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domingo 24 de abril de 2016

Marcos Aguinis, el hombre que ha vivido muchas vidas

El escritor repasa en su última obra, La novela de mi vida, su historia personal, hechos y personajes que además de integrar su propia biografía fueron parte de importantes hechos en la Argentina y en el mundo.

El autor de La gesta del marrano, el narrador y ensayista Marcos Aguinis, emprendió un viaje hacia sus recuerdos y decidió compartirlos con todos sus lectores.
En este libro no sólo la literatura es protagonista de sus relatos autobiográficos, sino que también refleja hechos que impactaron en el país y en el mundo en su momento, como la crisis de los misiles o diversas dictaduras, y cuenta los encuentros que tuvo con personalidades como Arturo Illia (su médico de la infancia) o el papa Francisco.
La novela de mi vida es un recorrido por la historia de un hombre con muchas vidas, ya que además de escritor su formación ha pasado por intereses tan diversos como la medicina, la teología, la psicología y la música.

–En esta novela, la de su vida, si nos ajustáramos a un esquema narrativo tradicional, ¿qué personas serían personajes principales? ¿Cuál sería el eje principal de la trama?
–Supongo que mis amores. Los eróticos y los familiares. Y, en especial, los amores vinculados con el despliegue de cada una de mis profesiones. La trama es compleja, porque todo se me dio en forma simultánea. De ahí el aparente caos de la narración, pese a la fluidez que le quise inyectar a cada página.
–En uno de los capítulos habla de sus estudios musicales. ¿De qué modo influyó esta formación en el descubrimiento de la sonoridad en el ámbito literario?
–Mucho. Estudié y practiqué música de forma apasionada. Aprendí a darle valor a cada matiz, no sólo a cada sonido. Esto marcó muchos rasgos de mi estilo en las novelas, los cuentos y los ensayos.
–¿Cómo fue el proceso de dejar esta vez la ficción de lado y animarse a contar una historia en primera persona?
–Difícil. Me fastidiaba el exceso de autorreferencias. Por eso comencé redactando en segunda persona. Es decir, otro escribía el libro sobre mis peripecias vitales. Pero tras unos meses de trabajo advertí de que sonaba falso. Entonces empecé de nuevo, desde la primera palabra. Todo en primera persona, aunque tuviese que ponerme colorado.
–De las profesiones que ha transitado en su vida, dejando la literatura de lado, ¿cuál tenía la mayor posibilidad de quedarse con toda su atención?
–Si excluyo a la literatura, debería mantener las carreras científicas. Son las que me ayudaron a conocer mejor al hombre.
–Si el kirchnerismo fuera un capítulo central en la historia de su vida, ¿cómo lo describiría?
–Como uno de los capítulos más lamentables de nuestra historia. Un período dirigido por la ingeniería del saqueo a la nación. Para ello usó las técnicas goebbelsianas de propaganda, seducción, alienación y fanatismo. Se deterioraron las instituciones republicanas y degradó la cultura del progreso genuino.
–¿Nos podría contar su acercamiento a Jorge Bergoglio y lo que le dejó esa experiencia, lo que le reveló de su relación con el matrimonio Kirchner?
–Como arzobispo de Buenos Aires me habló muy mal de Néstor Kirchner mientras era el presidente. Lo digo sin encubrimientos, porque lo volví a conversar cuando ya era Papa. Con una sonrisa me confesó que está enterado de muchas cosas, a lo que yo respondí que me parecía obvio. Entonces precisó que Néstor no abría un libro ni escuchaba música: sólo le obsesionaba la acumulación de dinero. En cuanto a las recepciones que le hizo a Cristina, las interpreto como las de un pastor que anhela redimir a una oveja muy pecadora.

Credenciales en la música

Mis primeros "títulos" (¿profesionales? ¿pueriles?)se los debo a la música. Profesor de piano y luego concertista, con los diplomas correspondientes que, en aquella lejana época, resplandecieron ante mis ojos como los picos del Aconcagua. Y que los conservatorios jerarquizaban para establecer metas y también, ¿por qué no?, cobrar derechos. Para la obtención de esos títulos se efectuaba un recital ante el cuerpo docente y todos los estudiantes. En los programas de ambos largos exámenes sumé varias obras: recuerdo una sonata de Beethoven, estudios de Chopin y piezas de compositores argentinos –obligatorios entonces– como Julián Aguirre y Alberto Ginastera; también la sonatina de Ravel, páginas de Debussy, una Bachiana de Villa-Lobos y la Rhapsody in Blue completa, para piano solo, de George Gershwin.
Por entonces también me deleitaban Poulenc, Grieg, Domenico Scarlatti, el barroco Haendel y los principales románticos como Félix Mendelssohn y Robert Schumann, a los cuales aprendía de memoria para pulir su ejecución.
Desafiante –o temerario–, por sugerencia de Elio me introduje en el Concierto número uno de Franz Liszt.
Tras mucho entrenamiento llegué a tocar con precisión los acrobáticos acordes iniciales, luego me distendía en la ensoñadora porción intermedia y, por fin, le daba con la máxima energía de mi cuerpo al enjoyado entretejido que conforma el grandioso final. Elio Canale consideró que podía tocar esa obra con la Orquesta Sinfónica de Córdoba. Creí que bromeaba, como lo hacía a menudo. Pero una tarde anunció que había arreglado un encuentro con su director en el maravilloso teatro Rivera Indarte, una de las mejores salas líricas del país.
Me pareció irreal. Moví los labios sin emitir sonido y mis cejas se elevaron hacia el cielo raso en busca de confirmación. A menudo yo concurría a ese teatro, compraba la entrada más barata, la del llamado "gallinero", me instalaba cerca de la bóveda levemente coloreada y, desde allí, gozaba la visión de los músicos ordenados sobre un escenario hundido en la profundidad distante, pero iluminada por concentrados focos.

*Fragmento de La novela de mi vida
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