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viernes 08 de abril de 2016

Elogio a los defectos

Como opera la política, no te apures en aplaudir ni permitas que clausuren el parlante. La canción nunca es la misma.

Probablemente en muchos otros también, pero como dato constatado en el Teatro de la Ópera de Montreal, y en ocasiones, entregan junto al programa y al boleto que indica la ubicación inalterable, una guía. Ahí señalan y con bastante precisión, cuándo corresponde el aplauso. Y es comprensible.

El aplauso no como manifestación genuina y pulsional, ni como estallido de algarabía, sino como juicio crítico. Medido. Calculado. En ese caso, como también suele ocurrir en el teatro, el aplauso obra como puntuación, según su duración y énfasis. Una sesuda opinión que el cerebro transfiere a la motricidad manual. Bien distinto al otro. A ese que irrefrenable y sanguíneo se nos suelta cuando vemos a nuestros retoños bailando de modo asincrónico y rígido en la fiestita del jardín.

La diferencia no es menor ni sutil. En un caso se trata de saber (en sus dos acepciones) aunque siempre tamizado por lo emocional, y en el otro, de sentir, sin pretensiones postulares, en el estado más próximo a lo que denominamos libertad, para lo cual sólo hay que saber cuál es el niño al que fuimos a ver y qué relación nos une.

Si del escenario de tablas trasladamos el concepto al escenario político, mal que le pese a nuestras pretensiones y veleidades intelectuales, ocurre algo similar.

Imposible escindir completamente lo racional de lo emocional. Tanto como aplicarle un criterio lógico y severo a la pulsión más animal.

A la pasión le encontramos argumentos pero luego. Eso ocurre una vez que acometimos el acto, no antes. Una justificación que a veces podrá ser muy sólida, pero carente de un proceso de reflexión previo.

La decisión meditada y calculada, podemos tomarla en virtud del conocimiento, la experiencia, la conjetura profunda, la especulación metódica. De otro modo deberemos acudir al auxilio de una guía, guía que imponen los mismos que presentan la obra en cuestión, por lo que el margen de error es nulo, pero el de acierto, también. Y en ese caso, o sea, si no nos hemos involucrado lo suficiente, si no hemos estudiado, si no hemos experimentado, si acaso ni siquiera tenemos la posibilidad de comparar o distinguir una obra de otra, liberar nuestras palmas puede costarnos caro.

Aplaudir a destiempo o no hacerlo oportunamente es una eficiente manera de ganar la peor de las reputaciones y conseguir el repudio de todos. O sea, desaprobación de protagonistas y públicos y la insatisfacción que provoca sabernos ajenos al placer.

Sin entrenar el oído y la mirada, mal podremos criticar. Pero si además tampoco participa el corazón (como en el caso de la fiestita del jardín de nuestros hijos) tendremos garantizado un papel en la platea, el papel más triste. El de espectador inerte, dependiente del comportamiento del vecino de butaca.

Celebraremos con gesto forzado cuando veamos a la señora de abanico entusiasmada, y seremos capaces de reprimir el goce que pudo producirnos un aria que nos haya sacudido por dentro. Así, no es negocio.

En política, quizá como en ninguna otra disciplina, tocar de oído es admisible y acaso recomendable para acercarnos al pentagrama y encontrarle sentido a las notas. Participar es también opinar, principio rector para perderle miedo al instrumento.

Así como la democracia no garantiza per sé el bien común, ninguna partitura asegura felicidad, pero siempre será mejor desafinar que prolongar el silencio que aturde.

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