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sábado 26 de marzo de 2016

Explorando el amor en tiempos de relaciones volátiles e impacientes

El escritor y columnista de Diario UNO Jorge Fernández Díaz habla aquí sobre su nueva obra Te amaré locamente, éxito de ventas en todo el país.

En la intersección difusa y al mismo tiempo esclarecedora entre verdad y ficción, el periodista, escritor y columnista de Diario UNO Jorge Fernández Díaz bosqueja una cartografía de las relaciones amorosas que registra desencuentros, desengaños y sentimientos encontrados a partir de un conjunto de textos que se articulan con otros de corte autobiográfico para confluir en la antología Te amaré locamente.

El autor de Mamá retoma la idea de una cotidianeidad reveladora de hábitos y manías que Robert Arlt testimonió en sus Aguafuertes porteñas, pero su campo de acción no es el costumbrismo sino la exploración de intimidades propias y ajenas, heterogéneas en sus tonos y disparadores pero atravesadas todas por una atmósfera crepuscular donde el autor dejar entrever una suerte de desencanto por la manera en que el tiempo erosiona los vínculos y las experiencias.

En Te amaré locamente (Planeta) confluyen los múltiples recursos del periodismo con las artimañas del novelista para capturar la atención del lector: Fernández Díaz juega en la frontera entre el periodismo y la literatura, acaso tan dudosa como la que separa la realidad de la ficción.

¿El aguafuerte es uno de los géneros que mejor explicita este desdibujamiento de fronteras? "El periodismo puro y duro no debe mezclarse con la literatura. Y yo jamás lo hago. Allí­ soy Jekyll. Pero luego hay otras áreas de lo escrito donde se difuminan las fronteras, y eso sucede cuando es necesario contar la vida privada tal cual es, mostrando cómo sienten y se mueven los seres humanos: con malentendidos, mezquindades, grandezas, fantasmas. Allí­ soy el señor Hyde. Donde el periodismo traza un lí­mite, dejo que la literatura avance y cuente lo indecible", asegura el periodista.

"El aguafuerte es para mí un género tan exigente como la columna polí­tica, o incluso como una página de la novela. Gran parte del libro elige ese género del apunte, del articuento (como lo llama Juan José Millás) y del relato inclasificable porque es el que mejor se adapta a la idea de realizar un mapa emocional. Querí­a contar historias de sentimientos encontrados, y muchas veces logré hacerlo con nombre y apellido y en base a recuerdos y experiencias concretas, pero en otras ocasiones eso era imposible, porque se trataba de la vida privada de la gente", apunta.

"Querí­a retratar la interioridad de las personas, en una operación que llamo 'aguafuerte sentimental'. Es un género exigente, porque el periodismo tradicional no tiene armas para contar los sentimientos. Ni siquiera la crónica las tiene", acota Fernández Díaz.

Aunque su vinculación puede resultar más o menos azarosa, en el libro hay una suerte de hilo conductor que tiene que ver con la explicitación de una cierta tensión entre el periodismo y la literatura, que en el caso del autor de La logia de Cádiz no parece transcurrir en términos dramáticos.

"El periodismo era mi esposa y la literatura mi amante. Una diurna y la otra nocturna. Peleaban por mi energí­a y por mi tiempo. Cuando escribí­ Mamá supe que esas dos vocaciones podí­an convivir, y que yo podí­a ser un bí­gamo feliz. Toda mi literatura está cruzada por lo periodí­stico. En Te amaré locamente hay una mixtura entre los dos oficios", explica el autor de El dilema de los próceres.

La confluencia entre esas dos pasiones de Fernández Díaz se hace extensiva también a la agenda que fija el volumen, donde se alternan los textos que exploran las dificultades para entablar relaciones perdurables en el contexto de sociedades cada vez más exigentes e intolerantes con apuntes precisos sobre los géneros y las transformaciones del periodismo.

"La realidad supera a la ficción y no respeta los trucos novelísticos de la verosimilitud", desliza el escritor en uno de los textos. En esa línea, retoma más adelante: "Aunque no se trata de una gran literatura, al final la ficción resulta más verdadera que la verdad".

"En mi obra, la ficción ha sido instrumental: lo que no puede contar el periodismo, lo cuenta la ficción. Y a veces se da la paradoja de que, en el terreno resbaladizo y vergonzoso de los sentimientos, la ficción es más verdadera que la 'verdad', que alguna vez está en discusión porque hay tantas verdades como personas que las recuerdan o reproducen", apunta Fernández Díaz.

Las digresiones son recurrentes en este puñado de aguafuertes sentimentales, que también funciona como pretexto para que el autor deslice su preocupación por algunos fenómenos, como la reconversión de la felicidad en "un ideología de esta era que cada vez parece más y más inalcanzable".

"Me encantarí­a ser feliz con lo que tengo y no necesitar más", confiesa Fernández Díaz en una formulación que acaso es la que mejor sintetiza el clima de época: "La sociedad laica y sobrealimentada ha avanzado de manera espectacular en crear un estándar democrático y económico altí­simo. Al mismo tiempo, el derrumbe de las divinidades nos colocó en la intemperie de la vida, que es un lugar donde te entran todas las balas", analiza.

"A eso se suma que cada vez tenemos más información y por lo tanto más demandas positivas: tenés que hacer gimnasia, tener bien el colesterol, comprarte una casa, ahorrar, viajar, atender a tus padres, educar a tus hijos, leer, ir al teatro, al cine, saber idiomas, capacitarte perpetuamente en tu trabajo. Una por una, insisto que son demandas muy buenas. Todas juntas no caben en el bote. Y el bote se hunde. Es una paradoja, una neurosis de este tiempo", dispara el periodista.

En Te amaré locamente sobrevuela también la nostalgia, impulsada por una prosa que por momentos podrí­a definirse como sombría, apesadumbrada. "A medida que me hago mayor mis sueños nocturnos regresan con más frecuencia a esa calle donde todo era verdad y todo era mentira, y donde fui feliz sin sombras ni condiciones", se lee.

¿Hay un viraje inevitable hacia ese territorio relacionado con la resignificación del pasado y la reflexión sobre la cuestión del tiempo? "La melancolí­a en mi obra no es buscada. Me acompaña siempre, libro tras libro, aun en personajes implacables y muy poco nostalgiosos como el protagonista de El puñal. La conciencia del paso del tiempo me destroza. La idea de que las cosas van muriendo y nosotros también moriremos cambia la perspectiva de todo", precisa el periodista.

"No serí­amos los mismos si no oyéramos cada dí­a, e ignoráramos a propósito, ese tic tac casi inaudible que marca nuestra existencia. Además, cada vez pienso más en mi casa de Ravignani, en mi calle, en aquellas cosas que el tiempo borró", detalla.

La mirada crítica se traslada también al periodismo, donde la actual sobreoferta de información disminuye la sobrevida de una noticia y los temas se superponen unos con otros generando una suerte de banalización que hace que un episodio o fenómeno se replique al instante casi a escala planetaria para luego ser rápidamente sepultado por otro en una lógica que no deja lugar para la indagación profunda.
"Por un lado, esta cuestión está vinculada con la banalización pero por otro lado es necesario el olvido para que los seres humanos podamos seguir viviendo. Si tuviéramos plena conciencia todo el tiempo de los horrores del mundo, que ahora nos llegan minuto a minuto, serí­amos aún más desdichados de lo que somos. En medio de esa polución, sigo proponiendo la literatura, que te brinda la chance de vivir otras vidas, una lucidez para enfrentar la estupidez y un refugio mientras el mundo se cae siempre a pedazos... y siempre queda en pie", concluye Fernández Díaz.
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