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martes 22 de marzo de 2016

La Casa Grande sin secretos

María Josefina Cerutti presenta este miércoles, en el Independencia, Casita robada, libro sobre el hogar familiar donde creció y fueron secuestrados su tío y su abuelo en 1977. Fue editado por Sudamericana.

Un episodio, a miles de kilómetros, puede cambiar para siempre la vida de decenas o miles de personas. Un huracán, por ejemplo, con sus implacables vientos de muerte, determina que para muchos, en un solo instante, la vida cambiará de paradigmas. A María Josefina Cerutti ese viento helado paradójicamente sopló en el verano de 1977, el 12 de enero, cuando un grupo de tareas de la Armada entró en el hogar de la familia, la Casa Grande, en Chacras de Coria y secuestró a su abuelo Victorio (75) y a su tío Omar Masera Pincolini (42).

María Josefina tenía "quince años y medio", como ella recuerda, con la exactitud con que se imprimen esas fechas trágicas. Hacía varios años que vivía en Buenos Aires con su mamá y sus hermanos, que habían llegado allí luego del divorcio de sus padres. "Habíamos vuelto de unas vacaciones de Córdoba y mi tía Malou llamó. Estaba llamando desde el día del secuestro, porque no podía ubicarnos; recordá que en esa época no había teléfonos celulares", cuenta María Josefina.

Después se enteraron por el relato de algunos sobrevivientes que ambos estuvieron secuestrados en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y que fueron arrojados sin piedad a las aguas del Río del Plata. Para la jovencita de 15 años y medio, que estaba a miles de kilómetros de ese lugar desde donde, en la madrugada, se los llevaron, nada volvió a ser como sus recuerdos.

De la Casa Grande se habían robado mucho más de lo que lo solían hacer los saqueadores comunes que vestían uniforme. Se llevaron parte de su infancia, pero no su orgullosa pertenencia. La misma que relata en Casita robada, el libro que mañana presentará a las 19, en el teatro Independencia.

El relato amoroso
Ella cuenta que siempre tuvo admiración y fascinación por su familia y que siempre pensó que algún día escribiría su historia. Fue dando pasos en ese sentido, como si buceara cada vez más profundo en sus raíces. Por eso se dedicó a estudiar la influencia de los italianos en la industria del vino (ya que su bisabuelo Manuel fue un pionero de esta actividad en nuestra provincia), se recibió de socióloga con este mismo tema y viajó a Italia, donde había quedado parte de la familia, para ver cómo era la historia del otro lado del mar.

Pero la decisión de escribir sobre su familia ya la había tomado a los quince años y medio, con una foto interior que, cuando vuelve a mirar, todavía le nubla la voz: "La imagen de ese operativo debe haber sido dramática. Yo adoraba a mi abuelo... Y me pasa que hablo de él y se me cierra la garganta. El fue muy amoroso conmigo. Imaginarme que lo sacaron de la cama, pobrecito, a los 75 años y llevárselo encapuchado, me da dolor, me da un dolor físico cuando lo imagino. No me gusta la palabra tributo, yo creo que escribir este libro es un recuerdo amoroso para él, para todos, aún contando cosas muy íntimas de la familia. Esta es mi salida o entrada a la literatura, pero sé que en otros libros seguramente van a aparecer estos personajes".

Sabor agridulce
En uno de los capítulos, las mujeres de la familia Cerutti se concentran en la cocina para hacer dulce. "La casa olía a membrillos", cuenta María Josefina, y algo de ese perfume está en las páginas de su libro, no sólo porque nos relata cómo se hacía, sino porque ese sabor agridulce tan característico impregna toda la historia familiar.

La dulzura está en el recuerdo de calles, confiterías y paseos mendocinos, los juegos que ella, sus hermanos y primos inventaban en torno a la Casa Grande. Lo agrio llegará de la violencia intrafamiliar, el despotismo que los hombres tenían en el trato para con las mujeres, el alcoholismo. Ella no intenta ocultar nada. Su familia fue así, un intenso sabor agridulce. "No creo en bronces o en estatuas, sino en las personas reales y yo he recibido cosas magníficas de ellos, aun en lo triste. Yo escribí que 'desheredados, heredamos un mundo'. Yo me siento agradecida, más allá de todo lo terrible que ha sido, estoy agradecida de haber crecido con esa familia, en esa casa. Es mi familia, sí, pero puede ser el espejo de muchas familias, por la dictadura, por Emilio Massera –de él dependía el grupo de tareas que secuestró a sus familiares–... Historias de familia con un final trágico hay millones, pero yo decidí contar también la intimidad, aunque a veces lo íntimo se hace difícil de leer porque te lleva a tu propia intimidad".

En busca del relato
Esa honestidad en el relato, la decisión de contar episodios de la historia familiar que podrían resultar demasiado fuertes o dolorosos, la hizo buscar en la literatura para determinar qué forma podría darle a sus palabras: "Lo empecé a escribir como una novela, con nombres ficticios, después lo escribí contándolo desde el punto de vista de la empleada doméstica, después desde el divorcio de mis padres y nada resultó. Hasta que un día llegó a mis manos un libro que se llama Nada se opone a la noche, de la escritora francesa Delfine De Vigan, que cuenta cómo se psicotizan algunos de sus familiares, con los nombres reales. Entonces pensé por qué no contar la historia como realmente fue, si todos los seres humanos somos un poco buenos y un poco malos. En ese mismo libro, la autora dice: 'Busco un espacio que no sea la verdad ni la fábula, sino las dos a la vez'. Mi obra tiene algo de eso, aún siendo verdad todo lo que cuento, es mi verdad; quizá mi familia podría contar otras cosas, pero al convertirse en literatura a su vez tiene algo de fábula". Esa fábula honesta que con su relato atraviesa parte de la historia argentina, parte de nuestra historia.

Las mujeres que sabían narrar
Hubo un personaje que fue determinante en la necesidad de que este relato se convirtiera en tal. "Mi abuela Josefina me contaba muchas historias mientras jugábamos a la casita robada. Me contaba de la familia y me decía que las mujeres teníamos que aprender a leer y escribir. Para mi escritura mi abuela fue fundamental, ella me ayudó a leer, porque mi papá y mi mamá no eran lectores", cuenta la escritora en un momento de la charla que mantuvo con Escenario.

–En una época, muchas mujeres, se encargaron de resguardar la memoria familiar y la transmitían a las siguientes generaciones, porque en muchos casos no sabían leer ni escribir, pero eran buenas narradoras...
–Sí, era así, mi abuela era una buena narradora, pero ella además escribía poesías y le gustaba hablarnos de muchas cosas. Nos leía el diario, por ejemplo. Ella nos traía el mundo a nosotros. Así como mi abuela fue la narradora, yo fui la "escuchadora".

1977- 12 de enero Ese día un grupo de tareas secuestró de la casa familiar a su abuelo Victorio (75) y a su tío Omar (42). No volvieron a verlos con vida.

Presentación de Casita robada
A cargo María Josefina Cerutti, Ariel Robert, Emilio Vera Da Souza y Ariel Búmbalo
Hora y lugar: a las 19, en el teatro Independencia (Espejo y Chile, Mendoza)
Entrada: gratis
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