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domingo 24 de julio de 2016

"Esta profesión me permite saciar la sed de curiosidad que tengo todos los días"

Así aseguró Sebastián Campanario, economista, periodista y escritor.

Los que compartimos esta profesión lo tenemos asumido: los periodistas no somos santos de devoción popular alguna. En ciertos casos nos lo tenemos bien merecido, por imprudentes, atropelladores, indiscretos y altaneros. En otros, molestamos pidiendo, preguntando, cuestionando y perseverando. En definitiva, somos un mal social necesario. Nos la pasamos adivinando, leyendo entre líneas, infiriendo.

Lo que la mayoría de la gente no sabe de nosotros es que nos encanta esto. En general, disfrutamos siendo inoportunos y hasta nos divierte descubrir que el otro se incomoda al advertirnos. Los periodistas somos como los gatos: animales curiosos por excelencia. Sin esta característica, se podrá escribir con pulcritud y rigurosidad, pero sin el espíritu que nos hace perseguir un dato, hacer una investigación, indagar sobre lo que parece estar todo dicho, el producto final será un informe sin gracia, sin actitud y sin destino.

El periodista, economista y escritor Sebastián Campanario, quien se ha abocado en los últimos años a escribir sobre creatividad, se autodefinió con esta contundente frase: "Soy un bicho muy curioso". Y en esta descripción nos identifica a todos los que ejercemos el oficio periodístico. A los especímenes de las redacciones nos enloquece la curiosidad.

Campanario respondió acerca de las particularidades de mezclar la tarea periodística con la economía y cómo la creatividad se convierte en un contenido transversal a estas dos actividades, y en rigor, a todas las temáticas posibles.

–¿Me llama la atención cómo es que un economista y periodista llega al tema de la creatividad. O quizás tenga que ver con que en el gen argentino, la economía y la creatividad son indisolubles?
–(Risas) Puede ser. Llegué por caminos bastante oblicuos, como suele pasar con los procesos creativos. Cuando trabajaba en Clarín un día, medio de casualidad, me asignaron la edición de una página de publicidad. Yo la odiaba, como economista, me parecía todo demasiado abstracto. Después le empecé a tomar cariño, y descubrí que los creativos argentinos son realmente premier league a nivel mundial. Ya en La Nación empecé a hacer una columna sobre creatividad en el suple sábado, y después saqué el libro Ideas en la ducha. Mi hijo más grande, Matu, tiene TGD, así que en su etapa de diagnóstico tuve un par de años de insomnio donde hice una suerte de master casero en neurociencias, por la situación familiar. Así que le entré al tema por varios ángulos.

–¿Considerás que vivir de crisis en crisis nos ha desarrollado a los argentinos y argentinas más herramientas creativas, a falta de otros recursos?
–Creo que las crisis recurrentes pueden tener algún efecto positivo en lo que es "creatividad de supervivencia", pero al final del día sus efectos son negativos sobre los procesos creativos. Las crisis hacen que toda la efervescencia creativa de base que tenemos no termine derramando su valor agregado sobre la economía: tenemos mil historias de ideas geniales surgidas en el país que luego se fabrican en otro lugares.

–¿Qué otro efecto negativo ha producido vivir en constantes sobresaltos, sobre todo económicos?
–Una crisis grande cada diez años nos volvió muy cortoplacistas, y la dinámica creativa tiene una correlación muy positiva con el pensamiento de largo plazo. Finalmente, el "sálvese quien pueda" de las crisis nos hace poco colaborativos, que es un skill (habilidad) fundamental para el mundo que se viene. Esto surge enseguida cuando le preguntás a ejecutivos del exterior su opinión sobre el argentino promedio: tenemos buenas individualidades, somos malos para el trabajo en equipo. Aquí la metáfora del fútbol en el último mundial de Brasil es muy válida: nuestro talento sumado era muy superior al de Alemania, pero ellos funcionaban mejor como "orquesta".

–Hablando de creatividad, ¿por qué pensás que las empresas no le dan importancia a incentivar esta característica en sus empleados, si está comprobando que el rendimiento y la eficiencia mejoran en un clima de trabajo creativo?
–En verdad esto de a poco está cambiando. Me parece que hay esquemas de incentivos y presiones para "errar los números", de nuevo con un pensamiento cortoplacista, y eso es fatal para la innovación. Y hay un millón de sesgos y errores sistemáticos de decisión que también conspiran, como la aversión a perder, por ejemplo, que nos vuelve mucho más conservadores. Aquí podríamos hablar horas. En el libro que escribimos con Martín Lousteau, Otra vuelta a la economía, exploramos muchos de estos sesgos que se estudiaron a fondo en la economía del comportamiento.

–¿Opinás que está en nuestro ADN quejarnos "del país" y qué por ejemplo, está mal decir que uno la pasa bien en su trabajo y le gusta lo que hace, porque lo políticamente correcto es quejarse?
–Puede ser, somos en efecto muy quejosos, y tenemos el récord de ansiedad de América Latina, lo que también es malo para la innovación. Ser quejoso hasta el cinismo nos lleva a ser muy intolerantes, y hasta crueles, con los errores y fracasos del otro. De nuevo, esto es fatal para la generación de ideas y para una cultura de experimentación.

–No sé cómo será en otros lugares del mundo, pero acá ninguna conversación se aborda de la nada sin una queja de por medio. Me da la sensación de que esto bloquea la capacidad creativa.
–Totalmente de acuerdo. La queja te pone en una situación pasiva también, el optimismo es motor de cambio, asumir responsabilidades. No soy un fanático de la psicología positiva, pero sí tiendo a ver el vaso medio lleno.

–Sobre tus diversas tareas, ¿fuiste primero economista y después periodista?
–Estudié las dos carreras a la vez, en la UBA Economía y en TEA periodismo, y empecé a laburar en gráfica de muy chico, a los 20 años en El Economista, un semanario por entonces de Economía. Me gustan ambos campos, los disfruto y creo que son mucho más complementarios de lo que uno podría suponer a priori. Básicamente soy un bicho muy curioso, y este trabajo me da la posibilidad de calmar esta sed de curiosidad todos los días.

–En cuanto al periodismo, leí que en una entrevista explicabas que si tenés que cerrar una página todos los días, es más difícil ser jugado y creativo, y que todo se hace más convencional para ir a lo seguro. ¿Cómo creés que ha influido en esto la existencia y la influencia de las redes sociales, sobre todo en el concepto de noticia? ¿Puede ser que esto termine cambiando el ADN del periodismo y de los periodistas?
–Creo que ser un "buen periodista" es una combinatoria de distintos skills. Por un lado, está claro que internet le bajó el precio a la "primicia", los buenos periodistas "primicieros" de cuando yo empecé a laburar en medios (hace 22 años) hoy no brillarían igual. Pero por otro, estamos en un mundo de tanto caos informativo que los filtros son más necesarios que nunca, y las buenas historias son al final del día eso, buenos filtros. Creo que vivimos en un mundo en el cual el story telling (el arte de contar una historia) va a tener cada vez más valor, y no menos. Es una habilidad muy humana, creativa, y difícil de remplazar por inteligencia artificial.

–¿En tu vida laboral, has sido más periodista, economista o escritor?
–Tengo épocas, lo bueno de tener varias profesiones es que cuando te peleás con alguna disciplina decís que sos de la otra (risas). Últimamente en las presentaciones digo que soy "periodista y economista", pongo primero al periodismo. La pasamos tan mal en los medios gráficos en los últimos diez años con el clima adverso a la prensa que hoy siento mucho orgullo de decir que soy periodista. Escritor me suena definitivamente pretencioso, no creo que lo sea.

–¿Creés que la "era de las pantallas" bloquea la creatividad, o que por el contrario puede ser una herramienta para incentivarla?
–Depende de cómo las usemos. Yo veo a mis hijos de 8 y 10 años consumiendo mucho video en distintos soportes y con una curiosidad y capacidad creativas fabulosas. Hace poco Nicolás, el de 8, nos propuso instrumentar los "domingos libres de tecnología", sin Ipod, TV, nada. El resultado fue sorprendente, escribí la crónica en La Nación.

–¿Hay alguna manera de incentivar la creatividad fácilmente, desde lo personal, sin esperar que todas las condiciones de trabajo, ambientales, financieras, cambien a nuestro alrededor?
–Hay millones. Yo aplico todo lo que voy aprendiendo, y te juro que da buen resultado. Hago mis notas con "mapas mentales" antes de escribirlas. Era alérgico a la tecnología y ahora uso muchas apps y programas de productividad personal que me permiten estar encima de 8-10 notas al mismo tiempo, y por eso puedo armar las notas con un mes de anticipación aunque escribo dos artículos largos por semana. Practico mindfulness (concentración de la atención y la conciencia) media hora por día, al mediodía, y arranco la tarde con la misma energía creativa de la mañana. Es una agenda supernutritiva a nivel personal, más allá de lo laboral. No sé si te pasa a vos, pero yo fluyo cuando estoy escribiendo una nota que me entusiasma, o un capítulo de un libro. Es una plenitud muy intensa.

Perfil
Creativo. El columnista de La Nación estudió paralelamente periodismo (TEA) y Economía (UBA). Comenzó a trabajar como cronista a los 20 años, en el semanario El Economista. Es especialista en economía. Trabajó en el diario Clarín como editor de economía y política. Es columnista del diario La Nación, donde escribe semanalmente sobre creatividad. Es autor de los libros Economía de lo insólito (Planeta, 2009), Otra vuelta a la economía (coautor, con Martín Lousteau. Sudamericana, 2012) e Ideas en la ducha (Sudamericana, 2014). Está casado y es padre de tres hijos: Mateo (10), Nicolás (8) y Olivia (3 meses).

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