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lunes 21 de marzo de 2016

Es verdad, ninguna metáfora: la indiferencia nos mata

La diferencia no es menor y aunque insistan, simularla no nos va a calmar. Y disfrazarnos del otro, es inútil

Si la valentía consiste en carecer de temor, no cuenten conmigo.

Me inclino en conceptualizar ese atributo de otro modo.

Probablemente porque no puedo inscribirme en la nómina de héroes, como la mayoría de los mortales, interpreto que la valentía no es la ausencia de temor y mucho menos la abolición voluntaria de la ética. Tampoco la anulación del sentimiento de culpa, claro.

Prefiero pensar que la valentía cotidiana es superar el dolor que produce la injusticia, o al menos intentarlo. Y es atreverse a vencer los motivos que la provocan. Y es otorgarle un sentido a nuestra existencia, sin interrumpir la existencia del prójimo y sin someterla a nuestro entero capricho.

Aunque mi padre jamás participó de un carneo, cada vez que respondí que sí, que efectivamente mi papá mató un chancho, irremediablemente declaré que no tuve miedo. Y si mentí y se me notó al parpadear –siempre parpadeé ante el aplauso seco y amenazador - fue justamente porque sí, claro que experimenté miedo, ese miedo profundo que impide la respiración y ese posterior, el que se constituye en amenaza constante. Muy parecido al terror.

Si bien el único chancho que feneció en casa fue el que pretendía ocultar dinero viejo, el miedo se hizo un lugar importante y su presencia gobernaba hasta el aire de este, nuestro país.

Cuatro décadas. Un punto de inflexión. Una fecha. El acto inaugural de tumbas sin cuerpos y cuerpos despojados hasta de sus nombres.

Nada épico. Un saqueo institucionalizado, pero miserable y ruin. Le arrancaron la vida a muchos jóvenes, pero además sus nombres, sus hijos y hasta sus pertenencias.

La construcción de aquél relato fue contundente. Precisa. Lacerante. Criminal. Podría dibujar cada cuadro de aquella publicidad que mostraba a un soldadito, con gesto de súplica, que solicitaba documentos en un puesto callejero y el locutor que remataba: Ordenar la casa necesita de tiempo y esfuerzo. Querer es poder.

Difícil comprender el auspicio de los sectores de la izquierda clásica de entonces –los acuerdos con la Unión Soviética para la exportación de granos, por ejemplo, e inadmisible el aval de quienes se pronuncian a favor de las libertades y los derechos individuales. Pero como sabemos, para aplaudir siempre es menester agitar ambas manos, derecha e izquierda.

Estás exagerando. Eso no puede dolerte. Lo escuché demasiadas veces, hasta comprender que la intensidad del dolor es intransferible.

Admito que contar muchas veces una misma historia puede fastidiar a quien no lo alcanzó la tragedia e incomode a quien desprecia a la víctima, pero es la única anestesia posible para mitigar la angustia y es la manera para impedir que se repita impunemente lo que nunca debió ocurrir.

Por fin después de esclarecer crímenes y acordar sanciones coincidimos en que la violencia jamás remedará alguna enfermedad social.

Esto no garantiza un consenso total. Vamos a disentir. Cada cual elegirá el sendero que mejor considere y sea cual fuere, nadie deberá aceptar ser empujado, y nadie podrá arrogarse la facultad de empujar.

No hay mesías pendiente. Tampoco soluciones definitivas ni mágicas pociones nacionales. Algo hemos aprendido.

La memoria no es una vieja carpeta archivada en un anaquel desconocido, es el registro omnipresente que conecta con el presente y señala las muchas opciones que nos ofrece el futuro.

Ya no es necesario el fusil inquieto ni la espada afilada.

La Argentina, con todas sus contradicciones montadas sobre su generosa geografía, hoy no requiere de actos temerarios ni corajudos combates; en cambio nos exige gestas cotidianas. Esas cosas que parecen mínimas pero que le dan sentido a la grandeza de una comunidad, de una nación, de una patria.

Aceptar nuestras diferencias es impostergable. Agregar a la agenda diaria un honesto sentido crítico y una dosis de solidaridad, una obligación.

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