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lunes 07 de marzo de 2016

La indecisión como símbolo, un voto para todas

La revolución no es una de las características que mejor ilustre a Mendoza. No pretendo con esto hacer una valoración sino apenas una descripción.

Cada vez que tengo la oportunidad de indagar un poco, con personas que no nacieron ni se criaron en Mendoza pero que por alguna circunstancia les ha tocado en suerte visitarla y vivirla durante algún tiempo, la describen como una provincia prolija, con ambición de prosperidad, habitada por una sociedad conservadora.

Conservadores. Podrá gustarnos o no el adjetivo, pero no hacemos demasiados esfuerzos por negarlo o debatirlo. Y quizá ese sea el principal rasgo identitario de los mendocinos: no debatir, y si acaso discutimos, lo hacemos cuidando el volumen y el énfasis.

Entre los aspectos icónicos relevantes, la "Vendimia" es –sin dudas- el más significativo. Y decir vendimia, término que significa recoger o recaudar de la viña, es aludir también a la fiesta. Al acto central. Al teatro griego, a ese que insistimos en decirle anfi aunque nos lo hayan explicado cientos de veces.

Todas las actividades que se generan a propósito de los festejos de vendimia, sean más o menos atractivas, con mayor o menor lucimiento, son inevitables.

La vendimia nos alcanzará aunque queramos evadirnos. Afectará sine qua non el ritmo caótico y a la vez lento de nuestro movimiento citadino.

Asuntos abundan. Aunque se haya omitido esta vez el capítulo federal y el mendorock, siempre el duende de la vendimia se las ingenia para complicarnos, para bien y para mal.

Podrá hacernos llegar tarde a la reunión debido al recorrido del carrusel ó desconcertarnos porque, por fin, bajaron la foto del feo candidato a diputado que no fue y la reemplazaron por la imagen de la reina del departamento que hace bastante no consigue el cetro nacional.

Cada profesión, oficio, empleo o actividad de todo mendocino será atravesada por el fenómeno vendimia aunque le tenga alergia a la uva y aversión al vino

Indispensable como en toda festividad es la conclusión. El corolario. Que no se trata de la coronación, ni de las actuaciones en la última noche, sino: la crítica periodística.

Este año el show tuvo el nombre más pretencioso de la historia. Vendimia de la identidad. Qué difícil.

Empiezan las distintas visiones. ¿Identidad biológica o cultural?; ¿Ambiental ó productiva?; ¿Identidad artística o de la burguesía mendocina? ¿De la historia reciente o desde que haya registro de la misma?. Toda una elección y después, la elección.

Aunque presumamos de laicidad, nos persignamos antes de empezar. Podrá asistir o no el reciente presidente de la Nación, sus ministros, los embajadores y los mediáticos, los artistas y los verdaderos trabajadores de la viña, lo único que es inalterable es la presencia en el escenario de la Virgen de la Carrodilla.
Tradición y folklore, algo que no abunda en la manifestación de nuestras expresiones artísticas más notables, aparecen adentro y afuera de "Vendimia".

Ahí, demasiado cerca del zoológico, los fuegos artificiales. Fríos quizá pero estruendosos.
El show convoca a más de 25 mil personas en el Frank Romero Day, teatro abierto a pocos metros de ese zoológico que aún encierra algunas especies autóctonas, animalitos de la región que no reciben el trato reverencial que les otorgan a los chimpancés o a los osos.

Nada nuevo y todo nuevo. Aplausos y reverencia a los que llegan desde otras latitudes y escasos cariños y aplausos para los comprovincianos. Quizá porque consideramos que así son las cosas o que así nos las merecemos.

Para completar el cuadro, además de las cajas lumínicas, la observación de la puesta y del espectáculo ofrecido, pero con la lente del curioso con matrícula.

Impensado que a los 80 años la Vendimia pueda albergar en un mismo lugar y momento tanta luz y color, con una disposición a veces caprichosa.

Tanta gente desplazándose. Tantos músicos excelsos, en vivo y grabados. Tantas coreografías. La cantidad de elementos visuales es tan profusa que hace imposible concentrar la mirada en algo que sirva para entender la trama, para comprender de qué se trata y qué es lo que se quiere significar.

Grúas. Guinches. Drones. Cámaras que se desplazan por cielo y tierra. Pantallas de led. Mapping. Hologramas. Un sonido que te envuelve. Caballos de utilería gigantes que cabalgan cerca del público. Zancos. Aguas danzantes.

Es interesante observar con qué precisión se puede amalgamar, casi hasta la perfección, la incoherencia artística narrativa.

Nuevamente aparece la duda y la discusión sobre el género.

Ópera, no. Comedia musical, tampoco. Grotesco, a veces. Para vodevil le falta la intriga. No es tragedia, gracias a Dios y tampoco sainete. ¿Qué es entonces?. Vendimia.

Sí. Es esa fiesta majestuosa y atrapante, siempre mal concebida por quien la hace a los ojos de quien no la hace. Incoherente, abrumadora, carente de cualquier sutileza, sobrada de tecnología, pero desbordante de voces conmovedoras.

En el diccionario del decir mendocino, Vendimia es ese hecho que denostamos hasta el hartazgo pero que nos sacude de emoción y disfrute.

Vendimia es esa cosa entre glamorosa y popular que aborrecemos y nos llena de orgullo. Vendimia es la jactancia de ser irreverentes con nuestros artistas y orgullosos de lo que ellos provocan cuando aplauden los de afuera.

A los que la pensaron, dirigieron, realizaron. A los que pusieron el cuerpo, el láser, la voz, el bolsillo, el reclamo, el paso, la protesta, el carro, el diseño, la utilería y los fuegos de artificio: salud...! Es todo lo que pedimos.

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