afondo - Bob Dylan Bob Dylan
lunes 17 de octubre de 2016

Le voló la cabeza. Sin dulzura

William Burroughs, inspirador del actual premio nobel de literatura, Bob Dylan o como sea que se llame, le voló la cabeza a su esposa. Cuando decimos "le voló la cabeza", necesariamente debemos aclararlo. No nos referimos a que la conmovió con su prosa, ni la deslumbró con sus tramas. Le asestó un disparo en la cabeza. Jugaban a reeditar de modo muy peculiar aquello del arquero Guillermo Tell, pero cambiaron la manzana por un vaso de wisky y en vez de el hijo, quien sirvió de modelo inerte fue la esposa. Le voló la cabeza. De manera literal. O sea, no es gracioso. Droga, alcohol, dinero en exceso y una extraña pasión por las armas fueron el coctel letal.

Asociar aquél trágico acontecimiento al mensaje poético de Dylan no es difícil, es imposible. Taxativo como que la primera y única novela de Dylan, titulada Tarántula, contiene la estrategia estética y literaria beat, de Burroughs , entre otros. Así vemos cómo la historia se las ingenia para que no nos resulte sencillo emprender el camino de retorno para conocer los orígenes.

Escuchar a Dylan ha resultado, al menos en el mundo occidental, inevitable. La dificultad que ofrece cerrar voluntariamente las orejas es lo que nos ha permitido escuchar a este prolífero músico de folk, (ex esposo de Joan Baez, para más datos).

Por placer, por convicción, por decisión o por accidente, alguna vez debimos escuchar sus baladas, aunque no necesariamente hemos sabido qué nos estaba diciendo. Básicamente los que no dominamos el idioma inglés, necesitamos de traducciones básicas para intentar saber el porqué de este mito. Y en los discos no ocurre como en las ediciones bibliográficas, ó sea, no se adquiere un disco en la lengua que uno domina o entiende.

Me resulta irrefrenable referirme a esto y describir la enorme sorpresa que me ha causado ver, leer y escuchar la polémica que ha desatado la decisión del jurado de la academia sueca. Que el premio Nobel de literatura tenga como destino un cantautor, un juglar, un poeta sonador y soñador ha despertado discusiones incontenibles.

Ha publicado en su extensa historia tres libros. Tarántula, Letras y Crónicas. Según los expertos –muchos de ellos verdaderos amigos- que pasean por las redes sociales, esto les parece irreverente. Insuficiente. Ofensivo.

Otros, por el contrario, entienden que la Academia sueca, que recibió la nominación de Bob Dylan por primera vez hace 20 años, maceró lo suficiente la decisión y ha establecido un acto justo. Que premiar a un poeta musical, hace bien. Que es bueno que resulte más accesible a los mortales de todo el planeta. También podrían buscar como argumento que Dylan nació a la fama en aquella marcha en la capital de Estados Unidos, liderada por el pacifista Martin Luther King.

Absolutamente. Opinar no puede estar prohibido. Aunque reconozco que provoca fastidio el énfasis.

Los detractores arguyen que, como Dylan, podrían haber elegido a muchos otros que también son músicos, pacifistas, poetas sublimes. Pero mejor aún hubiese sido que se optara por alguien que escribe en serio. Sí. Literatura. O sea: libros. Historias. Ficción. Novelas. Poesía. Cuentos. Con una buena cantidad de textos editados. Y empezamos a tirar nombres. Que abundan. Obviamente.

Extraño que no se hiciera un planteo semejante con el reciente premio Nobel de la Paz, por mencionar a este último. Santos. Santos se quedó con el Nobel, pero la mayoría de la sociedad colombiana no coincidió con la academia sueca, y le restó apoyo al plan de paz. Y no es que no aspiren con devoción a conseguirla.

Discutimos a Dylan, admitámoslo, porque conocemos lo que hace. Dudo que en profundidad, pero nos suena, no mucho más que eso. Sí sabemos con exactitud que la biblioteca tiene reservado escasísimo lugar para su prosa.

Si hiciésemos lo mismo con algunas cuestiones que nos afectan de modo un poco más directo, y si en vez de buscar una razón más para acentuar la grieta, dejásemos al costado del acantilado la vanidad y la superficialidad, podríamos estar leyendo algo de la mucha y muy buena literatura que se produce, aquí en Argentina. Podríamos ocupar un poco más de tiempo en discutir el futuro en vez del pasado. Y dejemos de pensar que somos los eternos perjudicados y basta ya de reclamar este galardón para Borges.

Al menos sepamos que, más ó menos injusto; prestigioso, prestigiante o desprestigiado, sólo se le entrega, en todas y cualquiera de sus disciplinas, únicamente a los vivos. Motivo suficiente para leer más y reclamar menos.

Razón contundente para que dejemos de hacernos los vivos. No es indispensable invocar a Ortega y Gasset para que nos indique qué es lo que tenemos que hacer.

Y sea o no merecedor del premio, don Bob Dylan, le pido que cambie la letra, porque si la respuesta está soplando en el viento, en Mendoza no vamos a dejar de discutir hasta el próximo zonda. Es preferible que echemos la piedra a rodar para edificar nuestro propio destino, sin exigir un premio.

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