afondo afondo
sábado 20 de mayo de 2017

La venganza del cartero

La velocidad de los acontecimientos pudo no haber cambiado, pero la percepción de que todo es más rápido, es inevitable. Y cuanto más rápido, más difícil poder evaluar y discernir. Ya nada es como antes.
Cada día el criterio y la elección se aproximan más al azar, a la decisión contingente, al arbitrio del poder de turno.

Debido a la cantidad de estímulos que recibimos y a la imposibilidad de administrarlos reflexivamente, optamos por despojarnos de lo que nos parece o intuimos inútil.

Este proceso podemos ejemplificarlo con el acto cotidiano frente a la computadora o con el celular en la mano. Ese aparato que sólo niega su inteligencia en virtud del amo que lo digita.

Eliminamos de la bandeja de entrada del mail decenas de mensajes, sólo porque no nos resulta familiar la dirección de donde proviene o acaso porque en el asunto figura un término repetido que nos insinúa algo fuera de nuestro interés particular. Esto, sin contabilizar los que de modo automático pasaron al cementerio del spam.

Me pregunto y con honesto interés. Hoy ¿nos comunicamos más? ¿nos comunicamos mejor o nos siguen vendiendo un buzón?

La ocurrencia de acontecimientos y su importancia gravitan sólo cuando se desploman frente a nosotros, con insistencia.

Podríamos establecer como parangón aquél principio que la leyenda le atribuye a Galileo trepando a la torre de Pisa, para lanzar dos objetos diferentes y de distintos pesos, demostrando lo que luego se consagraría con la ecuación de Newton: es tan potente la gravedad que los dos cuerpos, independientemente de sus formas y sus pesos, caerán simultáneamente.

Simultáneamente siempre que no actúe lo que llaman el rozamiento del aire. Pregunto ¿se puede evitar el rozamiento del aire, excepto se evite de modo específico para realizar algún experimento que termine demostrando la ecuación?. Difícil. Casi imposible.

Algo parecido a renunciar a las nuevas tecnologías. La única manera de demostrar lo prescindibles que son es no usarlas. Imponernos como criterio no poseer ningún aparato. Empresa que implica otras: impedir que nuestros hijos, nuestras familias, nuestros amigos y en nuestros ámbitos laborales pretendan comunicarse a través de estos aparatos.

Atender, responder, replicar, viralizar, postear, enviar, copiar son verbos obligados. Leyes no escritas. O quizá escritas en el link de "términos y condiciones", ese que aseguramos haber leído sin haber abierto la conexión.

Las posibilidades se multiplican y no nos dan tregua. Te envié un whatsapp. Leé el mesinger. Fijate lo que tenés en telegram. Vos no me seguís en twitter. Somos amigos en Facebook. Y te ves ridículo en snatchap. Si tomás una selfie develarás la cara de apuro que nos está quedando.

Solemos no estar a la altura de las expectativas de los demás. Reconocerlo no nos exime de responsabilidad; debemos hacer para cambiar y mejorar. Hasta que nos preguntamos seriamente y con un dejo de misterio -como personaje de Arthur Conan Doyle- ¿hay alguien esperando nuestra respuesta, del otro lado?. Más incógnita aún ¿hay alguien del otro lado?.

Afortunadamente, persiste la excepción para confirmarnos la regla. Cuando creí que nada me sorprendería, ni siquiera que cambien la fecha de mi propio aniversario y no tenga forma de explicarles que no me pertenece. Súbitamente apareció alguien que con gesto solemne me dijo: Señor, llegó esto para Usted.

Sin dudas el asombro fue mutuo. Una carta. O sea, un sobre de papel. Mi nombre y apellido en el frente. La dirección del lugar con código postal. Algo que antes hubiese sido una estampilla, ahora apenas un logotipo y el valor, impreso: 13 pesos. Sí. Una carta.

Habían pasado 4 días según estaba fechada. Debo confesar que la ansiedad me impidió abrirla con prolijidad. Adentro un papel carta. Sí, a rayas. Lo más sorprendente, manuscrita. Y junto al manuscrito, una hoja de fotocopia.

El texto, resumo, un reclamo con enorme elegancia sobre una columna, en la que con sorna me referí a la mona Cecilia y al exceso de derechos, mona que fuera trasladada a Brasil con trato delicado.

El recorte en fotocopia una breve reseña del Dr. Albert Schweitzer, en la cual se señala que no sólo se había destacado en medicina y era un teólogo y filósofo prolífero sino además, un defensor del género animal con una sensibilidad y ocupación superior a la de algunos empleados de Greenpeace.

Sólo pensar que alguien, por haber visto herida su sensibilidad, se manifieste de esa forma, despierta cierta intriga.

Con severa crítica hacia quien esto escribe, se tomó el trabajo de poner su punto de vista. Con buena caligrafía. Perfecta ortografía. Claridad de concepto. Hizo un esfuerzo económico, por un lado y motriz, por otro.

Tan respetable y sorprendente que me exigió revisar lo que postulé aquella vez.

Tal es la incógnita que no puedo saber si acaso es una mujer de avanzada edad pero con trazo firme, o un caballero admirador de la naturaleza y enemigo del sarcasmo innecesario.

Perturbador e inquietante hecho. No sólo por la elegancia con la que me insulta, sino porque a pesar de la forma galante y el estilo coqueto, concluye con el gesto más actual y postmoderno: no existe el remitente y lleva por firma apenas dos iniciales. M.C.

Conservo el sobre roto y los papeles internos, como documento y prueba.

Lo más extraño es que no hay impresión de rush ni perfume a plátano. Quizá no haya sido Cecilia sino su abogado. Iniciaré una acción, pero será contra el cartero.
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