación a través de todos los medios. Es el involucramiento profundo y persistente de los distintos actores, pero también es la aceptación de que esa pretensión de pura instrucción perdió sentido.

Debemos involucrarnos y actuar. Trabajar para que la Escuela, ámbito educativo inevitable, recupere e incremente su rol socializador, y se convierta en el lugar de reunión y articulador de toda la comunidad, capaz de cobijar las expectativas del universo docente, pero también con posibilidades de alimentar el hambre de saber que padecemos como sociedad.

Los alumnos no son los espectadores de un diseño ajeno y extraño. Tampoco son quienes tienen la responsabilidad de curar nuestras frustraciones.

Los chicos, las chicas, los niños, las adolescentes, y lo más jóvenes cuentan con inmensas ventajas. No están contaminados de prejuicios, tienen mejor dominio de las herramientas actuales y –a diferencia de varias generaciones, entre las que me incluyo- su principal incentivo de aprender no es el miedo, sino la pulsión a ser, a ser en libertad.

La incomprensión de textos es uno de los temas relevantes, habrá que revisar si la gravedad del caso, no responde más a nuestra ignorancia de expresión que a sus aspiraciones de desarrollo humano.

Sin arrogarme un rol de representación, doy testimonio. Quienes venimos participando voluntariamente de "Compromiso por la Educación" vivimos una experiencia muy esperanzadora, principalmente cuando los alumnos entregan todo de sí, quizá con el único interés de que no sólo seamos adultos sino lo suficientemente maduros como aprender a interpretarlos.


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