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martes 16 de agosto de 2016

"Lo que me pasa en la vida termina pasando en mis libros"

El exitoso autor cuenta cómo se gestó La noche de la usina, novela con la que ganó el cotizado Premio Alfaguara y que intenta reflejar la idiosincrasia del ser argentino.

En La noche de la usina, en la segunda página, aparece un personaje llamado Lombardero, quien "jamás repetía una historia exactamente igual a como ya la había contado". Y que "al público eso lo divertía y lo inquietaba". Por allí pasan los relatos de Eduardo Sacheri, por ese afán de contar situaciones tan cercanas con las que es muy sencillo reflejarse. "Lo que me pasa en la vida termina pasando en mis libros", dice en una entrevista con La Capital de Rosario el flamante ganador del Premio Alfaguara por la novela que habla de Lombardero, pero también de Perlassi, de Fontana, de los López, personajes entrañables de Aráoz y la verdad, a los que recurrió simplemente "porque los extrañaba".

La noche de la usina recorre el derrotero de pobladores de O'Connor, un lugar que Sacheri describirá en aquí como "un mundito en sí mismo" donde conviven los que quieren sacar la cabeza del agua y los que se sientan sobre esas cabezas para que nunca salgan a flote.

El corralito es el escenario ideal para ambientar esta batalla. Un villano se queda con los ahorros de gente decente y habrá que urdir una estrategia para recuperar lo perdido, cueste lo que cueste.

En ese viaje, que por momentos toma ritmo cinematográfico, Sacheri le saca punta al lápiz para escribir con humor, sensibilidad y crudeza sobre las miserias humanas, los vínculos entre padres e hijos, el éxito y el fracaso, el amor eterno y el romance instantáneo, el afán de los poderosos y la resistencia de los que menos tienen y, claro, la idiosincrasia del ser argentino.

–¿Cómo recibiste la noticia al ganar el Premio Alfaguara?
–Me sorprendió. Era algo que deseaba mucho, porque es un premio muy prestigioso al que le tenía muchas ganas y de hecho ya me había presentado dos veces antes, con Aráoz y la verdad y con Papeles en el viento y no se me había dado. Ahora tenía una mezcla de expectativa y eso de saber que era muy difícil que se dé, pero si no se hubiera dado con La noche de la usina, seguro que lo hubiera vuelto a intentar.

–Es una característica de tus personajes: siempre lo vuelven a intentar...
–Sí (risas), somos porfiados.

–¿La única lucha que se pierde es la que se abandona?
–Hay otras que también se pierden, eh (risas). Ojalá fuera así, muchas veces uno la pelea y la pierde igual, pero lo que nos queda por hacer es dar pelea, por lo menos perder jugando, esa es mi filosofía. La vida es difícil y mejorar en la vida también es difícil, por eso tenés que remar como loco. Si no laburás te va a ir para el demonio, el fracaso casi que lo tenés garantizado. La única manera de moverte de ahí es peleándola.

–¿En O'Connor se plantea la realidad de un pueblo como el reflejo de la idiosincrasia argentina?
–A mí me gusta laburar con un pueblo chico como si fuera un mundito en sí mismo, que hubiera ahí adentro de todo un poco, porque están los que se van a pelear y están los que no se meten y los que se dejan vencer, y también está el pragmático villano que se la lleva de arriba y hace grandes negocios. Me gustó que fuera como un pequeño mundo cerrado y una especie de isla, que en vez de estar rodeada de agua esté rodeada de campo, como tantos pueblos de acá en la Argentina.

–Por tratarse de una novela coral, ¿es una de las más complejas que escribiste en cuanto a lo descriptivo y a la cantidad de personajes?
–Sí, puede ser, me dio mucho trabajo el hecho de laburar con tantos personajes al mismo tiempo. Es que por un lado está el policial, que más o menos tiene un laburo particular en ese mecanismo de relojería de causas y efectos que se van induciendo unos a otros, en eso puede parecerse a La pregunta de sus ojos. Pero a esa complejidad se suma la otra que es lo coral, y me dio mucho laburo de que fueran muchos personajes y aparezcan protagónicamente y retrocedan, se tradujo en dos años de laburo muy intenso.

–Siempre trabajaste los vínculos de amistad en la mayoría de tus novelas, pero aquí no aparecen esos amigos eternos. ¿Por qué?
–De libro a libro me gusta plantearme cosas distintas, dificultades diferentes. De mis últimas novelas, en Papeles en el viento la amistad es muy profunda, muy de toda la vida entre esos tipos, y en Ser feliz era esto es la construcción de un vínculo padre-hija. Acá me gustó trabajar vínculos diferentes entre sí, tenés el de hermanos casi siameses, como son los López; tenés dos paternidades muy distintas, ya que la de Perlassi con Rodrigo funciona de una manera totalmente distinta a la de Lorgio con Hernán; y después hay varios tipos grandes en esta historia, que son amigos pero también son gente del interior y tampoco se van a entregar a la amistad como los tipos jóvenes. Hay otro pudor en ciertos vínculos, son amistades más pudorosas. Son amistades sólidas, pero también tienen la seriedad de tipos grandes, me parece.

–¿Buscaste, desde lo coloquial de los diálogos, una manera de hacer foco en personajes conocidos?
–Son muchas las personas que se interrogan, así como tenés las personas que no se interrogan nunca sobre la vida, también hay otro montón que sí se está preguntando sobre cosas profundas. Pero la mayoría de los que hacemos esto no lo hacemos desde el lenguaje neutral o profundo de la filosofía. Muchos nos formulamos interrogantes existenciales aunque lo hagamos en un lenguaje cercano. En el fondo el planteo de Manzi, cuando dice que está convencido de que los boludos tienen más suerte que la gente inteligente, es un planteo ético o existencial. Otro ejemplo es cuando Perlassi y Fontana están hablando de los hijos de puta.

–¿A qué te referís puntualmente?
–Si Perlassi estuviese escribiendo un tratado de filosofía no se plantearía qué porcentaje de la humanidad son hijos de puta, no lo plantearía en esos términos, hablaría de la maldad y la bondad en términos generales. Pero, bueno, Perlassi es un tipo que se crió en O'Connor y la manera de hablar de la maldad es la hijaputez, pero está hablando de la maldad y de la dignidad del alma humana. Y cuando yo me lo planteo, me vivo interrogando sobre cosas profundas, pero suelo hacerlo a partir de categorías menos herméticas que las del pensamiento filosófico.

–De todos modos, en este libro, de la mano del humor y el juego de palabras, recurrís a giros filosóficos, como cuando uno de tus personajes se pregunta "dónde acaba el acabóse".
–Sí, me gusta un poco la filosofía de entrecasa, en el sentido de salir hacia la filosofía desde la vida cotidiana, que es como va uno. O sea, estás caminando por tu barrio y te asaltan estas cosas, y bueno, por eso surge a veces del propio lenguaje, pero del lenguaje común y corriente. Me pasa en la vida y por eso también termina pasando en mis libros.

–¿Cómo tomaste la decisión de traer a escena otra vez a los personajes de "Aráoz y la verdad"?
–En el fondo fue porque...los extrañaba (risas). Cuando escribí Aráoz y la verdad nació el pueblo O'Connor, Perlassi, los López, el viejo Medina, el del lavarropas, y una serie de personajes que me cayeron bien, me gustaron y me hice amigo de ellos. Y cuando estaba terminando Aráoz y la verdad me agarró una melancolía de decir "puta, a estos tipos no los veo más". Y me dije "alguna vez voy a volver con ellos".

–¿En qué punto o momento hilvanaste ambas historias?
–Aráoz y la verdad es una novela en la que hay ocultamientos y cierto recelo de contarle mucho a este Aráoz sobre Perlassi y O'Connor. Y sobre todo cómo no les gusta a estos tipos que le vengan a preguntar mucho de ellos. Algunas de las cosas que terminan ocurriendo en La noche de la usina ya se me iban ocurriendo ahí, pero no entraban en Aráoz y la verdad, no tenían que ver con esa historia, pero le daban sustento. Entonces era una cuestión de tirar de esos hilos sueltos. La noche de la usina sería una precuela, porque esta novela transcurre en 2001 y la otra sucedía en 2006.

–¿Por qué tomaste como disparador la crisis del corralito?
–Había una conveniencia argumental, para favorecer la estafa me venía bien situarlo ahí, dado que el tipo que le quedó la guita adentro del banco perdió como en la guerra pero el que tenía la guita en el banco y sacó la plata antes multiplicó la guita por cuatro. En esas grandes crisis y enormes cataclismos casi todos los giles perdemos pero algún piola gana mucha plata, y me gustó situarme en esa bisagra, de que cayeran de un lado todos los giles perdiendo y del otro lado se irguiera alguno ganando. Por otro lado, me parece que la crisis del 2001 habla mucho de nosotros.

–¿En la novela está también la cuestión de recurrir al ingenio argentino y lograr el objetivo cueste lo que cueste?
–Sí, es un policial chambón, porque ellos no son ningunos genios, en realidad si fuera una historia de robos bien hechos serían todos unos expertos, pero son un desastre todos. Lo que tenemos, no sé si los argentinos o los seres humanos en general, es que con recursos limitadísimos, si los administrás con inteligencia un tiro derecho te sale y alguna vez pegás en el blanco. El asunto es también aprovechar esa única que vas a tener.

–¿En tus novelas buscás darle aire y movimiento al personaje o pensás en darle aire al lector?
–Yo necesito pensarme a mí mismo como lector, porque yo soy el lector que tengo en la cabeza. Como lector me gusta que me cuenten un cuento, que me propongan una historia, que pasen cosas en eso que estoy leyendo. Entonces cuando escribo me pasa de plantear cosas que a mí me resultan atractivas como lector, que no es lo mismo que pretender que le pase algo específico al lector. Eso trato de evitarlo porque los lectores son tan distintos uno de otro, que yo no sé qué es lo que quiere cada uno. Si uno quiere como escritor generar cosas en un lector vas a fracasar, porque lo vas a lograr con un lector y no con otro, y eso te generaría mucha inseguridad. La clave es qué historia quiero contar, cómo lo voy a lograr y cómo me gustaría leerla.

La ficción antes que la realidad
A veces la realidad supera la ficción, pero en este caso la ficción se adelantó a los hechos. Cualquiera que lee La noche de la usina podría pensar que Eduardo Sacheri se inspiró en sucesos de la Argentina actual que sacudieron la escena política, social y mediática.

Es que uno de sus personajes construye una bóveda en medio del campo y ahí esconde el dinero que acumuló en forma deshonesta. Cualquier parecido con la realidad, confirma el autor, es pura coincidencia.

–En medio de la promoción de tu novela explotó el increíble caso López. ¿Cómo lo tomaste?
–Fue terrible. Yo la novela la entregué en diciembre, pero cuando se empezó a agitar el asunto con el tema de Lázaro Báez, con las topadoras que entraron a escarbar la tierra en la Patagonia, dije: "uy, cómo se parece a lo que escribí". Y después vino este López con la bóveda y las valijas y todo eso. Parece que lo hubieran hecho a propósito para promocionarme la novela, fue terrible la casualidad.

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Fuente: La Capital de Rosario.
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